8 de junio de 2014

Josef y el viento (Cap 199)

Entre camas de camiones y carretas de tractores llegaron a un sitio al este de La Habana, en el limite de la provincia de Matanzas llamado Bacunayagua. Se habían detenido por un rato para comer algo y habían visto por primera vez un puente tan alto que se veían los pájaros volando desde arriba. Josef olió el mar a sus espaldas y vio un pequeño río cristalino que se defendía por debajo de aquella inmensa construcción. Juntos se quedaron observando desde el puente y soñaron volar desde el un día. Sin media palabra bajaron a toda carrera por una de sus cuestas y siguiendo el río, llegaron a un mar azul. inmenso, bello y rico que les hizo decidir al momento quedarse ahí.


Era como un paraíso con sombras de uvas caletas, el murmullo de la costa, peces fáciles de los cuales Josef sabía agenciarse sin mucho esfuerzo, agua y paz. Para llegar al sitio había que escalar una pequeña pared de piedras que los separaban de cualquier contacto humano.

Se dejaron caer en la hierba un rato con toda la tranquilidad del mundo, de momento desaparecieron todas la preocupaciones, la persecución que pudiera acarrear sus fugas, el tiempo y todo lo que haría triste ese día. Comenzaron a quererse tanto que llegó la noche y llegó el día siguiente sin mas. Josef había recogido de su casa algunas cosas y entre ellas estaba su equipo de pesca, azúcar, algunos panes, un cuchillo y otras cosas que tomó en su alocada huida.

No habían hablado de sus historias anteriores a este nuevo encuentro y no tenían deseos de hacerlo. Los dos se habían encontrado en tan malas condiciones cada uno, que nada iba a solucionarlo. Habana del Mar no dejaba de acariciar y mirar a Josef como si fuera un sueño, Josef, era feliz de tener su sueño en la realidad. Se habían pedido el uno al otro cuando mas lo necesitaban y no habían fallado. Josef se sentía feliz, tan feliz que sería capaz de todo a partir de ahora.


Habana cada mañana corría alocadamente por la orilla entre arena y piedras, mientras que Josef se tiraba al agua tibia de la madrugada a coger dos o tres peces que comerían ese día asados en la misma varilla de pesca, aliñados con limón jíbaro de la costa y sal recogida de las piedras secas de las pocetas de la orilla. 


Se daban festines de pecado fresco y algunos mangos que recogían en matas aisladas un poco mas tierradentro. Francamente, nunca hubo un mejor plato que ese, sabiendo que después todo el día era para amarse en todos los sitios posibles, en todas las piedras, todas las cuevas, todos los árboles hasta que la energía no daba para más, se acababa la piel recorrida varias veces y había que comer de nuevo.


Perdieron la cuenta de los días, cada día exploraban mas lejos de "su campamento" en el cual había un tronco acostado que le llamaban "el sofá" Para los días de mucha lluvia habían unas cuevas perfectas y cómodas un poco al oeste de su posición. Les habían puesto nombres por sus formas. Doña basura, por un personaje de Fraggle Rock, el perro, porque parecía la cabeza de un perro, la ballena y el cachalote. A veces Josef salía temprano y le dejaba escrito en la arena a Habana en cual cueva estaría, si no, Habana de todas maneras lo encontraría en cualquiera, descansando de la pesca y ahí mismo comenzaba un mar de caricias hasta que se acabara la luz del día.

A veces veían a lo lejos gente de unos campismos que estaban un par de kilómetros al oeste y ellos se ocultaban como pequeños salvajes. Las personas les pasaban cerca y nunca advertían que ahí habían mas personas. Realmente Josef y Habana lo menos que querían era tropezar con personas. Su vida asalvajada y natural les había devuelto todos los momentos felices que habían perdido por la dureza de sus vidas, o de las vidas de todos en general.

Un día, después de una lluvia atroz, vieron a lo lejos un objeto flotando que daba golpes contra la orilla. Como la orilla era una buena fuente de provisiones por las cosas que recalaban, muchas veces en forma de frutas que tiraban de los barcos, fueron corriendo a ver que era. Cuando llegaron se quedaron paralizados. Eran los restos de una balsa de la que colgaban, amarrados, algunos sacos de yute y dentro de ella, pegados por el sol, manchones de sangre, cabellos y pedazos de ropa.

En una tabla de afuera estaba pintado con toscos trazos "La Esperanza" y Josef y Habana no sabían que hacer, la balsa seguía al compás de las olas pegando contra la orilla como si insistiera en tocar una puerta de tierra firme. Josef supuso que con el cambio de marea podría irse por donde mismo vino y se tiró al agua desde el acantilado a unos tres metros de altura. Habana miraba mordiéndose las uñas en lo que Josef rodeaba las piedras para alcanzar la balsa. De pronto una gran mancha negra se vio detrás de Josef y Habana pensó que era una de las tablas de la balsa que se había desprendido, pero después aguzó la vista a pesar de lo nublado del día y pudo identificar claramente que se trataba de algún animal.

- ¡¡Joseef!!!..¡¡Joo...!!!!- comenzó a gritar a todo pulmón señalando aquello que se iba moviendo lentamente-  ¡¡¡¡Joseeefff!!!  ¡¡Tiburóooonn !!!!!!!!
Josef apretó el ritmo de natación aunque no se desesperó, había oído mas que claramente a Habana y sabía que con eso no se jugaba, no obstante optó por ponerse el cuchillo en uno de sus pulsos y con la careta ir mirando a todos lados. Llegó a la balsa y se subió sin mucho esfuerzo. La mole negra pasaba por debajo haciendo varios cruces, pero sea lo que fuere se veía lento y desinteresado. Con una tabla Josef fue remando hasta una parte mas accesible de la orilla y entre los dos la subieron a la arena. Al moverla, el agua que se iba batiendo disolvió las manchas dejando un rastro de sangre que en segundos se llenó de pequeños peces y la gran mancha negra que seguía dando vueltas en el sitio. Josef abrió los sacos. Tenían turrones de maní metidos en latas de galletas, abrigos y varias botellas de ron. Se sentaron un rato alrededor de la balsa sin decir nada. Quizás Josef hubiera querido rezar por los que se perdieron en ese viaje pero no se sabía ningún rezo. Optó por decir algunas palabras.

- Supongo que si la balsa está aquí llena de sangre, querrá decir que no llegaron a ningún sitio. Espero que donde quiera que estén, al menos estén mejor de donde desesperadamente han salido. Hombres, mujeres o lo que hayan sido. Los respeto por haber tenido el valor de arriesgarse a cambiar la vida aunque sea escapando- Miró a Habana de reojo, estaba en un mar de llanto. Josef se acercó y la abrazó tan fuerte como sus cansados brazos se lo permitieron- Gracias por estas provisiones que vienen bien a otros fugitivos, no se si se dirá así, pero que dios, si existe, los reciba y les de ayuda, paz y les cumpla algún sueño en pago por la terrible muerte que han tenido luchando por sus vidas..

- ¡Yaaa! Gritó Habana separándose y echando a correr.

Josef la miró corriendo por la costa. Se preguntó como, ante tanta tristeza de un momento así, aun podría ser tan feliz. Se sintió indigno y enfermizo al esbozar una sonrisa -A pesar de todo- dijo dirigiéndose a los restos de la balsa de madera  - Aun estamos aquí y no nos vamos a rendir.
Habana al poco rato volvió sobre sus pasos. Vio a Josef intentando cargar con todos los sacos y ella cogió los que pudo con sus delgados brazos. Hacían silencio. Entre las nubes tan tupidas de ese día lluvioso y la tarde, oscureció de pronto sin dejarles hacer nada, ni siquiera buscar agua, cosa que hacían de día en la orilla del río porque era peligrosos escalar el acantilado de noche.



Josef fue a romper una tabla de los restos de la balsa para hacer un fuego porque hacía frío y no querían ponerse las ropas que habían encontrado en ese macabro escenario.
- No la rompas- Le pidió Habana con un murmullo - No por favor.
Josef la miró un poco sorprendido, estaba comenzando a asustarse.
- Quizás debamos usarla... un día de estos...
- Habana...
Habana se paró como un resorte mirando al norte. Por mas que Josef afinó la vista solo se veía una oscuridad infinita y de vez en cuando una centella rápida tan lejana que parecía que había caído en el borde antiguo del planeta tierra.
- ¡Si Josef! ¿No pensarás que vamos a estar siempre así no? Nos van a encontrar un día, vamos a ir presos los dos. ¿Es el futuro que tenemos disponible el que quieres?
- ¡No! Ni nos van a encontrar ni vamos a ir presos, pero no nos vamos a echar a los tiburones.. Habana, yo nací en el mar, he andado mas kilómetros en el mar que en la tierra, la gente que hace estas cosas es porque no conoce y yo no quiero esa muerte, prefiero coger mi machete y degollar a cincuenta hasta que me maten a tiros pero no me voy a echar a los tiburones porque unos hijos de puta hayan decidido por mí!!!
- ¡Josef!- Habana lo miró con los ojos llenos de lágrimas - ¿No va a haber mas sangre, mas nunca verdad?
Josef apretaba el cabo del machete tan fuerte que en el silencio de la costa se le oían traquear los nudillos, poco a poco liberó la presión y lo dejo caer a sus pies. Se arrodilló como vencido pero le susurró a Habana.
- No nos va a pasar nada malo. Yo estoy aquí. Yo siempre he subsistido, se que hacer. Entre los dos vamos a luchar juntos y todo se va a solucionar, solo si lo queremos, todo se va a arreglar. Josef bebió de las saladas lágrimas de Habana. Habana se rió porque le hacía cosquilla en los párpados. Se abrazaron tan fuerte como pudieron y se acostaron bocarriba a mirar las estrellas. Con besos y con una tristeza tan densa como la noche se taparon y quedaron dormidos profundamente.





4 de junio de 2014

Josef y el 1990 cap 198 (Parte 02)


Poco a poco volvió sobre sus pasos con los puños cerrados. Esta vez no era por querer atrapar un sueño. Esta vez era por querer despojarse de un tirón de uno, a golpes de ser posible. No podía juzgar a Habana, ni el ni nadie sabía sus tribulaciones o como sobrevivió todos estos años. Solo sabía que nunca mas la vio y su vida fue un poco sombría y miserable después de aquello. Por unos segundos antes de bajar del camión militar pensó que había sido bueno que lo cogiera el servicio, si no, nunca hubiera vuelto a ver a Habana. Maldijo una y mil veces su olor a salitre. Le recordaba la sirena que siempre había buscado de niño, le recordaba que una vez se había ahogado dentro de un barco y regresaron esos pensamientos de que nunca debió salir de ahí.
Por extraño que parezca no estaba preocupado por la fuga de su compañía, le daba igual que lo metieran preso o lo que fuera. Buscó en su bolsillo, solo tenía 5 pesos y se compró uno de esos turrones de maní empalagosos y azucarados. Se sentó al borde de la calle y entre ruidos de guaguas pensó que era el momento de no volver atrás. De dejar la tierra de nuevo, desobedecer. Maldijo cada uno de los santos que había escuchado algunas vez en su vida, de esta lista tampoco se salvaron todos los dioses conocidos, actuales y extintos. Tiró el turrón que le quedaba y regresó a la casa morada de las flores dispuesto a todo.
Por el camino iba pensando un plan, no les hacía falta nada, nunca habían tenido nada mas que ellos mismos. Era la hora de volver para siempre sin juzgar, sin criticar ni pensar en nada. Hubiera lo que hubiera pasado el no estuvo ahí para ayudar ni solucionar nada. Como siempre con Habana, borrón y cuenta nueva.

Regresó por el patio donde antes estuvo y ya el sol estaba rajando las piedras poco antes de las 11 de la mañana. Se sentó en el borde del patio donde había visto a Habana a esperar que algo sucediera según su plan.

No pasó media hora en que estaba profundamente dormido. Aquellas estúpidas madrugadas marchando lo tenían en un estado de desgaste total, además, el tiempo que hacía que no tocaba el mar lo tenía sumido en una depresión oculta que le vaciaba el cuerpo de energías. Siempre estaba intentando dormir o durmiéndose por todos los rincones, como si la única cura a aquella situación fuera dormir para que pasara mas rápido el tiempo.

Alguien lo zarandeó levemente por el hombro. Estaba soñando que nadaba entre delfines y una leve sonrisa asomaba, fue arrebatado del mar de sus sueños a la realidad, pero cuando abrió los ojos la sonrisa cambió en risa -¡Habana! ¡Habana mía! vine por ti, no quiero perderte, te quiero toda! ¡Quiero darte toda mi vida!- Habana lo calló con un beso y lo ayudó a incorporarse  -¡Corre!- Le dijo casi al oído, espérame en 232 y 25. Josef no discutió nada mas. Arrancó corriendo como nunca en su vida a la dirección acordada. Por el camino recordó que Habana hacía esas jugarretas antes de desaparecer y paró en seco. - Ya no puedo hacer mas, no puedo hacer mas- se repetía a si mismo como preparándose para lo peor.
Miró alrededor. Muchas personas tratando de coger guaguas que nunca pasaban o pasaban con tantas personas colgadas en las puertas que parecía un circo. Gente sobreviviendo, comiéndose entre si, empujándose, luchando por llegar a algo o algún sitio. Gente esperando sin mirada, recostada, gente que no sabía lo que pasaba ni por su corazón ni por el de ellos mismos.

-¡¡¡Josef!!!- Se escuchó un grito por sobre todo el murmullo de los supervivientes. Josef corrió, era Habana que aguantaba abierta la puerta de un taxi almendrón atestado ya de gente -¡Monta!- No tengo dinero- ripostó Josef- Monta, yo tengo.
Apretados dentro del carro se cogieron las manos, entre el sudor del medio día y los nervios ambos estaban temblando. Los demás pasajeros ajenos hacían sus historias personales cada vez a viva voz. Para Josef y Habana nada estaba sucediendo, estaban solos en un mundo desenfocado y lento. Un mundo emocionante y nuevo, de nuevo. Aventuras que vendrían, cosas buenas y malas, no importaba. Todo iba a salir bien como quiera que fuera.
-¿Donde se quedan ustedes muchachos?- Preguntó el anciano que manejaba aquel cacharro humeante ya tomando la calle 31 de Marianao.
- Al este, lo mas al este que pueda, cerca del mar- Dijo Josef con toda seguridad.
- Yo viro en cuanto cruce el túnel de línea.
- Ahí mismo nos quedamos, es bastante al este para mi.
- Bueno, todo el mundo me dice que lo deje en una calle, si ustedes dicen que al este, pues al este, mientras me paguen- Habana le pagó inmediatamente para aplacar nervios, el chofer dio las gracias y aceleró. En poco tiempo el carro era devorado por el túnel de Línea y pasaba otro capitulo de esta historia.


2 de junio de 2014

Josef y el 1990 cap 198 (Parte 01)

Se estaba acabando el 1989 y Josef no veía ni rastros por ningún sitio ese desarrollo que dicen que vendría. Según su imaginación para el año 2000 ya todos podrían andar en mini naves flotantes como la de Luke Skywalker en la guerra de las galaxias, pero lo que se acercaba era algo terrible según todos decían, algo como una guerra o peor que una guerra. La gran muralla del socialismo estaba a medio derruir y unos viejos pervertidos se aferraban a arrastrar toda la isla de Josef consigo al hambre y la desgracia. Para ese tiempo ya algunos conocidos de Josef se habían comenzado a quedar inválidos o ciegos por falta de algunos nutrientes en la alimentación básica y le llamaban neuritis óptica. Josef se sentía libre de eso, había pasado muchos años de su vida solo comiendo pescado y nunca se había enfermado, en caso de crisis volvería sin mucho esfuerzo a la dieta marina, porque aunque hubiera abandonado un poco esta vida, había guardado con celo todos sus equipos y artes de pesca, como un refugio de malos tiempos, siempre listo para volver a ellos.

Hacía ya 8 años que había visto por última veza la escurridiza y bellísima Habana del Mar, por momentos pensaba que era su imaginación o que había sido un fugaz sueño, de esos que te dejan aferrándote a cosas amadas para llenarte de desencantos y tristeza al despertar y ver que tienes las manos vacías. Josef no había aprendido la lección de que en esta vida, traer a la realidad cosas soñadas, era cuando menos imposible. Seguía cerrando los puños con fuerza en cada despertar para traer objetos de las ensoñaciones y lejos de desanimarse, pensaba que algún día lo lograría, lograría desafiar la imaginación y la realidad materializando cosas que solo existen en ese mundo desconocido y prohibido para todos.
Y llegó el año 1990, la comida principal del día consistía en un vaso de agua con azúcar y los días de buena suerte, un turrón de maní de los que vendían en la esquina del puente de hierro del Vedado. Josef no faltó un día al castillo de la Chorrera donde había visto y perdido a Habana del Mar por última vez teniendo 12 años. No había mirado a mas nadie en su vida y Habana parecía no quitársele de su terca parte moribunda y enfermiza del lado del corazón, donde se llevan los amores.

Todo pasó de pronto.
Chequeos, papeles, médicos, firmas y demás horrores humanos.
Josef estaba teniendo un sueño raro. Oscuro, frío. De pronto abrió los ojos, esta vez con las manos bien abiertas para que todo aquello se fuera o se quedara al menos dentro del mundo de los sueños. Pero el retumbar y el frío le hizo pensar que estaba en mal lugar y en mal momento. Entre luces se veían muchas botas marchando al compás de alaridos salvajes y un olor a sudor y desesperación tremendo. Josef no quería levantar la vista, aquello no era nada bueno y por eso estaba bien guardado en una de sus lagunas, pero vino todo a la mente. Lo había cogido el servicio militar obligatorio.


Entre gritos fue metido en una de las compañías que marchaban y vio de soslayo en su viejo reloj que eran las 5:30 de la madrugada -que habré hecho- Se preguntaba mientras intentaba afinar la vista para ver otras caras pero ninguna era conocida y todas uniformadamente organizadas en un rictus de esclavitud y desesperación. Descubrió que uno de los reclutas lloraba, lloraba como un niño pequeño. De una mala manera sintió cierto alivio, bueno - Pensó - Yo no soy el que está peor aquí.
A los primeros claros ya sabía que había dejado de llamarse Josef, ahora se llamaba 701 y era el numero uno de su fila. En el momento de formar, todo el mundo trató de evadir esa posición y el ajeno a toda maldad se quedó ahí de carne de cañón, por lo que era el numero uno de la compañía 700 y le llamaban 701 o amigablemente 01.

Los días que siguieron, quizás valga la pena contarlos en otra historia, historias de machismos y cosas militares absurdas. Historias de por qué los humanos somos los peores seres sobre la tierra. En esta historia aun quedan algunas cosas buenas que contar.

Cada día después de levantarse y tomar algo raro parecido natilla o pegamento hirviendo con un pedazo de pan, los montaban en unos vehículos militares y los llevaban a un centro de entrenamiento que estaba en un barrio llamado La Coronela, en San Agustín, al oeste de La Habana. Josef, entre tantas cosas malas de ser el primero para todo, esta vez, era privilegiado, porque los hacinaban en camiones para trasladarlos y Josef siempre se ponía pegado a la cabina mirando hacia delante. El aire que le daba en la cara cuando el camión iba al máximo de velocidad le llevaba lejanamente a la libertad, libertad que había perdido injustamente una vez mas, por los designios del sistema putrefacto del país donde vivía.
Los demás compañeros ni le hacían caso, lo daban por medio loco o algo así. Había potenciado por cien su capacidad de abstraerse, meditar y largarse espiritualmente de la situación por la que estaba pasando, a veces incluso ni notaba su desgracia, a veces soñaba tanto despierto, que hasta era feliz. En mas de una ocasión lo miraban asustados al ver como Josef sonreía en medio de cualquier situación horrible a la que eran sometidos a diario en el absurdo entrenamiento militar.


En uno de esos viajes cuando Josef no sabría distinguir si lo que veía en la carretera era verdad o era mentira, vio una cabellera castaña encaracolada en el portal de una de las casas  por donde pasaba. Mayormente esos barrios eran de militares o funcionarios acomodados. De pronto cada nervio y cada músculo de Josef brincó como alcanzado por alto voltaje, entre todo el jolgorio de los reclutas metiéndose con cuanto infeliz se cruzaba en su camino sobresalió un grito desesperado de Josef.

- ¡¡¡HABANAAAAAAAA!!!!!

Se hizo silencio en el camión, de pronto se comenzaron a sentir todos los ruidos de las maderas y los tornillos de la cama. Todos miraban a Josef intentando ver hacia atrás, hacia el camino dejado que hacía cada metro como si le arrancara una tira de esperanza a la piel de Josef.

- ¡¡HABANNNAAAAAAAAA !!!!!!!!!

En una fracción de segundo el grupo de reclutas se abrió en dos, aterrorizados de la mirada de Josef, el camión aminoró en un semáforo de la calle 232 y Josef saltó por los aires desde la parte trasera del camión como si quisiera llegar a algún sitio volando. Nada se lo impedía, es mas, una extraña energía lo hizo saltar mas de la cuenta y caer bastante lejos del camión, si bien hubo tocado tierra comenzó a correr como si su alma se la llevara el diablo, en su cabeza números, cálculos, donde era que la había visto, cuanto tiempo había pasado, en que cuadra, mas desespero. Hasta que llegó. Era una bella casa con un balcón morado lleno de macetas con flores, miró alrededor. No había flores en mas ningún sitio y ahí había visto flores. Llamó a la puerta pero nadie le abría, dio la vuelta por detrás y escaló unos cuartos eléctricos hasta que se asomó por una verja lateral que daba a la parte de atrás de la casa de las flores. Ahí la vio de nuevo pero se llamó a cautela. ¿como explicar que hacía ahí, como había llegado hasta ahí?

¡Esa era Habana! ¡Quizás por su mala alimentación había crecido poco o nada, era la misma niña aunque ahora pudiera tener 19 o 20 años! - los pensamientos atacaban a Josef en lo que trataba de organizar su respiración -¡Era Habana! Habana!- gritaba para dentro de si y a duras penas se escondía detrás de unas sabanas tendidas sin saber que estas mojadas eran casi translucidas, Habana estaba tendiendo ropa y sintió el ruido, lejos de correr o asustarse, como era su costumbre gritó directamente. Josef se estremeció con su voz, esta si había cambiado, era voz de mujer grande, de mujer fuerte.



-¡Quien anda ahí?
- Habana.. - Josef salió detrás de la sabana con lágrimas - ¡Habana cojones! Habana te he estado buscando cada día, te he estado esperando...
- Habana quedó estupefacta, ladeó la cabeza primero a un lado y después al otro - ¿Josef? ¿Josef pescador?
Josef saltó del muro como si la gravedad no fuera con el. Ya nada importaba. Abrazó a Habana aunque notó que el había crecido mucho y Habana se había quedado en niña, tenía los mismos huesitos de siempre, los mismo ojos llenos de bella maldad de siempre, el mismo olor a algas y fondo marino, el mismo sabor de la piel a sal y corales.
Josef la besaba una y otra vez por donde podía, Habana estaba como una roca aunque apretaba hasta el dolor su abrazo a Josef.

-Te tienes que ir... - Susurró.

Josef se congeló, estaba dispuesto a matar, esta vez no se iba a desaparecer de nuevo, se mordió los labios con rabia preguntándose mentalmente que debería hacer en este caso para no perder de nuevo a su Habana, Habana lo empujó separándolo de si - Te tienes que ir Josef, ahora... Vivo con un hombre y está aquí- Habana lo empujó de nuevo pero Josef no se movía, era como si empujara un muro. Habana miró hacia atrás repetidas veces como con miedo, Josef saltó el muro de vuelta y se quedó mirándola un rato desde la altura. Un hombre canoso de unos 50 años agarró a Habana con una mano por las nalgas y la empujó dentro de la casa, era un oficial del ministerio del interior.

27 de mayo de 2014

Josef y Dos Metros (Quinta parte y final) cap 193

Dodge 1948 Modelo bussines coupé (Modelo bastante raro y coleccionable)

Cada vez que Josef bajaba temprano de su casa escuchaba el ruido del motor que hacía dos metros con la boca, en sus interminables viajes imaginarios del carro de sus sueños. Josef se paraba un rato en la puerta del Dodge 1948 sin entender como a esa edad y esas alturas de su vida, aun dos metros se levantaba temprano e iba a sentarse dentro de su carro que no andaba, a jugar que estaba manejando por calles y autopistas. A veces era muy gracioso como dos metros le gritaba a algún entretenido e imaginario transeúnte que se quitara del medio o se fajaba con inexistentes conductores porque le habían hecho alguna maniobra que no le había gustado. Era gracioso pero triste a la vez, quizás siempre quiso jugar a esto y ahora era que lo podía hacer, se lo tomaba muy en serio, tan en serio que Josef estuvo parado un buen rato a su lado en la ventanilla y dos metros no le hacía caso, había que hacerle la seña del taxista y entonces subir a bordo para poder hablar con él, una vez que fueras su pasajero.

Josef se subió al viaje imaginario y notó con rareza que dos metros seguía conduciendo sin siquiera decir buenos días. Se puso a mirar por la ventanilla un rato como participando del paseo ficticio, pero en realidad aprovechó para hacer algo que nunca hacía, mirar su barrio de arriba a abajo. Tenía la extraña sensación de que un día no lo iba a ver mas, no sabía porque, no pensaba mudarse a ningún sitio, ni esperaba que ningún sitio lo acogiera mejor que esta esquina de 11 y 24 donde había nacido. No se imaginaba en otras tierras, ni siquiera en otra cuadra. Se cansó de mirar a todas las partes posibles y viró de pronto la cabeza hacia dos metros un poco molesto ya de tanto juego.

- ¿Que cojones te pasa dos metros? - Dijo en serio con esa voz que nadie nunca querría oír.
Dos metros hizo el sonido de parquear y apago su motor vocal, sacó las llaves suavemente sin mirar a Josef y se las guardó en el bolsillo, miró al frente con las manos cruzadas sobre el volante como si oteara en la lejanía.
- ¡Na compadre! tu sabes que yo siempre vengo tempranito a "manejar" como a eso de las 6 de la mañana y vino el jefe de sector...
Hubo una pausa en la historia, cualquier frase con el jefe de sector era una mala noticia. El "Jefe de sector" es una especie de lacra social que vive de sobornos, amenazas y extorsiones, uniformado y protegido por el estado.
- Me dijo que el sabía que yo estaba comprando y vendiendo carros contigo, que nos estaban dejando para después meternos por peligrosidad de aquí a unos meses, yo no quiero ir preso otra vez por nada, por eso me puse a buscar trabajo.

Josef cerró los puños con rabia, nunca entendió porque cualquier empresa o habilidad laboral o de negocios en Cuba era penada por la ley. Siempre pensó que su trabajo era honesto y que no le hacía daño a nadie, es mas, para no incurrir en ilegalidades había dejado de chapistear y mecaniquear carros para clientes y solo arreglaba los suyos para revenderlos, comprar carros y revenderlos no era delito, pero si lo era al parecer. Como explicar nada en un sistema de medidas ilógicas. Josef sabía que era ir preso y ya. La Soberbia confesión del Jefe de Sector le había puesto sobreaviso y había marcado el fin de ese negocio. Otros negocios vendrían, era la frase fija en la mente de Josef, otra vez a empezar de nuevo, en otra cosa, pero esta ya se había terminado, por suerte en el momento de este suceso solo tenía dos carros para vender, en otras ocasiones había tenido en negocio hasta 6 carros y un camión al mismo tiempo. Era un buen aviso, a tiempo para otra vez, perderse.

- ¿Que vas a hacer dos metros?
- Tengo guardado un dinero y he comprado bastante cosas de oro, yo ya había pensado que esto no iba a durar mucho, aquí las cosas buenas no duran mucho. He vendido y comprado, vendido y comprado y he ganado bastante con eso del oro. Es mas discreto, si quieres vamos conmigo...
- No, no te preocupes Dos, yo tengo mis reservas, muchas gracias, me alegra saber que tienes mas  "actividades"
- Si, si. Yo he pasado mucho trabajo en mi vida, en la calle y sin llavín no me quedo nunca mas, yo solo necesitaba una primera inversión, un empujoncito y tu me has dado tremendo empujón de verdad, de amigo, todo va a estar bien. Josef... - Jesus miró directamente a la cara de Josef por primera vez en ese día- Prométeme que no vas a pasar trabajo, que no vas a hacer ninguna barbaridad, ya estamos viejos para esas cosas compadre, ¡¡en mi casa tienes tu casa, de mi comida puedes comer cada vez y por el tiempo que haga falta!!
- ¡No va a pasar nada malo negrón! Tu me conoces, yo no soy un delincuente, aunque ellos me hagan delincuente, tu sabes que yo vivo de lo que sé y de mi trabajo.

Se bajaron los dos del carro y se pusieron a mirarlo por fuera. Con solo tocarlo con los dedos se iba cayendo en pedazos y cáscaras, si se presionaba un poco el dedo pasaba al otro lado de la carrocería. El metal del que una vez fue hecho apenas se hacía visible entre tantas capas de pintura, masillas raras, cascarones de plástico y brochazos de varios colores.

-¿Que hacemos con esto Jesús? ¿Vas a aprender a manejar o no?
- No, desármalo y véndelo en piezas o bótalo pa la basura, se que esto no tiene arreglo. Esto no vale ni 50 dólares y ya me he divertido bastante en el, no quiero dejar rastros, desaparece todo este cacharro.
- Mejor aun, Este carro se que el motor le funciona y es muy potente aunque gaste mas que una pipa de gasolina y se esté cayendo a pedazos, me lo voy a llevar a las carreras y voy a apostar una carrera con el, si lo pierdo, ahí lo dejo y que lo desguace otro.
- ¡Buena idea! Yo me voy Josef, no quiero que me vean mas por aquí.

Se dieron un abrazo y Dos metros sin mas, desapareció cuesta arriba por la calle 24 del Vedado.
 En los siguientes días, Josef miraba el carro de dos metros echando de menos verlo ahí jugando en sus viajes imaginarios, haciendo el ruido del motor perfectamente con la boca, entre acelerones y cambios de velocidad, en lo que el batallaba con los clientes para las ventas de sus carros. A veces miraba la loma de 24 pero dos metros no aparecía, no apareció nunca mas. Como mismo un día vino, un día se fue.

El carro de dos metros dio de sí en un par de carreras de la ocho vías, pero esto es parte de otra historia.

Casi dos años después. Josef estaba en la oficina de inmigración en la calle 17 del vedado y se topó con Dos Metros. Se abrazaron y dos metros lloraba de alegría. Sin mas detalles, dos metros se iba a Italia con su mujer. No se sabe nada mas. Seguro que si alguien lo ve en Italia, ese negrón viejo de dos metros con 15 centímetros le parecerá raro, y si ha leído este blog podrá darle saludos y preguntarle por su primer carro, el dodge verde de 1948 que tenía frente a la posada de 11 y 24.

7 de mayo de 2014

Josef y Dos Metros (Cuarta parte) cap 193

Habían pasado los meses y el negocio iba viento en popa. Josef había logrado reunir un team donde cada uno era experto en algo. En el Cerro y Miramar tenía pintores trabajando en sendos carros, en el Vedado, en los bajos de su casa su pequeño y modesto taller de chapistería, en el reparto Finlay un minitaller de mecánica. Entre todos sacaban adelante carros que se vendían a buenos precios y daban ganancias para todos. Con todo funcionando de esa manera podían darse el lujo de quedarse algunos días sin hacer nada, solo esperando que cayeran compradores. Esos días era de pasárselos bromeando sentados en el contén de la acera de la calle 24, junto a los muchachos que tenían su taller de arreglar bicicletas y las poncheras.

Un día de esos, Jesus Dos metros estaba muy callado, cosa rara en él, porque había recuperado un gran sentido del humor y siempre estaba lleno de energías que parecían no agotársele nunca.  Josef se sentó a su lado, a la sombra de una de las tantas matas de boliches que oscurecían esa cuadra y le preguntó que pasaba.

A dos metros le costó comenzar a contar, después de varios rodeos suspiró y mirando hacia arriba dijo en voz muy baja.
- Tiene que haber algo allá arriba, porque yo había soñado que las cosas me iban a ir bien, y estoy contento, pero ayer soñé que tenía un carro, un carro mío para yo hacerle lo que quiera. Me asusto cuando tengo sueños que yo se que no van a pasar, porque entonces me parece que cuando sueño con cosas posibles tampoco van a suceder.
Josef no sabía que responder a eso. Es verdad que entre todos ganaban mas dinero que la media en Cuba, pero un promedio de 300 dólares mensuales limpios para cada parte del team no daba sino para las cuentas básicas que además, cada día se ponían mas difíciles. Se paró de un tirón y se fue caminando hasta el puente de hierro. Le había entrado un poco de tristeza, la verdad, desde que dos metros llegó el negocio se había multiplicado con sus habilidades de negociante y todo el tiempo que le echaba. Los demás del team ya tenían sus carros, o guardaban su dinero para irse de Cuba, dos metros no tenía nada físico real ganado de este negocio, vivía alquilado en una casita en Buena Vista de un solar y su mujer e hija le copaban las cuentas a duras penas. Josef vio saltar un pescado en el medio del río Almendares, recordó que cuando saltaba un pescado era que venía buena suerte, recordó algo mas y apuró el paso rumbo a la puntilla de Miramar.

Por el camino se acordó que hace unos meses uno de sus conocidos corredores de la autopista le había dicho que tenía un carro desahuciado para vender, era un plymouth 46 que nadie quería porque era un modelo extremadamente raro de solo dos plazas. Estaba completamente podrido y habían abusado de el grandemente en las carreras ilegales, en fin, que casi era para tirar a la basura. Pero en Cuba, todo se arregla.
Llegó a solar de la calle 4 y preguntó por el peso. El peso en verdad se llamaba Luis, pero le decían José Martí o el peso, porque era idéntico a la figura de José Martí que sale impresa en los billetes de a uno. Ahí estaba el carro, tirado, olvidado de meses lleno de escombros y telarañas.

El peso salió a saludar a Josef, eran buenos amigos y lo habían pasado mal y bien en tribulaciones anteriores que son tema de otras historias.

-¡Véndeme la cacharra esta!- Dijo Josef entre risas, además de la alegría que siempre le provocaba ver a este amigo de "los viejos tiempos"
- ¡Eso yo no se lo vendo a un amigo, prefiero quemarlo aquí mismo!
- Atiéndeme Martí, no es para mí, es para un amigo que tiene una promesa de tener un carro, da igual el que sea, véndemelo anda.
- No compadre, esa jarra sin asa ya murió, en cualquier momento le saco las piezas.
- Tu sabes que aquí ninguna jarra muere nunca compadre, esta jarra tiene que vivir un poquito mas y darle una alegría a mi amigo.
Luis se quedó pensando un rato, por sus pupilas pasaron las emociones vividas con este cacharro. Carreras perdidas, carreras ganadas, persecuciones de la policía, emociones de todos tipos y colores. Quizás Luís deseaba conservar el carro para cuando su pequeña niñita creciera sentarla adentro y contarle como su padre lograba alimentarla al filo de la cárcel o la muerte en las carreras ilegales de la ocho vías, el anillo de la Habana o la monumental. Acariciaba sin darse cuenta el marco de la puerta oxidado como si se tratase de un mueble de terciopelo, en la cara se le vio la nostalgia y la adrenalina.

- ¡Cuanto tienes?
Josef sacó dólares de su bolsillo, eran muchos billetes de todo tipo, sobre todo billetes de uno. - Tengo 289, lo que falte te lo doy después.
- ¡No! con eso ya estamos echados, me siento que te estoy robando.
- Bueno, remólcamelo hasta la casa y ya estamos en paz.

Al llegar Josef al barrio con semejante armatoste cayéndose en pedazos, Dos metros se quedó boquiabierto. Era raro que Josef se hubiese ido de pronto y mas raro aun que hubiese echo alguna compra sin el, antes de que pudiera suponer nada Josef se bajo y sin desamarrarlo del carro de Luís le dio las llaves a Dos metros - ¡¡este es tu carro!!- le gritó entre risas, Dos metros lo tomó a broma
- Pero esta jarra está destrozada esto no tiene reventa ¿ Para que trajiste esto?
- ¡Porque es tuya coño!... No es para revender. ¡¡Este es tu carro!!
Dos metros se quedó mirando seriamente a Josef, no le gustaba que jugaran con eso. Era muy creyente de los sueños y las premoniciones.
- Josef, no jodas compadre
- ¡Que es tuyo cojones!!
Dos metros se sentó adentro y comenzó a llorar. Lloraba como un niño chiquito y trataba de hablar pero no podía, o no se le entendía nada. El resto del barrio miraba la escena en silencio y con respeto. Dos metros se secaba con la camisa pero salían mas lágrimas - ¡el mejor carro del mundo!- era lo único que se le entendía a cada rato. Todos los demás se retiraron discretamente para dejar a Dos metros solo dentro de su carro. No salió esa tarde, ni esa noche. Se quedó a dormir dentro de su carro aunque a duras penas cabía dentro de el. Al otro día Igor le llevó un batido de mamey y un pan con croqueta. Dos metros se lo desayunó en un santiamén desperado por estar en su carro. Al igual que los niños pequeños movía el timón y hacía el ruido del motor con la boca. Así estuvo por horas. En su imaginación quizás veía paisajes, playas o montes. Tantas horas estuvo así que ya debía haber recorrido cientos de kilómetros imaginarios. Josef se le acercó a la ventana.
- Vamos a arreglarlo para que camine.
- ¡No! - dijo dos metros explosivamente - No quiero que camine, yo no se manejar y tampoco quiero aprender a manejar, yo solo tenía que tener un carro y este es. No gastes mas. Ya soy feliz, con solo sentarme aquí a jugar.


A josef le pareció raro como Dos metros estaba convertido de pronto en niño pequeño, arrancó otra vez  su motor de ruidos vocales y se alejó en la imaginación de sus sueños. Josef lo veía como se ponía cada vez mas pequeño en su fe, porque se alejaba sueños adentro. Ese fue uno de los tantos días felices de aquella época. El día que Dos metros tuvo el carro de sus sueños por primera vez.

2 de mayo de 2014

Josef y Dos Metros (Tercera parte) cap 193

Dos Metros como de costumbre venía bajando la loma de la calle 24 entre 13 y 11 con un tumbao que se reconocía  a la legua. Esta vez venía acompañado. Al llegar presentó con gran orgullo a su mujer, una negra tan linda que parecía modelo, vestía elegantemente ese tipo de ropa que algunos llamaban hippie a lo Janis Joplin, con un corte de pelo muy bajito a lo espendru y sonreía a todos, asombrada que fuera verdad que Jesús Dos Metros se ganara la vida trabajando para algo. Dos Metros le enseñaba con orgullo los carros que ya habían comprado y cómo el estaba aprendiendo a hacer tapicería y algo de electricidad. Mas tarde, ella se fue a casa y dos metros quedó listo para otra incursión de compra de carros con una alegría desbordante y saltarina. Parecía un muchacho de 13 años que comenzaba las vacaciones escolares ese día.

Se subieron como cada semana al Buick convertible y arrancaron a algún lugar de la lista que había traído Dos Metros hacía unos meses en su extensa caminata por toda La Habana. Los momentos de ir paseando por la ciudad en un convertible eran inolvidables. La Habana siempre se presta para la fotogenia y la admiración. Por muy destrozadas que estuvieran sus calles, siempre había algo que mirar, que comentar. Era como estar viendo a los lados del antiguo carro, una película de ficción metida en varias épocas a la vez. Este viaje era siempre inolvidable y cuando se apagaba el motor del carro llegado a su fin, se notaban las caras tristes.

Buick Special 1952
Jesus miraba el carro por dentro como si nunca hubiera visto o montado en uno. Tocaba cada botón y sonreía a cada detalle, después miró a Josef y sin dejar de tocar cada cosa preguntó.
- ¿Desde cuando tienes este carro?
- Desde siempre.. bueno, desde el 90 mas o menos, es el único que no he podido vender por todos los defectos que tiene.
-¿Que defectos tiene?
- Gasta mucho, tiene un motor ocho en línea, bastante raro, además que hace como 4 kilómetros por litro, si no lo aceleras mucho, no tiene techo y no se hacérselo y ya sabes lo de los papeles.
Lo de los papeles se refería a que el dueño de ese carro había fallecido, Josef se lo había comprado muy barato a una tercera persona y el hijo del dueño fallecido pretendía recuperar el carro de su difunto padre por las malas aunque este lo hubiera vendido en vida. Josef compró otro carro igual pero en tan malas condiciones que solo servían los papeles y la chapa y con eso había cambiado la identidad de ese carro, pero esto es parte de otra historia.
-¿Y si lo cambias por uno que puedas vender?
-¿Quien va a querer este carro Jesus? Fíjate que por cada vuelta que damos nos gastamos como 20 litros de gasolina.
-¿Pero no se le rompe nada nunca verdad? ¿A que te lo negocio por otro carro!
- No, eso es imposible. Eso si, nunca falla. Lo arreglé meticulosamente todo, de tanto tiempo que llevo con el y es el carro mas confiable que he visto jamás. Todo le funciona, luces, frenos perfectos todo. Pero se que nadie va a querer este carro...
-¡Para ahí! Gritó Jesús y Josef se detuvo pensando en un posible accidente. Jesús Dos metros salió casi con el carro andando y se dirigió a la acera de enfrente, por donde iban, por la calle 24 entre 25 y 27. Ahí había un sujeto con un carro con el capó abierto, lleno de grasa y pedazos de cables en las manos. Dos metros se acercó como un ciclón gesticulando y hablando con la persona dueña del carro averiado como si lo conociera de toda la vida.

- ¡Compadre! ¡Cada vez que paso por aquí te veo con el capó abierto y cacharreando esta bactavia! ¡Que le pasa a tu carro siempre asere?
El dueño miró a Jesús con una mirada compasiva como si hubiera estado esperando por años a alguien a quien confesarse. En pocos segundos se convirtió en un mar de palabras desesperadas.
- ¡Compadre este carro es una mierda! ¡cuando no es una cosa es otra! ¡me tiene loco! ¡me he gastado mas de diez mil pesos en mecánicos!¡Nadie me arregla esto! ¡Ahora me cogieron candela los cables! ¡me tiene hasta el culo este carro, me tiene jodido, mi mujer me va a botar, no hay vez que salgamos que no nos deje botados cojones!! ¡Ya no se si darle candela o que! ¡ahora mira esto! - Le mostraba los cables quemados y cortados agitándolos en las manos como si fuera un crimen de guerra y dos metros fuera el responsable. Josef observaba curioso desde la otra acera y se preguntaba que estaría haciendo dos metros.

- ¡Ustedes son mecánicos? pregunto el desesperado dueño que ya se había presentado como David.
- ¡Si! - contestó Jesús con determinación como si estuviera haciendo un exorcismo, David le agarró de la camisa.
- ¡Arréglenme este carro coño! ¡yo tengo dinero! ¡pero que no se me rompa mas cojones!
Josef seguía observando la rara escena en silencio. Cada vez le extrañaba mas el rumbo que tomaban las cosas. Dos metros sabía de sobra que ellos no le arreglaban carros a nadie porque tenían a la policía y los inspectores encima queriéndoles sacar dinero en sobornos y la defensa de Josef era que arreglaba su propios carros, no los de nadie. Estaba a punto de decirle a Jesús que cortara ese performance, que podía perjudicarlos si David se declaraba cliente o iba a su casa a buscar algún servicio de mecánica.

Hubo un silencio raro. La cara solidaria y triste de Dos metros se fue tornando suavemente en una sonrisa. David se quedó atónito mirándolo sin saber que mas decir en su ayuda. Jesús levantó un dedo hacia arriba y dijo con voz ya calmada.
- ¡No te arreglamos ese carro, te ofrecemos algo mejor!- Señaló al buick que estaba en la otra acera con Josef esperando- Te lo cambiamos por un carro impecable que nunca se rompe- Gritaba cada vez más como para ser oído en la distancia-  y que todo le funciona a la perfección, restaurado a mano por Josef que aquí todo el mundo lo conoce que es el mejor mecánico y por eso no trabaja para nadie, porque nadie puede pagar su trabajo, ¡¡solo trabaja para si mismo!!
David asentía a todo pero no sabía ni quien era Josef ni nada de nada, eso si, tiró los cables y las herramientas al piso y cruzó la calle corriendo a ver el buick. Se asomó adentro como un niño en una vidriera de juguetes y pregunto a Josef casi con los ojos aguados.
-¿Verdad que funciona y no se rompe?
Josef se bajó sin decir palabra alguna y le dio la llave a David. Este se sentó dentro y sin preocuparle dejar su carro abierto con todas sus herramientas y pertenencias a unos extraños arrancó con el buick, dobló la esquina y su cara se iba tornando de felicidad. Josef se paró enfrente con Jesus Dos metros.
- Negrón! si esto funciona partiste el bate! pero hay que decirle lo que gasta ese carro.
- No hay que decirle ná- contestó dos metros orgulloso de controlar la situación - todos los almendrones gastan, que mas da un poco menos o un poco mas. Lo que el hombre quiere es que no se le rompa y sabes que eso no va a suceder ni aunque lo quiera romper a propósito y este DODGE lo podemos vender enseguida.

Dodge 1948
Josef se calló la boca. Se alegró por el día en que conoció a dos metros. Era bueno, era bueno en todo lo que se ponía a hacer. Nunca le preguntó porque estuvo preso tanto tiempo y eso fue un mito para siempre. Pero era honesto y sabía hacer cualquier trabajo que se propusiera. Josef estaba orgulloso del desahuciado por la sociedad Jesús conocido por dos metros.

Al rato volvió David con el buick ¡ Me quedo con el! dame los papeles y llévate el cacharro coñoesumadre ese para siempre. Cambiaron las pertenencias y documentaciones de los carros. Josef hizo dos o tres conexiones eléctricas en el DODGE suficientes para que arrancara. Al alejarse, en la esquina Josef y Jesús arrancaron a gritar y reír explosivamente.
-¡¡Viste!!- decía Jesús celebrando haber ganado una apuesta que nunca existió
Volvieron a casa. Esta vez habían pescado negocio sin ir  a muchos kilómetros. El dodge estaba listo para la venta en poco tiempo por 1700 dólares. Su "pequeño" motor de 6 cilindros superaba en economía al bestial ocho en linea del Buick y los papeles estaban en regla real. Josef le regaló a Jesus 300 dólares, además de lo que le pagaba habitualmente. Eso si, a cada rato pensaba seriamente que se había ido para siempre su primer carro. Aquel carro que había comprado cuando aun no sabía de mecánica ni chapistería. Aquel carro que compró hecho piezas para impresionar a Sandra, aquel amor de su vida que ya no existía pero que lo había hecho salir de su vida acuática de pescador y hombre anfibio. Josef sintió como se iban las cosas, como dejaban cambios para siempre pero se iban, seguían su camino. -Hora de seguir adelante- Se dijo a si mismo y cogió sus herramientas a ver que le deparaba hoy la vida terrestre en la que ya se estaba adaptando.


Interior DODGE 1948

30 de abril de 2014

Josef y Dos Metros (Segunda parte) cap 193

Uno de los carros que Josef tenía, y mas quería era un buick del 52 convertible, lleno de problemas legales por lo que no había podido venderlo. Ese buick era una especie de barco insignia de todas las gestiones. Se usaba como camión para cargar motores o bien en las noches boteaban con el, cualquiera que pagara los 5 dólares por noche de alquiler. También era capaz de cargar con medio barrio para las playas de Miramar, un día se contaron hasta doce personas dentro. El no tener techo era una ventaja ya que podían sentarse unos arriba de otros a la altura que quisieran. Sus ruedas de camión aguantaban cualquier cosa y su robusto motor podía con absolutamente todas las cargas. Por cargar, cargó hasta leña, en unos días en que fue alquilado para alimentar el horno de una paladar italiana que hacía pizzas al horno de verdad por Nuevo Vedado.
En la mañana temprano ya estaba rugiendo deseoso de coger calle. Se sentía en la maquinaria la alegría perruna cuando lo arrancaban. Siempre estaba dispuesto y nunca había fallado, nada. Era realmente irrompible.

Dos metros ocupó el asiento trasero con tremenda ilusión. Era la primera vez que cabía en un carro. Aun así seguía por instinto encorvando la espalda y bajaba la cabeza a cada bache como si una cruel maestra lo fuera a golpear con un puntero. Igor de copiloto y Alejandro el barato detrás. En el maletero cajas de herramientas, sogas para remolcar y una larga lista de etcéteras necesarias para mover un carro que haya estado parado por 20 años en un sitio a la intemperie. Josef siempre le daba ilusión este trabajo arqueológico.

Llegar a un carro con 20 años sin moverse, era descubrir que en algún momento alguna persona o familia lo había comprado con tremenda ilusión, que alguna vez había sido el sueño de alguien o sus alegrías. Josef siempre buscaba en la pintura descascarada una parte que no hubiera sido quemada con soldaduras de chapistas anteriores para levantarla con la uña y ver el color original de fábrica. Cuando encontraba esto, en su imaginación se completaba ese ciclo de pasado recreando en su mente aquella joya sobre ruedas brillando, con sus colores pasteles por lo general y sus niquelados. Era una bendición, a pesar del riesgo legal y de todo tipo, vivir de esa pasión.

El primer punto escogido fue una esquina del cerro porque en esa sola esquina habían dos carros interesantes, un Studebaker del 1953 de buena reventa por ser un carro "pequeño" y económico y un Rambler de 1958 que también gustaba por su economía y espacio, aunque bastante raro para la tecnología de la época. Llegaron primero al Rambler y Dos Metros enseguida empleó sus habilidades de negociante nato con el dueño, quien lo vendió por 400 dólares de los 700 que pedía. El carro estaba completamente podrido, lleno de agujeros en la chapa y cayéndose a pedazos pero cumplía dos de los requisitos necesarios para que josef lo comprara. Primero, tenía todos los cristales intactos y segundo tenía el forro interior del techo original en vinyl color crema, cosa que Josef por muchas habilidades que tuviera nunca había podido lograr restaurar o fabricar por la complejidad que solo un avanzado tapicero podría hacer y no se veían muchos forros de techo o casi ninguno bien hechos en La Habana.

El carro no tenía ruedas y el motor estaba como le encantaba a Josef, hecho piezas en cajas y cubos. Metieron todo esto al maletero y cuando Josef notó, estaba rodeado de "gente del barrio" de todas las pintas y estados posibles. Josef apuró la micro activación del cadáver de carro que estaba comprando a ver si podía remolcarlo de ahí de una buena vez, Dos metros también estaba algo nervioso por el entorno mientras Alejandro el barato e Igor, sumidos en su propia y profunda entelequia ponían tornillos según los iban encontrando como unas maquinarias de la película de tiempos modernos de Charlie Chaplin
El ambiente se tensó un poco. Resulta que ese carro había sido por décadas la barra de los borrachos, el sitio donde dormían los sin casa, el parque de diversión de los niños. No estaban moviendo una simple maquinaria de hierro con ruedas, estaban moviendo una pieza de barrio, un identificador y una parte de la historia de esa calle del Cerro. Pero ya lo habían pagado. Algunos vecinos recriminaban al dueño por haberlo vendido, sentían propiedad sobre el.
De pronto, sonaron unos disparos con un estruendo terrible. Josef y Dos metros se agacharon instintivamente. El  Barato e Igor ni se dieron por aludidos y siguieron en su ardua tarea de restaurar los sistemas mínimos para que aquello pudiera rodar tirado por el Buick.
Todo el grupo que rodeaba el carro comenzó a desternillarse de la risa con el susto de Josef y dos metros. Josef encabronado pregunto qué era aquello. Le explicaron que estaban enterrando los restos del Che, que lo habían traído de Sudamérica y eran balas de salva. Como la plaza de la revolución estaba cerca, los tiros se oían de esa manera. Por ese suceso es que Josef siempre supo en que fecha exacta compró ese Rambler del 1958 que después tendría tanta historia para contar.

Al final había una rueda que no se inflaba de ninguna forma. Igor retiró la bomba de aire y chequeó la válvula. Vio que no tenia el bypass, lo que en Cuba se le llama gusano -- ¡¡Falta un gusano!!-- gritó a toda voz --¡¡Necesito un gusano!! ¡Donde puedo encontrar uno?-- Toda la gente alrededor del carro alzaron las manos y gritaron a coro desencajado con sus voces resacosas --¡¡ Aquíii!!  ¡¡Aquíi todos somos gusanos!!!  ¡¡Coge tu gusano aquí!!!! y entre risas apareció uno, de verdad, lo que permitió que una vez las cuatro ruedas estuvieran con aire, entre crujidos y alimañas de todo tipo saliendo en desbandada del interior del carro se moviera el Rambler del 1958 otra vez. Esta vez rumbo al Vedado, donde iba a ser agraciado con las mas profundas operaciones de restauración para continuar rodando como muchos carros de ese país en su segunda, tercera o vigésimo cuarta vida y resurrección.




29 de abril de 2014

Josef y Dos Metros (Primera parte) cap 193




Y dos metros lo encontró en el Cerro.
Pero si se cuenta así, nadie entendería...

En los 90s, de las tantas cosas que Josef había hecho, era la época de comprar carros americanos, restaurarlos y revenderlos. En el barrio se había regado que Josef le daba trabajo a la gente así sin más y venían personajes de todo tipo y sitios disímiles para ganar algún dinero. A veces tenía tres o cuatro carros esperando por trabajo. Un día fueron cuatro carros y un camión, por eso casi lo meten preso, por actividad económica ilícita, ya que en Cuba, no sabría como explicarlo, uno puede ir preso por ser trabajador, por ser emprendedor o tener capacidad de crear empleos o negocios.
Solo dios si es que está ahí sabe como Josef escapó de aquello, pero eso lo contaré otro día.

Dos metros llegó un día que el estaba metido debajo de un carro cambiando una caja de transmisión. Vio unos pies desmesurados parados a su lado, gastados como de un animal en fuga y cuando salió de donde estaba, no veía su cara por el contraluz de esas tardes habaneras que lo ciegan todo.

- ¿Tu eres el Josef?- Preguntó sin tantas presentaciones.
- ¡Si! - Le respondió con seguridad ya que quizás era el único "Negociante" de todo el Vedado que no le debía nada a nadie, ni nunca había quedado mal con nadie. El negro medía, según se enteró después, casi 2.15 metros y tenía cara de gorila molesto, los brazos eran interminables y las manos parecían racimos de plátanos.

- Estoy buscando trabajo, necesito trabajar.
Josef sacó un trapo manchado del bolsillo trasero y comenzó a limpiarse las manos con cara extrañada. Tardó un rato en responder.
- ¿Que tu sabes hacer de mecánica?
- Nada. Estaba preso desde que tenía 11 años y ahora tengo 39, pero no se nada de nada. ¡Eso sí! Se contar y dibujar los números, también se escribir mas o menos, pero fui al agro a buscar trabajo y no me lo dieron porque me dijeron que tenía que tener por lo menos 6to grado, pero ¿Para que hace falta 6to grado para vender naranjas o cargar sacos, ¡yo se contar, se contar el dinero! se cobrar y dar vueltos, pero dicen que si no tengo 6to grado no podré trabajar en ningún sitio y claro voy preguntando a todo el mundo hasta que me dijeron que a lo mejor fregando carros o algo... Yo aprendo lo que sea - Se agachó rápidamente a coger las herramientas que Josef había dejado regadas por el piso.

Josef lo miró con respeto, sabía lo que significaba que alguien dijera en la Cuba de los 90s que estaba buscando trabajo, la gente por lo general buscaba "biznes" compras, ventas, robos o cosas resueltas. La frase buscar trabajo llevaba extinta varias décadas. Trabajar se llamaba resolver y se medía la conveniencia por lo que uno podía desviar o robar de cualquier sitio o posición donde se desempeñara.

- ¿Como te llamas? Preguntó Josef al rato de estar meditando que hacer y convencido que llamase como se llamase se le quedaría el apodo de dos metros para siempre en su cabeza.
- Jesús...
 ¿Dime que hago compadre? Yo quiero hacer algo.

- Jesús... ¿Tu sabes que yo compro carros destrozados y los restauro para revenderlos?
- Si. Todo el mundo lo sabe y me dijeron que tu ayudas a la gente con trabajos...
- Está bien, te voy a dar uno fácil. Me hace falta que andes por ahí, por toda La Habana y donde veas un carro de esos desbaratados, sin ruedas sin cristales o como sea que esté que preguntes por el dueño y te apunte en un papel la marca, la dirección y el precio para comprárselo. Te voy a dar ahora 400 pesos para guaguas o boteros o lo que sea y mañana o pasado me traes los que hayas visto, da igual de donde sea si me traes dos o tres ya estamos arreglados.

Pasó casi un mes sin saberse de dos metros. De las personas en los barrios que siempre estaban mirando a Josef trabajar porque no tenían nada mejor que hacer que dar opiniones sobre todo lo que pasaba en las calles y tomar alcohol reciclado, ya se oían los rumores que dos metros le había "metido línea" a Josef con 400 pesos, pero este ni se inmutaba. Su sentimiento hacia el dinero era raro y bastante desapegado. Josef pensaba que quizás esa persona necesitaba ayuda y estaba contento de haberle proporcionado algo con lo que pudiera quizás encauzar su vida un poco. Pero los rumores se derrumbaron un jueves del caluroso agosto cuando apareció dos metros agotado, con la ropa muy sucia y descalzo.
Lo primero que vino a la cabeza de Josef era que lo habían asaltado o había tenido un accidente, pero dos metros antes de llegar se saco un bulto de papeles estrujados del bolsillo llenos de direcciones de posibles carros para comprar, unos 15 aproximadamente.

Josef leyó detenidamente la lista con letras de todos tipos y colores escritas por cada uno de los dueños de los carros. Miró a Jesús de arriba a abajo y le dio las gracias pero no pudo evitar la curiosidad de preguntarle que le había pasado y porque se veía en ese estado.

Jesús dos metros se sentó en el piso y comenzó su relato al oído de todos los curiosos del barrio que como siempre no se perdían una historia de cualquiera que pasara. Josef le llamaba la banda de Dick Turpin, por una serie inglesa de hacía unos cuantos años, donde constantemente salían forajidos y facinerosos con el mismo aspecto de los borrachos de su barrio.

- Me fui ese día y comencé a caminar por todas las calles, como tenía dinero para comer me fui quedando a dormir donde me cogía la noche - Josef revisó de nuevo la lista, había carros del Cerro, San Miguel, Marianao, San Agustín, hasta de Guanabacoa.- Primero se me rompieron las chancletas, después poco a poco la ropa, pero no quise gastar el dinero en nada de eso porque me parecía mucho, comí fritas, croquetas, pan con guayaba y un día que tenía mucho hambre en la Virgen del Camino me comí una cajita, el resto se lo di a mi mujer que está embarazada y brincamos de alegría. No me quiere creer que fue por un trabajo decente y quiere venir a verte a ver si es verdad. Llevamos meses sin comer nada mas que agua con azúcar. Estamos contentísimos.

- ¿Pero todo eso caminando?- espetó Josef sin esperar a que terminase.
- Caminando, yo no me se las guaguas de ahora y además así veía bien en todas las entrecalles, fui haciendo zig-zags por todas las cuadras posibles.

La banda de Dick Turpin estaba en completo en silencio y boquiabiertos. Uno por uno le dieron las manos a Jesús manifestándole un gran respeto, mas de uno le dio un abrazo, Jesús estaba un poco estupefacto con tanto apoyo grupal desconocido hasta que uno de los borrachines habló en posición de discurso declamatorio.

- He aquí un hombre de verdad, un hombre decente, de los que ya no quedan. ¡Un respeto para este ambia de las calles y las prisiones! A este hombre se le puede confiar cualquier cosa sin cráneo ¡Sin cráneo! -  La palabra cráneo la repitió varias veces con un énfasis vibratorio en la c y la r del principio que parecía que iba a romper un cristal de un vecino cercano.

Josef miró la lista otra vez. Marcó en ella varios carros para ver y le dijo a Jesús para terminar, Mañana vamos a comprar un par de estos, vienes con nosotros pero vamos en carro ok?

Jesús sonrió por primera vez. Aunque dejara ver una dentadura casi perfecta, sus ojos se veían tristes. Tenía de pronto alegría y esperanzas de que las cosas iban a ser distintas. Algo bueno iba a pasar, lo presentía. Abrazó a Josef y subió cojeando como pudo por la loma de la calle 24 del Vedado hacia su casa. Se llevó la misma sonrisa en todo el camino y con un puño cerrado iba tarareando alguna rumba propia. Algo iba a cambiar, venían buenos tiempos.


Un día perfecto


Hoy ha sido un día perfecto. No todo está bien desde luego, en Cuba se muere gente de mi familia de cáncer, aun no tengo trabajo, estoy más arrancado que la mala hierba pero aun así, me levanté con esta canción que enlazo mas abajo. Metí las cosas de windsurfing en mi carro de mierda destrozao que se le quemó el aire acondicionado y me fui al mar solo, porque nadie de la tribu pudo hoy. Me fui a lo que llamo la isla misteriosa, que es un pedazo de tierra que emerge en medio de la Biscayne Bay pero como se queda unos 5 centímetros bajo el nivel del mar no se ve, ni casi nadie sabe que está ahí. En la isla misteriosa cuando estaba sentado vi un aletón dando vueltas que me hice popó en los pantalones y esperé casi una hora a que se fuera pero no se iba, le daba vueltas a la isla como si fuera un carrousel hasta que me dije - ¿Que cojones! ¡Si en Cuba le partíamos parriba a los tiburones para pegarle con la orza, aunque se escapaban a tiempo y nunca los tocamos!! y me monté en mi fiel y corpulenta Mistral Prodigy y fui a encontrarme con el.
 Comencé a ver los lunares blancos, no era tal tiburón, era un damero, el pez dama, bello con sus 10 o 12 metros de largo ahí entretenido alrededor de la isla misteriosa cazando algunos bichitos, lo seguí un buen rato hasta que el sol ya me estaba despellejando y volví a la orilla. En la orilla pensé, estoy enfermo de windsurf, me da adrenalina antes de hacerlo, dopamina cuando lo hago y una agradable fatiga positiva cuando termino, si tengo esto, soy un hombre rico. ¡¡Que buen día!! mas o menos 6 horas montando a promedio de 20 millas por hora, me habré hecho mas o menos 100 millas sin parar, y ni hambre me dio, solo sed. Candela los que se aventuran en el mar pensando que la comida es lo primordial. Tomé agua de mi pomo congelado y como nuevo, es una pena que se vaya el sol, estoy listo para 10 horas más de navegación. Voy recuperando mi training. ¡Ah! esos días en que montaba 12 horas sin parar no son del pasado, la maquina esta lista. Oigan la canción.

17 de febrero de 2014

Habana si, Habana no. (Josef pescador Capitulo 192)

El complejo arquitectónico llamado "El 1830" a la orilla del río Almendares era como una gran fortaleza llena de misterios y visiones fascinantes. Josef imaginaba cientos de aventuras a cada paso llenas de piratas, fantasmas, jinetes sin cabezas y hadas mágicas. Hadas muy raras porque a ratos eran figuras con hermosos vestidos blancos y a ratos eran sirenas en el mar. Pero las hadas y las sirenas no tienen nada que ver, nunca se han visto juntas. 
Habana del Mar caminaba a su lado sin soltar su mano. Aunque ambos temblaban de emoción trataban de disimularlo al máximo posible. Josef tarareaba cualquier tontería de un dibujo animado ruso llamado los músicos de Bremen y Habana, a pesar de ser tan lanzada no dejaba de llevarse parte de su pelo rubio y desorganizado a la boca todo el tiempo, hasta que el aire del este se lo volvía a arrancar para ponerlo flameando a su favor y sobre la cara de Josef que disfrutaba de su olor a salitre y algas.

 En una parte de ese sitio había un mágico castillo construido con piedras coralinas, lleno de pasadizos secretos e incómodas escaleras de caracol que al parecer fueron hechas para no humanos. Este castillo se llamaba, si es que aún existe, La Isla Japonesa. Medio siglo atrás estaba lleno de animales en cautiverio, serpientes, pájaros, un oso y un mono. El mono era una especie de guardián de esta maravilla de sitio, aunque con la particularidad que odiaba a los niños, porque los niños lo odiaban a el, al menos los niños de esa barriada del Vedado. 
 Mas o menos a esa hora siempre le traían la comida al mono. Era cuestión de esperar un poco bien escondidos y que el maldito mono no avisara a su dueño, por lo que había que entrar casi metido en el agua fuera de su vista completamente. Agazapados entre las piedras se veía venir de lejos al señor que le traía la comida. Era una carretilla con aguacates, mangos, toronjas, coles y plátanos. Todo un manjar para el mono y para Josef y Habana. 

 Habana temblaba como una hoja cayendo y abrazaba a Josef como si fuera el último día de su vida. Josef se dejaba y de paso había desaparecido el hambre y el horizonte. Habana le dio un beso, Josef respondió.

 Podría parecer que la misión de conseguir comida estaba en peligro pero no, la misión había desaparecido. Esos besos primerizos escondidos entre las rocas misteriosas de la Islita Japonesa valían mas que todo lo que hubiera tenido o sucedido hasta el momento. Todo era hermoso en ese momento y toda la tensión y el stress era completamente positivo y agradecido. No se supo cuanto tiempo había pasado hasta que Josef se sintió alzado por el aire. 

 El señor que cuidaba el mono, lo sostenía de aire con furia descontrolada entre gritos ofensivos y arañazos. Josef había sido sorprendido y Habana había logrado escapar tirándose hábilmente al mar por detrás de la isla. No lo vio venir, pero tampoco iba a suplicar nada. Daba igual, todo era bello. Con pensar solamente en Habana ya daba igual lo que le hicieran. Ya lo habían llevado varias veces a la estación de policía de Zapata y C donde su padre tenía que ir a recogerlo, pero por suerte su padre se había dado por vencido y ya ni lo regañaba, eso si, las horas de aventuras perdidas viendo policías entrar y salir del recinto si dolían de manera irrecuperable. 

 Estaban llegando a la puerta del 1830 cuando el señor lo dejó caer abruptamente al suelo y se llevó las manos a la cabeza. Habana justiciera estaba detrás del señor con las manos llenas de piedras. 
 - ¡¡Suéltalo!!... ¡¡Que lo sueltes dije!! 

 Hacía varios minutos que Josef estaba liberado y tirado en el suelo sin saber que hacer. Habana lanzó un par de piedras más y con la misma echaron a correr los dos, pero el señor no los persiguió, se quedó en la retaguardia blasfemando y amenazando con todo el repertorio posible. A toda velocidad que dieron sus piernas saltaron como para volar por encima del puente de la isla japonesa y cayeron al agua de largo como dos piratas en fuga de un barco ardiendo. Nadaron sin mirar atrás los metros que unían el 1830 con las rocas de la base del castillo de la Chorrera y ahí salieron vigilantes de que no los hubieran seguido, pero no había moros en la costa. 

- ¿Y ahora? - Preguntó Josef aun sin recuperarse de la impredecible escaramuza. 
- No va a ser el primer día que pase sin comer nada- Aseguró Habana orgullosa aun de su violenta acción. 
- Espérate... yo tengo una idea - Josef se lanzó al agua de nuevo sin esperar respuestas. 
Bajó los escasos metros de profundidad y ahí divisó en el fondo su opción C, sus reservas para casos especiales. Varios bultos del fondo con telas de colores que eran fácilmente divisables por la experta mirada de Josef. Los abrió uno a uno y fue cogiendo las monedas que iba encontrando en ellos, la nube de peces que se acercaba cada vez que Josef rompía una brujería, parecían muros desplazables de colores hechos por un albañil delirante. 

 Salió antes de la media hora y desesperado contó el dinero, entre medios, quilos y pesetas completaban casi tres pesos. 60 quilos, una barra de mantequilla y 25 quilos una barra de pan, sobraban para pasar el día, Quizás habría hasta para un helado en el Niágara, la cafetería de linea y 18. Contaba las monedas una y otra vez en lo que sorteaba los dienteperros hasta llegar bajo la escalera donde esperaba Habana. 

 Pero Habana no estaba.

Estuvo un buen rato sentado esperando a ver si aparecía. A Habana no se le buscaba, ella aparecía y desaparecía a su antojo cuando quería. De nada valía recorrer todas las calles del Vedado en bicicleta de norte a sur y de este a oeste. Nunca la había encontrado. Ese encuentro fortuito que tenía planificado desde hace meses nunca ocurría. A Habana no se le veía a no ser por su propia voluntad. Esperó recostado con su espalda desnuda en las húmedas y salitrosas piedras de la centenaria fortaleza de la Chorrera hasta que cayó el sol. Se levantó y escuchó por última vez en el día como la marea lamía las piedras incansablemente. Lanzó las monedas al mar de nuevo lo más lejos que pudo, bajó la cabeza y se fue con una tristeza sin igual, derrotado a su casa. 
Tantas cosas bellas y emocionantes del día opacadas por este momento fatal. Llegó a su casa sin hablar con nadie, se tapó con su roída sabana y no comió mas nada. - No va a ser el primer día que pase sin comer nada- le retumbaban las palabras de Habana. Muy tarde logró dormirse y con suerte soñó que arrebataba a Habana de los brazos de un malvado secuestrador a pedradas. Pero se despertó mas triste aun. Josef no era un héroe ni era nada.