17 de noviembre de 2014

Josef pescador (Cap 202)



Vio como se alejaba para siempre aquel carro que lo había acercado hasta el Vedado. Siempre le daba tristeza  cuando conocía a alguien que le provocaba tejer una historia para su futuro sin mas. La muchacha y su familia que lo habían salvado de tan desagradable altercado con las embrutecidas autoridades, en poco tiempo llegaron muy profundo dentro de Josef, pero en ese mismo poco tiempo habían desaparecido entre gases de escapes y hollín de la calle línea y 18. Josef había olvidado su nombre o no sabía si lo había preguntado.
Caminó despacio engullendo los mismos olores de barrio. Olor putrefacto de basuras en las esquinas, olor descompuesto de río, de óxidos, hojas húmedas acumuladas en los árboles, olor de ropa lavada con jabón batey y olor a ollas de presión en su eterno ablandar de los granos anticuados con que luchaban las amas de casa habaneras. Llegó a la esquina de casa pero nunca subió. Se sentó en el contén de la acera y en poco tiempo sufrió el timelapse del día completo. No había nada que hacer ni nada en que pensar. Ver pasar, esa era la opción, ver pasar todo.

Llegó la noche. había fresco y Josef insistía en no entrar derrotado a su casa. Miró al cielo rojizo que centelleaba a lo lejos en el medio del mar. Mar donde el sería feliz, mar que acababa de traicionar. Recordó a Habana del mar.

Se preguntó si había algún dios allá a lo lejos en el horizonte. Recordó el día en que murió y no vio a ninguno. Deseó estar de vuelta. En ese día de la muerte. Nunca hubo tanta paz. Rendirse quizás era lo único que había hecho con éxito y aun así no logró su objetivo. Rendirse no le molestaba, lo que le molestaba terriblemente y le temía era tener que volver a empezar.
Avanzada la noche Josef pensó que no quería ir a cielo. No quería ir a ningún sitio donde hubiera algo que lo martirizara tanto en la tierra. Si llegaba y se encontraba algo parecido a dios solo intentaría cogerlo por el cuello, si es que tenía cuello. Ningún cielo prometido iba a ser mejor que una buena venganza. Todo lo que sufrió, todo lo que perdió. Todo lo iban a pagar el o quienes fueran.

Esta vez Habana del Mar había pegado fuerte. Ya se había acostumbrado a la idea de quedarse con ella, de quedarse junto a ella, de hacer planes, de trabajar por ella. Pero Habana siempre fue inconforme. Habana nunca vio valores en lo que había, sino en lo que ella podía modificar. Quería mover a Josef de su mar y eso es un pecado.

Si dios existía era culpable de que Josef hubiera nacido sin nada y que lo poco que tenía le fuera arrancado constantemente. Recordó cuando por cosas familiares desagradables que ni vale la pena contar, nunca mas pudo montarse en el barco de su abuelo para poder pescar que era la única forma de subsistencia que conocía, recordó cuando le negaron hacerse su casa en su azotea con unos cuantos bloques que había comprado, recordó cuando estuvo perdido, desmemoriado por mas de diez días, al llegar a su casa que ni siquiera habían advertido de su ausencia, recordó años de comer frutas de las brujerías por las calles, dormir en las costas, apoyarse en nadie y contar con nada, taparse con una vela roída, tomar agua de la lluvia nocturna y fría. No sabe, nunca supo porque dios lo trataba así, que clase de experimento macabro estaba formando parte o adonde conducía todo aquello. Algo si no le habían quitado, la capacidad de desear, de soñar.

En cada amanecer corría al puente de hierro a pedir un deseo cada vez que veía un pez saltar. Eran sábalos gigantes de hasta 200 libras que sin saber le regalaban con su plateado cuerpo un poco de ilusión. Los sábalos eran las monedas de Josef, de hecho, a veces encontraba por ahí algunas de sus gigantes escamas, tan brillantes que reflejaban el sol y se las guardaba en el bolsillo. Amaneciendo se le ocurrió un deseo genial, esperó y esperó que saltara el primer sábalo del día. Cuando saltó gritó a todo pulmón ¡Quiero ser niño para siempre!
No pasó nada. No hubo rayos mágicos ni sonidos electroacústicos de magias televisivas pero Josef supo ese día que había renunciado a lo que supuestamente debería pasar. Daba igual, de todas maneras no le tocaba. Iba a desquitarse en esta tierra de lo que le habían quitado e iba a comenzar por su niñez. Recordó sus manos rotas con 8 o 10 años halando redes con su padre y abuelo, el dolor de las espinas de pescado enterradas de tanto limpiar pescado y esa peste que nunca se le fue de la nariz. Recordó casi nunca jugar con los demás niños porque debía vender pescado o arreglar barcos. Total. Habana del mar se fue y aun sabiendo que esto era una perreta se le iluminó el día con tan mágico deseo.
No iba a tener esposa ni hijos, no iba a tener una casa, no iba a tener bienes ni propiedades, no iba a ser bueno en nada ni bueno para nada. Juró solemnemente  quedarse en niño, en desposeído, en pobre. Disfrutar solo de lo pequeño y simple, disfrutar de la paz, de los colores, de la sal marina, de esas flores pequeñas que nacen en las costas y luchan ellas solas contra todo... y a veces sobreviven.

Ya se había arreglado el día con tan gran deseo. Y lo mejor que los deseos pedidos cuando saltaban los peces del río Almendares casi siempre se cumplían, siempre que no fueran deseos amorosos. Ahí era donde dios mas se esmeraba en hacerle la existencia terrible.

Maldita Habana del Mar y su locura.

También había pedido una máquina del tiempo pero eso ni por asomo.





27 de octubre de 2014

Repeat after me

 Decía una y otra vez aquella maestra de ingles de mi tercer 9º grado. 
Repeat after me. 
Hector and his sister Nancy went to the beach with their father. 

Quizás es lo único que se me grabó de aquel 9º y seguro estará mal escrito.

  El primero de tres lo había suspendido toda la escuela. Los niños de la revolución habían soltado en un congreso pioneril por órdenes de arriba que todos los maestros hacían fraude. Suspendimos todos, todos con menos de 70 que ya era suficiente para no pasar de grado. Pero mis padres venían de una familia que se mantenía con 256 pesos al mes. Pasaron quienes les hicieron buenos regalos a los profesores que ya no hacían fraude, ya te daban el aprobado por bienes o dineros directamente. Conozco de buena tinta quien falsificó el certificado de notas para no perderse las vacaciones. Yo lo eché a suerte. Ni miré las notas, no usaba esta frase pero mi pensamiento era del estilo de: Que sea lo que dios quiera. Tampoco creía en dios, ni ahora tampoco. Quizás por eso sigo repitiendo. 

 El segundo 9º fue mas lindo, mas intenso. Ya yo era un poco mayor y vinieron caras nuevas. Comencé a pensar en el amor sin leer a Henrik Brukner. Cuantas aventuras, romances, persecuciones. Que emoción pasar por casualidad por delante de la casa de la persona que me gustaba 100 veces al día. 100 casualidades y 100 posibilidades de encontrármela por casualidad. Por lo general la encontraba con su novio. Va por ti Laura, dios en el que no creo sabe cuantos zapatos gasté pasando por tu casa cerrada a cal y canto. ¿Quien coño tenía aire acondicionado en esa época? ¡Tú! y por eso tu casa siempre estaba cerrada, acristalada ¿Quién tenía cristales sanos en su casa? ¡Tú!  ¡cristales verdes con bolitas de esos que no se ve una mierda padentro! ¡100 veces cada día Laura! o quizás menos. Para nada. Un día te apareciste en mi casa, tocaste la puerta. Habías huido de tus padres por una bronca de esas raras que yo no sabía si era por fumar cigarros de lo que fuera. Me hiciste llamarles y decirles que yo era tu novio. Fue bonito ser tu novio virtual por unas horas hasta que te recogieron en ese alfa romeo del 76 de 1750 centímetros cúbicos color vino y ver a tu padre en cámara lenta amenazándome de cualquier cosa que me importaba un comino. Me diste un beso en la cara antes de que te cerraran la puerta del carro. No te vi más nunca. Al cabo de los meses tu casa estaba vacía, y yo seguía pasando por ahí. Para nada. 

 Repeat alter me.

 Horas y horas pasaba parado en el puente de hierro. Hasta que viera un pez saltar. Me cogía tarde a todos los sitios porque tenía mi propia superstición. Si veía un pez saltar es que el día iba a ser bueno. En la mañana, entre los botes que llegaban de estar toda la noche pescando los veía saltar. Esas eran mis monedas, peces que saltaban. Un pez, otro pez. Que días mas lindos vinieron, mientras mas peces saltaran mas lindo era el día. 


En ese tercer 9º grado ya estaba cansado. Habían hecho la famosa mundial pero era pedirle peras al olmo. Lo que me habían hecho, ese año que había perdido miserablemente de mi vida no lo perdoné jamás. Habían bajado la puntuación mínima a 60 pero ni así moví un dedo, no abrí un libro. Daba dos turnos al día y después tenía la incalculable felicidad de mataperrear por ahí para no llegar a mi casa antes de hora. Ya no estaba solo, había más mataperros que me apoyaban en mi causa. El carabela, Haydee, Angel Mederos que estaba tan enamorado de Haydee como yo hasta que se fue con el profe de educación física y tuvo hasta hijos. Por suerte nunca le dije nada. Era una persona tan valiosa, que era mejor no perderla con tonterías amorosas de niños. Un día se lo diré. Pero ella, dentro de ella, era mucho más mayor que nosotros. Tremenda Haydee. Es la única persona de quien me haya enamorado y no se ha enterado, las demás sufrieron y se divirtieron de lo lindo con mis ridiculeces de todas las ramas posibles. Pero a Haydee no le dije ni pío. 

 El cuarto 9º fue en una escuela taller. Aburrida. Llena de corta cortas. Gente saturada de conflictos por todas las vías posibles. Un profesor nos rogó que termináramos el 9º me centré un poquito y lo terminé. Fin de la historia. Como era solo un semestre esos 8 meses de vacaciones prometían mucho. Lindas vacaciones pasando por casualidad 100 veces por casa de Haydee a ver si por casualidad la veía. La vi. La vi varias veces pero como de costumbre no tenía nada que decir. Un saludo y a seguir camino. Maldito nudo en la garganta. Repeat alter me. Hector, and his sister Nancy……………… 

19 de septiembre de 2014

Josef pescador (Cap 201)

Atravesó las uvas caletas por horas en su eterno maldecir hasta que llegó a la carretera llamada vía blanca, donde había un puente tan alto que los pájaros volaban por debajo. Iba pensando de nuevo en negativo, se preguntaba porque salió de aquel barco donde una vez se ahogó literalmente, que si esto era lo que le esperaba en la vida. A ratos había llorado un poco maldiciendo como se le cambiaban sus planes, pero después se daba cuenta que no tenía, que no tenía planes, ni sueños, ni futuro y eso era lo que mas le pedía Habana del Mar. Algo que el no podía dar, ni le interesaba. Futuro.

¿Porque piden cosas tan raras, pide un buen sitio para pescar, una buena noche, que se vaya un mal tiempo, pero futuro! ¿Quien es dueño del futuro?

Vio como la mañana levantaba desde el puente y algunos carros lentos con chóferes soñolientos pasaban sin casi hacer ruido. Uno de los carros paró en el puente para comprar café en la cafetería pero aun estaba cerrada. Era uno de esos viejos almendrones con colores claros y brochazos de reparaciones a medias. Los pasajeros se bajaron para estirar las piernas, venían desde Matanzas.

Desde el carro Josef vio salir una muchacha que fue directa a una flor que colgaba de los muros. La estuvo observando un buen rato y le pareció alguien especial, o al menos alguien que no lo iba a mirar raro si le hacía algunas preguntas.



Josef se acercó poco a poco, pero como de costumbre no sabía como iniciar una conversación. Realmente los años de salvajismo acuático le venían perfecto para sobrevivir donde quiera que hubiera mar, pero cero para las comunicaciones. Recordó que los pescadores, entre los que se había criado, cuando se veían en la mañana lo primero que hacían era decir buenos días e inmediatamente se lo soltó sin mas.

- Buenos días...

La muchacha lo miró curiosa y volvió a mirar la flor, Josef se sentía curiosamente atraído por ella. Hubo un silencio incomodo de esos que dejan oír hasta los pasos de las hormigas y Josef, debatiéndose entre dar la espalda y largarse por donde mismo vino o tratar de seguir “Siendo humano” se animó a si mismo con un buen regaño interior.

- El carro donde vas, ¿va para La Habana?- La muchacha lo miró otra vez y abandonó la flor para responderle.
- Si, vamos para La Habana, creo que todos los carros que pasan por aquí van para La Habana
- Puede ser, quizás algunos se queden en Santa Cruz o en las playas del este.
- Eso es La Habana.
- La Habana es todo – Josef intentó sonreír a pesar de la tristeza y la frustración de las horas anteriores. Con el sol se le marcaban en la ropa manchones de sal.

- ¿Eres un balsero?
- No, soy un pescador.
- ¿Y tus cosas de pescar?
- Aquí – Josef se señaló a la cabeza con el dedo en forma de pistola, la muchacha sonrió y una especie de luz intentó curar heridas en la existencia negra de la noche pasada. A lo lejos se comenzaba a oír el viento del este que acallaba los grillos. El olor a hierba y mar se agudizaba por momentos como un premio para los que vivían en la ciudad. La desconocida se acostó en la hierba como sintiendo el fresco de la madrugada pasando directamente a su cuerpo desde la tierra. Miró a Josef con mas curiosidad aun y Josef petrificado sin saber que decir o hacer. Estaba completamente bloqueado. Un poco lejos se desperezaban los trabajadores de la cafetería y la abrían con una paciencia de siglos. Ya se sentía a ratos también el rico olor del café, café en medio de la nada, café salitroso y costero.


De pronto sin verlo llegar salió un jeep verde y se bajaron unos militares que se abalanzaron hacia Josef violentamente agarrándolo de manos y pies. Entre improperios intentaron meterlo arrestado al jeep cuanto antes posible, pero al ver que Josef ni discutía ni forcejeaba se relajaron un poco. Realmente a Josef le daba completamente igual lo que pasar con el. Su futuro no estaba escrito y se hacía la pregunta otra vez ¿Quien podría decidir sobre ello?

-¿Se te escapó la lancha de anoche eh guajiro?- Dijo uno de los oficiales con marcada prepotencia y dándole pequeños empujones por los hombros. Josef ni se inmutaba, ni contestaba ni nada. Solo miraba sin odio, sin expresión. No reaccionaba, como si fuera un espectador fuera de peligro de lo que le estaba sucediendo a si mismo.
- !Dejen a ese muchacho tranquilo! - Gritó de lejos el hombre que venía manejando el carro a la vez que se acercaba con el vaso de café humeante en la mano - ¡Déjenlo tranquilo! El viene conmigo de Matanzas! La muchacha se paró a su lado como si lo conociera. Los guardias lo soltaron a regañadientes y le pidieron al extraño salvador los papeles del carro, como de costumbre no miraron mucho porque ni siquiera sabían que mirar y los devolvieron arrancando de nuevo con bestiales acelerones que llenaron todo de polvo y tierra. Josef permanecía sin decir palabras ni moverse del sitio, apenas a los pocos segundos reaccionó y dio las gracias. 
¡Muchacho que tu haces aquí en la carretera! Arranca pal monte que están como locos buscando balseros para caerles a golpes!
- Yo no soy balsero- respondió Josef con su acostumbrado y molesto carácter lacónico.
- ¡No es lo que tu seas o no hijo! Es lo que ellos se les ocurra que tu seas y cometas el error de dejar tu suerte al criterio de unas bestias!
Josef había tenido demasiado por hoy. Intentó internarse en el campo de uvas caletas de nuevo. No había ningún sitio como el mar para sentirse seguro. La muchacha lo llamó.

- ¡Oye! ¿Para que me preguntabas para donde iba el carro?

Josef se detuvo un momento. Quizás podrían acercarlo a La Habana. Pero se sentía derrotado. Volver a la ciudad siempre había sido una derrota para Josef. Daría lo que fuera por vivir en una isla sin ciudad. La ciudad apestaba, llena de gente, de energías raras. Dejar el mar y volver a la ciudad era un sacrilegio. Por unos momentos pensó quedarse unos días mas por si Habana del Mar aparecía pero por experiencia y años, sabía que cuando Habana del Mar desaparecía, el próximo capitulo ocurriría dentro de unos años.
Volvió sobre sus pasos, ya no sabía como dar las gracias.
- Si, quería ir a La Habana pero ahora no se si hacerlo.
- Bueno, piénsalo en el camino, - la muchacha lo dijo con tanta seguridad que convenció a Josef al momento- lo malo será quedarse aquí y que vuelvan esos guardias o que no encuentres otro carro que pare.
Josef se acomodó en el desvencijado chevrolet del 51. No sabía bien que hacía pero por algo todo lo había llevado hasta ahí. Arrancaron de nuevo por la desierta vía blanca. A ratos Josef se dormía, a ratos le entraban deseos de llorar y maldecir, a ratos miraba la extraña belleza de la muchacha que le había aparecido como un ángel salvador en un momento tan tenso. Al par de horas se veía a lo lejos una gran ciudad gris y contaminada con un mar por la derecha tan bello que apretaba el pecho. A ver que viene ahora, se preguntó Josef y se quedó dormido en el cómodo asiento trasero de vinyl rojo del chevrolet 51.

Imágenes: J Craft.

24 de agosto de 2014

Concierto de Boris Larramendi en el teatro Trail de Miami (Mini crónica personal)

Imagen: ViLo & RN-ZN
Por suerte las tardes lluviosas de Miami este día descansaron para dejar una noche calurosa de verano y trópico, en un excelente lugar con una acústica muy agradable y un trabajo de sonido profesional. Comparando con otros conciertos de España, este tuvo la bomba de tener un público identificado y familiar, este tipo de público que baila en los pasillos, pide canciones y corea las letras. La banda pegó, repito, acompañada de un gran trabajo de la mesa de sonido con una perfección inolvidable, mostrando las largas horas de ensayos y la calidad de sus músicos. Boris se dejó su energía en el escenario al punto de pedir un descanso con la frase "déjame coger un diez que ya uno está mayor" con canciones de todas las épocas que fueron pasando una detrás de la otra hasta que el concierto se hizo corto de tan bueno. Después de la última, vinieron un par de temas mas con Ivette Falcón rematando la grandísima variedad de sonidos que regala Larramendi en cualquiera de sus modalidades desde guitarra sola hasta una banda completa que pasa por el rock hasta la timba y el guaguancó.
El momento mas emocionante de la noche fue quizás cuando Boris le contó al público que este concierto, por primera vez estaba siendo transmitido hacia Cuba de manera alternativa y saltando el bloqueo en todas sus formas posibles. En la pantalla apareció Antonio Rodiles y el team de Estado de Sats, quienes a través de streaming y la habilidad de los técnicos de Generación Asere estaban grabando para repartirlo de manera alternativa mas tarde en Cuba.
Este día no solo disfrutamos de la buena música, disfrutamos de la ilusión de romper muros y distancias. De trabajar en equipo y de lograr por encima de las trabas y dificultades, cosas que manos poderosas invierten sus recursos en prohibir o censurar. En lo que Silvio Rodríguez dentro de Cuba hace sus pataleta por algunas dificultades burocráticas que le recortan o retrasan sus ganancias personales, este pequeño team altruista ha logrado salvar las zanjas de las dos orillas, toda una maquinaria de aislamiento y censura real y llevar la música y el arte a su sitio, es decir, al alcance de todos sin reglas ni flujos de un solo sentido del mencionado y falso intercambio cultural.
Un servidor se alegra mucho de formar parte de ello y regala estas imágenes de su cámara dando las gracias por tanto tiempo pasándola bien con buena música y palabras con  acciones consecuentes, honestas y fuera de miedos represivos. Boris muestra que entre toda la masa de actores, músicos y demás personas de la cultura cubana actual de discurso ambiguo y complaciente, de silencios sumisos y respuestas ordenadas, existen aun personas que no transan con su manera de pensar y que van con sus ideas adonde sea como fue el caso reciente del viaje de Larramendi a Cuba, donde dio un miniconcierto en una casa sitiada por la represión militar cubana en la sede de Estado de Sats, con esos jóvenes que están tratando de cambiar a otra Cuba a través de acciones cívicas, culturales y de mucho trabajo y peligros en este lugar que dejamos atrás, donde la palabra cambio no se tolera y es altamente peligrosa para todos aquellos que decidan hacer público sus deseos e ilusiones de vivir en un sitio mejor algún día.

George Gautier
GautierProdVideos®

24 de agosto del 2014

15 de agosto de 2014

Josef y el fin del sueño (Cap 200)

El Viejo Sueño Acabó by Carlos Varela on Grooveshark

No se iba a vivir eternamente de peces de la orilla y uvas caletas. Josef quizás si, es mas, Josef si. Aun quiere vivir de peces de la orilla y uvas caletas mas que nada en el mundo. La tierra, a la que se estaba adaptando por la fuerza no le estaba sirviendo de mucho. Tantas complicaciones y cosas de hombre blanco lo atosigaban, religiones, normas, tradiciones, historias y costumbres eran mucho mas de lo que se necesitaba para estar con los pies lejos del mar. Aun no había pensado que podría despegarse del todo a la vida terrestre pero estaba Habana, por Habana del Mar haría lo que fuera necesario.

 Habana llevaba días en silencio y mirando al mar sin detenerse en mas nada que en sobrevivir. A veces por las noches lloraba en silencio pero Josef cesó sus preguntas. Había algo que no encajaba en lo que pudiera ser la historia mas feliz de su vida. Una de las mejores cosas que le habían pasado. Siempre se lamentaba cuando de niño se ahogó y lo trajeron de nuevo a este mundo. El mismo mundo que miró con desgano el día que se borró su memoria. Asomarse a una ventana y ver la misma ciudad era una pedantez del destino, pero ahora había sido feliz, tremendamente feliz aunque por unos días. La vida salvaje de sus sueños parece que no era apta para humanos normales, aunque Habana no parecía normal, pero ya todo había cambiado. Habana seguía con la idea fija que deberían abandonar ese país sin futuro ni esperanzas. Josef no sentía lo mismo, no veía la necesidad de abandonar un sitio donde nunca había estado. Esa tierra firme era la orilla de sus predios, Josef había nacido y vivido en el mar, la tierra le importaba un bledo y además la odiaba. La tierra para Josef era un incordio.


 Esa tarde el mar estaba agresivo, las centellas auguraban una noche larga, quizás habría que dormir en la cuevas, en cualquiera de las tres, doña basura, el perro o la ballena, daba igual, para Josef era casa, para Habana, ya no sabía.

Se durmieron como siempre abrazados. Antes comieron algunos caracoles y un pulpo que Josef pescó en la orilla porque el mar se estaba poniendo peor y era imposible nadar en él. Josef tuvo sueños horribles. Siempre tuvo miedo de sus sueños porque fueron presagios de cosas futuras o traumas pasados. Soñó que se estaba ahogando de nuevo pero volvió a recibirlo sin miedo esta vez, lo despertó el ruido de unos motores y unas voces.

Se incorporó de un salto y buscó en vano a Habana por toda la sala de la cueva, no estaba. Se asomó entre las rocas y vió una lancha rápida y personas con niños incluso de brazos intentando llegar hasta ella. Se quedó petrificado, los tripulantes cargaron a varios y a otros no se sabe porque razón los rechazaron blandiendo machetes y gritando. Josef aguzaba la vista intentando ver si descubría entre las personas a Habana pero no se veía mucho a pesar de la luna llena tan brillante como un foco de estadio. La lancha rugió como un animal feroz y desapareció en el horizonte centelleante y lleno de espuma. Los que quedaron en tierra desaparecieron por un trillo que llevaba a los campismos. De pronto se hizo silencio y ese tipo de silencio que golpea en el pecho y duele. Josef aun sin recuperarse comenzó a llamar a Habana pero nunca obtuvo respuesta.
-¡Maldita Habana!- Gritaba para si mismo - ¡¡Siempre desapareces igual!! ¡Eres mi vida pero me estás matando! ¡Habanaaaaa!!
Sintió de lejos perros ladrando. Podrían ser guardafronteras que venían como siempre a los sitios donde recalaban lanchas. Josef se metió en lo mas profundo de la cueva y se acuñó en una laja pegada a uno de los techos. Por suerte el guano de murciélago acumulado no permitía a los perros detectarle. En efecto, pasaron los guardias blasfemando y amenazando, estaban molestos por cada madrugada que los hacían moverse por una alarma de salida ilegal. Josef se apretó mas a la roca y lloraba, en la entrada de la cueva veía las siluetas de los perros furiosos también. Un perro entró pero ni se dio por enterado que sobre el había un semisalvaje preparado con un afilado cuchillo de pesca por si era detectado. El perro volvió a salir sin mas. Al rato se fueron los guardias y Josef se dejó caer sobre el suave y caliente guano de murciélago, con la misma oteó lo que pudo desde la entrada de la cueva una vez mas y ya se veía todo a su gusto, desierto, silencioso. Solo se oía la brisa de la tormenta pasada, el mar y se podía oler el salitre como siempre. La luna había bajado y ya la noche estaba tremendamente oscura. Josef sabía que debajo de sus pasos en esa roca habían unos 10 metros de caída libre hasta el mar, no lo pensó un segundo mas y se dejó caer. Lo recibió un agua salada, tibia, suave, un entorno suyo, su casa, su vida.


 Estuvo flotando cerca de la orilla por varias horas hasta que vio a lo lejos los claros del día. Maldita noche en la que la única suerte era que el agua del mar no le hacía notar sus lágrimas. Maldita Habana del Mar que siempre lo dejaba tirado y se iba, malditos los sueños y las simplezas en las que quería mantener su vida, ajenos a todas las personas normales que poblaban la tierra. Condenado estaba a estar solo y los pequeños momentos en que pensaba que no, le arrancaban las tiras del pellejo cada vez mas profundo.

Quizás debía estar solo. Pensar que Habana nunca existió, pensar que era una especie única, enferma o anormal pero que debía llevar su vida adaptado a aquello. Y sobre todo, que nadie de tierra firme iba a seguirlo nunca.

En lo que amaneció se sentó en una de las piedras altas que daba a la montaña mas pegada a la costa. A medida que el sol subía dejaba entrar rojizos y hermosos rayos a través de las cobardes olas que aun permanecían de la tormenta de la noche anterior.



Josef ya estaba decidido. Seguiría mirando el mar por sirenas, debería haber una, al menos una para el, si no, ahí se quedaría petrificado como una estatua de neptuno. Maldita Habana del Mar.

8 de junio de 2014

Josef y el viento (Cap 199)

Entre camas de camiones y carretas de tractores llegaron a un sitio al este de La Habana, en el limite de la provincia de Matanzas llamado Bacunayagua. Se habían detenido por un rato para comer algo y habían visto por primera vez un puente tan alto que se veían los pájaros volando desde arriba. Josef olió el mar a sus espaldas y vio un pequeño río cristalino que se defendía por debajo de aquella inmensa construcción. Juntos se quedaron observando desde el puente y soñaron volar desde el un día. Sin media palabra bajaron a toda carrera por una de sus cuestas y siguiendo el río, llegaron a un mar azul. inmenso, bello y rico que les hizo decidir al momento quedarse ahí.


Era como un paraíso con sombras de uvas caletas, el murmullo de la costa, peces fáciles de los cuales Josef sabía agenciarse sin mucho esfuerzo, agua y paz. Para llegar al sitio había que escalar una pequeña pared de piedras que los separaban de cualquier contacto humano.

Se dejaron caer en la hierba un rato con toda la tranquilidad del mundo, de momento desaparecieron todas la preocupaciones, la persecución que pudiera acarrear sus fugas, el tiempo y todo lo que haría triste ese día. Comenzaron a quererse tanto que llegó la noche y llegó el día siguiente sin mas. Josef había recogido de su casa algunas cosas y entre ellas estaba su equipo de pesca, azúcar, algunos panes, un cuchillo y otras cosas que tomó en su alocada huida.

No habían hablado de sus historias anteriores a este nuevo encuentro y no tenían deseos de hacerlo. Los dos se habían encontrado en tan malas condiciones cada uno, que nada iba a solucionarlo. Habana del Mar no dejaba de acariciar y mirar a Josef como si fuera un sueño, Josef, era feliz de tener su sueño en la realidad. Se habían pedido el uno al otro cuando mas lo necesitaban y no habían fallado. Josef se sentía feliz, tan feliz que sería capaz de todo a partir de ahora.


Habana cada mañana corría alocadamente por la orilla entre arena y piedras, mientras que Josef se tiraba al agua tibia de la madrugada a coger dos o tres peces que comerían ese día asados en la misma varilla de pesca, aliñados con limón jíbaro de la costa y sal recogida de las piedras secas de las pocetas de la orilla. 


Se daban festines de pecado fresco y algunos mangos que recogían en matas aisladas un poco mas tierradentro. Francamente, nunca hubo un mejor plato que ese, sabiendo que después todo el día era para amarse en todos los sitios posibles, en todas las piedras, todas las cuevas, todos los árboles hasta que la energía no daba para más, se acababa la piel recorrida varias veces y había que comer de nuevo.


Perdieron la cuenta de los días, cada día exploraban mas lejos de "su campamento" en el cual había un tronco acostado que le llamaban "el sofá" Para los días de mucha lluvia habían unas cuevas perfectas y cómodas un poco al oeste de su posición. Les habían puesto nombres por sus formas. Doña basura, por un personaje de Fraggle Rock, el perro, porque parecía la cabeza de un perro, la ballena y el cachalote. A veces Josef salía temprano y le dejaba escrito en la arena a Habana en cual cueva estaría, si no, Habana de todas maneras lo encontraría en cualquiera, descansando de la pesca y ahí mismo comenzaba un mar de caricias hasta que se acabara la luz del día.

A veces veían a lo lejos gente de unos campismos que estaban un par de kilómetros al oeste y ellos se ocultaban como pequeños salvajes. Las personas les pasaban cerca y nunca advertían que ahí habían mas personas. Realmente Josef y Habana lo menos que querían era tropezar con personas. Su vida asalvajada y natural les había devuelto todos los momentos felices que habían perdido por la dureza de sus vidas, o de las vidas de todos en general.

Un día, después de una lluvia atroz, vieron a lo lejos un objeto flotando que daba golpes contra la orilla. Como la orilla era una buena fuente de provisiones por las cosas que recalaban, muchas veces en forma de frutas que tiraban de los barcos, fueron corriendo a ver que era. Cuando llegaron se quedaron paralizados. Eran los restos de una balsa de la que colgaban, amarrados, algunos sacos de yute y dentro de ella, pegados por el sol, manchones de sangre, cabellos y pedazos de ropa.

En una tabla de afuera estaba pintado con toscos trazos "La Esperanza" y Josef y Habana no sabían que hacer, la balsa seguía al compás de las olas pegando contra la orilla como si insistiera en tocar una puerta de tierra firme. Josef supuso que con el cambio de marea podría irse por donde mismo vino y se tiró al agua desde el acantilado a unos tres metros de altura. Habana miraba mordiéndose las uñas en lo que Josef rodeaba las piedras para alcanzar la balsa. De pronto una gran mancha negra se vio detrás de Josef y Habana pensó que era una de las tablas de la balsa que se había desprendido, pero después aguzó la vista a pesar de lo nublado del día y pudo identificar claramente que se trataba de algún animal.

- ¡¡Joseef!!!..¡¡Joo...!!!!- comenzó a gritar a todo pulmón señalando aquello que se iba moviendo lentamente-  ¡¡¡¡Joseeefff!!!  ¡¡Tiburóooonn !!!!!!!!
Josef apretó el ritmo de natación aunque no se desesperó, había oído mas que claramente a Habana y sabía que con eso no se jugaba, no obstante optó por ponerse el cuchillo en uno de sus pulsos y con la careta ir mirando a todos lados. Llegó a la balsa y se subió sin mucho esfuerzo. La mole negra pasaba por debajo haciendo varios cruces, pero sea lo que fuere se veía lento y desinteresado. Con una tabla Josef fue remando hasta una parte mas accesible de la orilla y entre los dos la subieron a la arena. Al moverla, el agua que se iba batiendo disolvió las manchas dejando un rastro de sangre que en segundos se llenó de pequeños peces y la gran mancha negra que seguía dando vueltas en el sitio. Josef abrió los sacos. Tenían turrones de maní metidos en latas de galletas, abrigos y varias botellas de ron. Se sentaron un rato alrededor de la balsa sin decir nada. Quizás Josef hubiera querido rezar por los que se perdieron en ese viaje pero no se sabía ningún rezo. Optó por decir algunas palabras.

- Supongo que si la balsa está aquí llena de sangre, querrá decir que no llegaron a ningún sitio. Espero que donde quiera que estén, al menos estén mejor de donde desesperadamente han salido. Hombres, mujeres o lo que hayan sido. Los respeto por haber tenido el valor de arriesgarse a cambiar la vida aunque sea escapando- Miró a Habana de reojo, estaba en un mar de llanto. Josef se acercó y la abrazó tan fuerte como sus cansados brazos se lo permitieron- Gracias por estas provisiones que vienen bien a otros fugitivos, no se si se dirá así, pero que dios, si existe, los reciba y les de ayuda, paz y les cumpla algún sueño en pago por la terrible muerte que han tenido luchando por sus vidas..

- ¡Yaaa! Gritó Habana separándose y echando a correr.

Josef la miró corriendo por la costa. Se preguntó como, ante tanta tristeza de un momento así, aun podría ser tan feliz. Se sintió indigno y enfermizo al esbozar una sonrisa -A pesar de todo- dijo dirigiéndose a los restos de la balsa de madera  - Aun estamos aquí y no nos vamos a rendir.
Habana al poco rato volvió sobre sus pasos. Vio a Josef intentando cargar con todos los sacos y ella cogió los que pudo con sus delgados brazos. Hacían silencio. Entre las nubes tan tupidas de ese día lluvioso y la tarde, oscureció de pronto sin dejarles hacer nada, ni siquiera buscar agua, cosa que hacían de día en la orilla del río porque era peligrosos escalar el acantilado de noche.



Josef fue a romper una tabla de los restos de la balsa para hacer un fuego porque hacía frío y no querían ponerse las ropas que habían encontrado en ese macabro escenario.
- No la rompas- Le pidió Habana con un murmullo - No por favor.
Josef la miró un poco sorprendido, estaba comenzando a asustarse.
- Quizás debamos usarla... un día de estos...
- Habana...
Habana se paró como un resorte mirando al norte. Por mas que Josef afinó la vista solo se veía una oscuridad infinita y de vez en cuando una centella rápida tan lejana que parecía que había caído en el borde antiguo del planeta tierra.
- ¡Si Josef! ¿No pensarás que vamos a estar siempre así no? Nos van a encontrar un día, vamos a ir presos los dos. ¿Es el futuro que tenemos disponible el que quieres?
- ¡No! Ni nos van a encontrar ni vamos a ir presos, pero no nos vamos a echar a los tiburones.. Habana, yo nací en el mar, he andado mas kilómetros en el mar que en la tierra, la gente que hace estas cosas es porque no conoce y yo no quiero esa muerte, prefiero coger mi machete y degollar a cincuenta hasta que me maten a tiros pero no me voy a echar a los tiburones porque unos hijos de puta hayan decidido por mí!!!
- ¡Josef!- Habana lo miró con los ojos llenos de lágrimas - ¿No va a haber mas sangre, mas nunca verdad?
Josef apretaba el cabo del machete tan fuerte que en el silencio de la costa se le oían traquear los nudillos, poco a poco liberó la presión y lo dejo caer a sus pies. Se arrodilló como vencido pero le susurró a Habana.
- No nos va a pasar nada malo. Yo estoy aquí. Yo siempre he subsistido, se que hacer. Entre los dos vamos a luchar juntos y todo se va a solucionar, solo si lo queremos, todo se va a arreglar. Josef bebió de las saladas lágrimas de Habana. Habana se rió porque le hacía cosquilla en los párpados. Se abrazaron tan fuerte como pudieron y se acostaron bocarriba a mirar las estrellas. Con besos y con una tristeza tan densa como la noche se taparon y quedaron dormidos profundamente.





4 de junio de 2014

Josef y el 1990 cap 198 (Parte 02)


Poco a poco volvió sobre sus pasos con los puños cerrados. Esta vez no era por querer atrapar un sueño. Esta vez era por querer despojarse de un tirón de uno, a golpes de ser posible. No podía juzgar a Habana, ni el ni nadie sabía sus tribulaciones o como sobrevivió todos estos años. Solo sabía que nunca mas la vio y su vida fue un poco sombría y miserable después de aquello. Por unos segundos antes de bajar del camión militar pensó que había sido bueno que lo cogiera el servicio, si no, nunca hubiera vuelto a ver a Habana. Maldijo una y mil veces su olor a salitre. Le recordaba la sirena que siempre había buscado de niño, le recordaba que una vez se había ahogado dentro de un barco y regresaron esos pensamientos de que nunca debió salir de ahí.
Por extraño que parezca no estaba preocupado por la fuga de su compañía, le daba igual que lo metieran preso o lo que fuera. Buscó en su bolsillo, solo tenía 5 pesos y se compró uno de esos turrones de maní empalagosos y azucarados. Se sentó al borde de la calle y entre ruidos de guaguas pensó que era el momento de no volver atrás. De dejar la tierra de nuevo, desobedecer. Maldijo cada uno de los santos que había escuchado algunas vez en su vida, de esta lista tampoco se salvaron todos los dioses conocidos, actuales y extintos. Tiró el turrón que le quedaba y regresó a la casa morada de las flores dispuesto a todo.
Por el camino iba pensando un plan, no les hacía falta nada, nunca habían tenido nada mas que ellos mismos. Era la hora de volver para siempre sin juzgar, sin criticar ni pensar en nada. Hubiera lo que hubiera pasado el no estuvo ahí para ayudar ni solucionar nada. Como siempre con Habana, borrón y cuenta nueva.

Regresó por el patio donde antes estuvo y ya el sol estaba rajando las piedras poco antes de las 11 de la mañana. Se sentó en el borde del patio donde había visto a Habana a esperar que algo sucediera según su plan.

No pasó media hora en que estaba profundamente dormido. Aquellas estúpidas madrugadas marchando lo tenían en un estado de desgaste total, además, el tiempo que hacía que no tocaba el mar lo tenía sumido en una depresión oculta que le vaciaba el cuerpo de energías. Siempre estaba intentando dormir o durmiéndose por todos los rincones, como si la única cura a aquella situación fuera dormir para que pasara mas rápido el tiempo.

Alguien lo zarandeó levemente por el hombro. Estaba soñando que nadaba entre delfines y una leve sonrisa asomaba, fue arrebatado del mar de sus sueños a la realidad, pero cuando abrió los ojos la sonrisa cambió en risa -¡Habana! ¡Habana mía! vine por ti, no quiero perderte, te quiero toda! ¡Quiero darte toda mi vida!- Habana lo calló con un beso y lo ayudó a incorporarse  -¡Corre!- Le dijo casi al oído, espérame en 232 y 25. Josef no discutió nada mas. Arrancó corriendo como nunca en su vida a la dirección acordada. Por el camino recordó que Habana hacía esas jugarretas antes de desaparecer y paró en seco. - Ya no puedo hacer mas, no puedo hacer mas- se repetía a si mismo como preparándose para lo peor.
Miró alrededor. Muchas personas tratando de coger guaguas que nunca pasaban o pasaban con tantas personas colgadas en las puertas que parecía un circo. Gente sobreviviendo, comiéndose entre si, empujándose, luchando por llegar a algo o algún sitio. Gente esperando sin mirada, recostada, gente que no sabía lo que pasaba ni por su corazón ni por el de ellos mismos.

-¡¡¡Josef!!!- Se escuchó un grito por sobre todo el murmullo de los supervivientes. Josef corrió, era Habana que aguantaba abierta la puerta de un taxi almendrón atestado ya de gente -¡Monta!- No tengo dinero- ripostó Josef- Monta, yo tengo.
Apretados dentro del carro se cogieron las manos, entre el sudor del medio día y los nervios ambos estaban temblando. Los demás pasajeros ajenos hacían sus historias personales cada vez a viva voz. Para Josef y Habana nada estaba sucediendo, estaban solos en un mundo desenfocado y lento. Un mundo emocionante y nuevo, de nuevo. Aventuras que vendrían, cosas buenas y malas, no importaba. Todo iba a salir bien como quiera que fuera.
-¿Donde se quedan ustedes muchachos?- Preguntó el anciano que manejaba aquel cacharro humeante ya tomando la calle 31 de Marianao.
- Al este, lo mas al este que pueda, cerca del mar- Dijo Josef con toda seguridad.
- Yo viro en cuanto cruce el túnel de línea.
- Ahí mismo nos quedamos, es bastante al este para mi.
- Bueno, todo el mundo me dice que lo deje en una calle, si ustedes dicen que al este, pues al este, mientras me paguen- Habana le pagó inmediatamente para aplacar nervios, el chofer dio las gracias y aceleró. En poco tiempo el carro era devorado por el túnel de Línea y pasaba otro capitulo de esta historia.


2 de junio de 2014

Josef y el 1990 cap 198 (Parte 01)

Se estaba acabando el 1989 y Josef no veía ni rastros por ningún sitio ese desarrollo que dicen que vendría. Según su imaginación para el año 2000 ya todos podrían andar en mini naves flotantes como la de Luke Skywalker en la guerra de las galaxias, pero lo que se acercaba era algo terrible según todos decían, algo como una guerra o peor que una guerra. La gran muralla del socialismo estaba a medio derruir y unos viejos pervertidos se aferraban a arrastrar toda la isla de Josef consigo al hambre y la desgracia. Para ese tiempo ya algunos conocidos de Josef se habían comenzado a quedar inválidos o ciegos por falta de algunos nutrientes en la alimentación básica y le llamaban neuritis óptica. Josef se sentía libre de eso, había pasado muchos años de su vida solo comiendo pescado y nunca se había enfermado, en caso de crisis volvería sin mucho esfuerzo a la dieta marina, porque aunque hubiera abandonado un poco esta vida, había guardado con celo todos sus equipos y artes de pesca, como un refugio de malos tiempos, siempre listo para volver a ellos.

Hacía ya 8 años que había visto por última veza la escurridiza y bellísima Habana del Mar, por momentos pensaba que era su imaginación o que había sido un fugaz sueño, de esos que te dejan aferrándote a cosas amadas para llenarte de desencantos y tristeza al despertar y ver que tienes las manos vacías. Josef no había aprendido la lección de que en esta vida, traer a la realidad cosas soñadas, era cuando menos imposible. Seguía cerrando los puños con fuerza en cada despertar para traer objetos de las ensoñaciones y lejos de desanimarse, pensaba que algún día lo lograría, lograría desafiar la imaginación y la realidad materializando cosas que solo existen en ese mundo desconocido y prohibido para todos.
Y llegó el año 1990, la comida principal del día consistía en un vaso de agua con azúcar y los días de buena suerte, un turrón de maní de los que vendían en la esquina del puente de hierro del Vedado. Josef no faltó un día al castillo de la Chorrera donde había visto y perdido a Habana del Mar por última vez teniendo 12 años. No había mirado a mas nadie en su vida y Habana parecía no quitársele de su terca parte moribunda y enfermiza del lado del corazón, donde se llevan los amores.

Todo pasó de pronto.
Chequeos, papeles, médicos, firmas y demás horrores humanos.
Josef estaba teniendo un sueño raro. Oscuro, frío. De pronto abrió los ojos, esta vez con las manos bien abiertas para que todo aquello se fuera o se quedara al menos dentro del mundo de los sueños. Pero el retumbar y el frío le hizo pensar que estaba en mal lugar y en mal momento. Entre luces se veían muchas botas marchando al compás de alaridos salvajes y un olor a sudor y desesperación tremendo. Josef no quería levantar la vista, aquello no era nada bueno y por eso estaba bien guardado en una de sus lagunas, pero vino todo a la mente. Lo había cogido el servicio militar obligatorio.


Entre gritos fue metido en una de las compañías que marchaban y vio de soslayo en su viejo reloj que eran las 5:30 de la madrugada -que habré hecho- Se preguntaba mientras intentaba afinar la vista para ver otras caras pero ninguna era conocida y todas uniformadamente organizadas en un rictus de esclavitud y desesperación. Descubrió que uno de los reclutas lloraba, lloraba como un niño pequeño. De una mala manera sintió cierto alivio, bueno - Pensó - Yo no soy el que está peor aquí.
A los primeros claros ya sabía que había dejado de llamarse Josef, ahora se llamaba 701 y era el numero uno de su fila. En el momento de formar, todo el mundo trató de evadir esa posición y el ajeno a toda maldad se quedó ahí de carne de cañón, por lo que era el numero uno de la compañía 700 y le llamaban 701 o amigablemente 01.

Los días que siguieron, quizás valga la pena contarlos en otra historia, historias de machismos y cosas militares absurdas. Historias de por qué los humanos somos los peores seres sobre la tierra. En esta historia aun quedan algunas cosas buenas que contar.

Cada día después de levantarse y tomar algo raro parecido natilla o pegamento hirviendo con un pedazo de pan, los montaban en unos vehículos militares y los llevaban a un centro de entrenamiento que estaba en un barrio llamado La Coronela, en San Agustín, al oeste de La Habana. Josef, entre tantas cosas malas de ser el primero para todo, esta vez, era privilegiado, porque los hacinaban en camiones para trasladarlos y Josef siempre se ponía pegado a la cabina mirando hacia delante. El aire que le daba en la cara cuando el camión iba al máximo de velocidad le llevaba lejanamente a la libertad, libertad que había perdido injustamente una vez mas, por los designios del sistema putrefacto del país donde vivía.
Los demás compañeros ni le hacían caso, lo daban por medio loco o algo así. Había potenciado por cien su capacidad de abstraerse, meditar y largarse espiritualmente de la situación por la que estaba pasando, a veces incluso ni notaba su desgracia, a veces soñaba tanto despierto, que hasta era feliz. En mas de una ocasión lo miraban asustados al ver como Josef sonreía en medio de cualquier situación horrible a la que eran sometidos a diario en el absurdo entrenamiento militar.


En uno de esos viajes cuando Josef no sabría distinguir si lo que veía en la carretera era verdad o era mentira, vio una cabellera castaña encaracolada en el portal de una de las casas  por donde pasaba. Mayormente esos barrios eran de militares o funcionarios acomodados. De pronto cada nervio y cada músculo de Josef brincó como alcanzado por alto voltaje, entre todo el jolgorio de los reclutas metiéndose con cuanto infeliz se cruzaba en su camino sobresalió un grito desesperado de Josef.

- ¡¡¡HABANAAAAAAAA!!!!!

Se hizo silencio en el camión, de pronto se comenzaron a sentir todos los ruidos de las maderas y los tornillos de la cama. Todos miraban a Josef intentando ver hacia atrás, hacia el camino dejado que hacía cada metro como si le arrancara una tira de esperanza a la piel de Josef.

- ¡¡HABANNNAAAAAAAAA !!!!!!!!!

En una fracción de segundo el grupo de reclutas se abrió en dos, aterrorizados de la mirada de Josef, el camión aminoró en un semáforo de la calle 232 y Josef saltó por los aires desde la parte trasera del camión como si quisiera llegar a algún sitio volando. Nada se lo impedía, es mas, una extraña energía lo hizo saltar mas de la cuenta y caer bastante lejos del camión, si bien hubo tocado tierra comenzó a correr como si su alma se la llevara el diablo, en su cabeza números, cálculos, donde era que la había visto, cuanto tiempo había pasado, en que cuadra, mas desespero. Hasta que llegó. Era una bella casa con un balcón morado lleno de macetas con flores, miró alrededor. No había flores en mas ningún sitio y ahí había visto flores. Llamó a la puerta pero nadie le abría, dio la vuelta por detrás y escaló unos cuartos eléctricos hasta que se asomó por una verja lateral que daba a la parte de atrás de la casa de las flores. Ahí la vio de nuevo pero se llamó a cautela. ¿como explicar que hacía ahí, como había llegado hasta ahí?

¡Esa era Habana! ¡Quizás por su mala alimentación había crecido poco o nada, era la misma niña aunque ahora pudiera tener 19 o 20 años! - los pensamientos atacaban a Josef en lo que trataba de organizar su respiración -¡Era Habana! Habana!- gritaba para dentro de si y a duras penas se escondía detrás de unas sabanas tendidas sin saber que estas mojadas eran casi translucidas, Habana estaba tendiendo ropa y sintió el ruido, lejos de correr o asustarse, como era su costumbre gritó directamente. Josef se estremeció con su voz, esta si había cambiado, era voz de mujer grande, de mujer fuerte.



-¡Quien anda ahí?
- Habana.. - Josef salió detrás de la sabana con lágrimas - ¡Habana cojones! Habana te he estado buscando cada día, te he estado esperando...
- Habana quedó estupefacta, ladeó la cabeza primero a un lado y después al otro - ¿Josef? ¿Josef pescador?
Josef saltó del muro como si la gravedad no fuera con el. Ya nada importaba. Abrazó a Habana aunque notó que el había crecido mucho y Habana se había quedado en niña, tenía los mismos huesitos de siempre, los mismo ojos llenos de bella maldad de siempre, el mismo olor a algas y fondo marino, el mismo sabor de la piel a sal y corales.
Josef la besaba una y otra vez por donde podía, Habana estaba como una roca aunque apretaba hasta el dolor su abrazo a Josef.

-Te tienes que ir... - Susurró.

Josef se congeló, estaba dispuesto a matar, esta vez no se iba a desaparecer de nuevo, se mordió los labios con rabia preguntándose mentalmente que debería hacer en este caso para no perder de nuevo a su Habana, Habana lo empujó separándolo de si - Te tienes que ir Josef, ahora... Vivo con un hombre y está aquí- Habana lo empujó de nuevo pero Josef no se movía, era como si empujara un muro. Habana miró hacia atrás repetidas veces como con miedo, Josef saltó el muro de vuelta y se quedó mirándola un rato desde la altura. Un hombre canoso de unos 50 años agarró a Habana con una mano por las nalgas y la empujó dentro de la casa, era un oficial del ministerio del interior.

27 de mayo de 2014

Josef y Dos Metros (Quinta parte y final) cap 193

Dodge 1948 Modelo bussines coupé (Modelo bastante raro y coleccionable)

Cada vez que Josef bajaba temprano de su casa escuchaba el ruido del motor que hacía dos metros con la boca, en sus interminables viajes imaginarios del carro de sus sueños. Josef se paraba un rato en la puerta del Dodge 1948 sin entender como a esa edad y esas alturas de su vida, aun dos metros se levantaba temprano e iba a sentarse dentro de su carro que no andaba, a jugar que estaba manejando por calles y autopistas. A veces era muy gracioso como dos metros le gritaba a algún entretenido e imaginario transeúnte que se quitara del medio o se fajaba con inexistentes conductores porque le habían hecho alguna maniobra que no le había gustado. Era gracioso pero triste a la vez, quizás siempre quiso jugar a esto y ahora era que lo podía hacer, se lo tomaba muy en serio, tan en serio que Josef estuvo parado un buen rato a su lado en la ventanilla y dos metros no le hacía caso, había que hacerle la seña del taxista y entonces subir a bordo para poder hablar con él, una vez que fueras su pasajero.

Josef se subió al viaje imaginario y notó con rareza que dos metros seguía conduciendo sin siquiera decir buenos días. Se puso a mirar por la ventanilla un rato como participando del paseo ficticio, pero en realidad aprovechó para hacer algo que nunca hacía, mirar su barrio de arriba a abajo. Tenía la extraña sensación de que un día no lo iba a ver mas, no sabía porque, no pensaba mudarse a ningún sitio, ni esperaba que ningún sitio lo acogiera mejor que esta esquina de 11 y 24 donde había nacido. No se imaginaba en otras tierras, ni siquiera en otra cuadra. Se cansó de mirar a todas las partes posibles y viró de pronto la cabeza hacia dos metros un poco molesto ya de tanto juego.

- ¿Que cojones te pasa dos metros? - Dijo en serio con esa voz que nadie nunca querría oír.
Dos metros hizo el sonido de parquear y apago su motor vocal, sacó las llaves suavemente sin mirar a Josef y se las guardó en el bolsillo, miró al frente con las manos cruzadas sobre el volante como si oteara en la lejanía.
- ¡Na compadre! tu sabes que yo siempre vengo tempranito a "manejar" como a eso de las 6 de la mañana y vino el jefe de sector...
Hubo una pausa en la historia, cualquier frase con el jefe de sector era una mala noticia. El "Jefe de sector" es una especie de lacra social que vive de sobornos, amenazas y extorsiones, uniformado y protegido por el estado.
- Me dijo que el sabía que yo estaba comprando y vendiendo carros contigo, que nos estaban dejando para después meternos por peligrosidad de aquí a unos meses, yo no quiero ir preso otra vez por nada, por eso me puse a buscar trabajo.

Josef cerró los puños con rabia, nunca entendió porque cualquier empresa o habilidad laboral o de negocios en Cuba era penada por la ley. Siempre pensó que su trabajo era honesto y que no le hacía daño a nadie, es mas, para no incurrir en ilegalidades había dejado de chapistear y mecaniquear carros para clientes y solo arreglaba los suyos para revenderlos, comprar carros y revenderlos no era delito, pero si lo era al parecer. Como explicar nada en un sistema de medidas ilógicas. Josef sabía que era ir preso y ya. La Soberbia confesión del Jefe de Sector le había puesto sobreaviso y había marcado el fin de ese negocio. Otros negocios vendrían, era la frase fija en la mente de Josef, otra vez a empezar de nuevo, en otra cosa, pero esta ya se había terminado, por suerte en el momento de este suceso solo tenía dos carros para vender, en otras ocasiones había tenido en negocio hasta 6 carros y un camión al mismo tiempo. Era un buen aviso, a tiempo para otra vez, perderse.

- ¿Que vas a hacer dos metros?
- Tengo guardado un dinero y he comprado bastante cosas de oro, yo ya había pensado que esto no iba a durar mucho, aquí las cosas buenas no duran mucho. He vendido y comprado, vendido y comprado y he ganado bastante con eso del oro. Es mas discreto, si quieres vamos conmigo...
- No, no te preocupes Dos, yo tengo mis reservas, muchas gracias, me alegra saber que tienes mas  "actividades"
- Si, si. Yo he pasado mucho trabajo en mi vida, en la calle y sin llavín no me quedo nunca mas, yo solo necesitaba una primera inversión, un empujoncito y tu me has dado tremendo empujón de verdad, de amigo, todo va a estar bien. Josef... - Jesus miró directamente a la cara de Josef por primera vez en ese día- Prométeme que no vas a pasar trabajo, que no vas a hacer ninguna barbaridad, ya estamos viejos para esas cosas compadre, ¡¡en mi casa tienes tu casa, de mi comida puedes comer cada vez y por el tiempo que haga falta!!
- ¡No va a pasar nada malo negrón! Tu me conoces, yo no soy un delincuente, aunque ellos me hagan delincuente, tu sabes que yo vivo de lo que sé y de mi trabajo.

Se bajaron los dos del carro y se pusieron a mirarlo por fuera. Con solo tocarlo con los dedos se iba cayendo en pedazos y cáscaras, si se presionaba un poco el dedo pasaba al otro lado de la carrocería. El metal del que una vez fue hecho apenas se hacía visible entre tantas capas de pintura, masillas raras, cascarones de plástico y brochazos de varios colores.

-¿Que hacemos con esto Jesús? ¿Vas a aprender a manejar o no?
- No, desármalo y véndelo en piezas o bótalo pa la basura, se que esto no tiene arreglo. Esto no vale ni 50 dólares y ya me he divertido bastante en el, no quiero dejar rastros, desaparece todo este cacharro.
- Mejor aun, Este carro se que el motor le funciona y es muy potente aunque gaste mas que una pipa de gasolina y se esté cayendo a pedazos, me lo voy a llevar a las carreras y voy a apostar una carrera con el, si lo pierdo, ahí lo dejo y que lo desguace otro.
- ¡Buena idea! Yo me voy Josef, no quiero que me vean mas por aquí.

Se dieron un abrazo y Dos metros sin mas, desapareció cuesta arriba por la calle 24 del Vedado.
 En los siguientes días, Josef miraba el carro de dos metros echando de menos verlo ahí jugando en sus viajes imaginarios, haciendo el ruido del motor perfectamente con la boca, entre acelerones y cambios de velocidad, en lo que el batallaba con los clientes para las ventas de sus carros. A veces miraba la loma de 24 pero dos metros no aparecía, no apareció nunca mas. Como mismo un día vino, un día se fue.

El carro de dos metros dio de sí en un par de carreras de la ocho vías, pero esto es parte de otra historia.

Casi dos años después. Josef estaba en la oficina de inmigración en la calle 17 del vedado y se topó con Dos Metros. Se abrazaron y dos metros lloraba de alegría. Sin mas detalles, dos metros se iba a Italia con su mujer. No se sabe nada mas. Seguro que si alguien lo ve en Italia, ese negrón viejo de dos metros con 15 centímetros le parecerá raro, y si ha leído este blog podrá darle saludos y preguntarle por su primer carro, el dodge verde de 1948 que tenía frente a la posada de 11 y 24.

7 de mayo de 2014

Josef y Dos Metros (Cuarta parte) cap 193

Habían pasado los meses y el negocio iba viento en popa. Josef había logrado reunir un team donde cada uno era experto en algo. En el Cerro y Miramar tenía pintores trabajando en sendos carros, en el Vedado, en los bajos de su casa su pequeño y modesto taller de chapistería, en el reparto Finlay un minitaller de mecánica. Entre todos sacaban adelante carros que se vendían a buenos precios y daban ganancias para todos. Con todo funcionando de esa manera podían darse el lujo de quedarse algunos días sin hacer nada, solo esperando que cayeran compradores. Esos días era de pasárselos bromeando sentados en el contén de la acera de la calle 24, junto a los muchachos que tenían su taller de arreglar bicicletas y las poncheras.

Un día de esos, Jesus Dos metros estaba muy callado, cosa rara en él, porque había recuperado un gran sentido del humor y siempre estaba lleno de energías que parecían no agotársele nunca.  Josef se sentó a su lado, a la sombra de una de las tantas matas de boliches que oscurecían esa cuadra y le preguntó que pasaba.

A dos metros le costó comenzar a contar, después de varios rodeos suspiró y mirando hacia arriba dijo en voz muy baja.
- Tiene que haber algo allá arriba, porque yo había soñado que las cosas me iban a ir bien, y estoy contento, pero ayer soñé que tenía un carro, un carro mío para yo hacerle lo que quiera. Me asusto cuando tengo sueños que yo se que no van a pasar, porque entonces me parece que cuando sueño con cosas posibles tampoco van a suceder.
Josef no sabía que responder a eso. Es verdad que entre todos ganaban mas dinero que la media en Cuba, pero un promedio de 300 dólares mensuales limpios para cada parte del team no daba sino para las cuentas básicas que además, cada día se ponían mas difíciles. Se paró de un tirón y se fue caminando hasta el puente de hierro. Le había entrado un poco de tristeza, la verdad, desde que dos metros llegó el negocio se había multiplicado con sus habilidades de negociante y todo el tiempo que le echaba. Los demás del team ya tenían sus carros, o guardaban su dinero para irse de Cuba, dos metros no tenía nada físico real ganado de este negocio, vivía alquilado en una casita en Buena Vista de un solar y su mujer e hija le copaban las cuentas a duras penas. Josef vio saltar un pescado en el medio del río Almendares, recordó que cuando saltaba un pescado era que venía buena suerte, recordó algo mas y apuró el paso rumbo a la puntilla de Miramar.

Por el camino se acordó que hace unos meses uno de sus conocidos corredores de la autopista le había dicho que tenía un carro desahuciado para vender, era un plymouth 46 que nadie quería porque era un modelo extremadamente raro de solo dos plazas. Estaba completamente podrido y habían abusado de el grandemente en las carreras ilegales, en fin, que casi era para tirar a la basura. Pero en Cuba, todo se arregla.
Llegó a solar de la calle 4 y preguntó por el peso. El peso en verdad se llamaba Luis, pero le decían José Martí o el peso, porque era idéntico a la figura de José Martí que sale impresa en los billetes de a uno. Ahí estaba el carro, tirado, olvidado de meses lleno de escombros y telarañas.

El peso salió a saludar a Josef, eran buenos amigos y lo habían pasado mal y bien en tribulaciones anteriores que son tema de otras historias.

-¡Véndeme la cacharra esta!- Dijo Josef entre risas, además de la alegría que siempre le provocaba ver a este amigo de "los viejos tiempos"
- ¡Eso yo no se lo vendo a un amigo, prefiero quemarlo aquí mismo!
- Atiéndeme Martí, no es para mí, es para un amigo que tiene una promesa de tener un carro, da igual el que sea, véndemelo anda.
- No compadre, esa jarra sin asa ya murió, en cualquier momento le saco las piezas.
- Tu sabes que aquí ninguna jarra muere nunca compadre, esta jarra tiene que vivir un poquito mas y darle una alegría a mi amigo.
Luis se quedó pensando un rato, por sus pupilas pasaron las emociones vividas con este cacharro. Carreras perdidas, carreras ganadas, persecuciones de la policía, emociones de todos tipos y colores. Quizás Luís deseaba conservar el carro para cuando su pequeña niñita creciera sentarla adentro y contarle como su padre lograba alimentarla al filo de la cárcel o la muerte en las carreras ilegales de la ocho vías, el anillo de la Habana o la monumental. Acariciaba sin darse cuenta el marco de la puerta oxidado como si se tratase de un mueble de terciopelo, en la cara se le vio la nostalgia y la adrenalina.

- ¡Cuanto tienes?
Josef sacó dólares de su bolsillo, eran muchos billetes de todo tipo, sobre todo billetes de uno. - Tengo 289, lo que falte te lo doy después.
- ¡No! con eso ya estamos echados, me siento que te estoy robando.
- Bueno, remólcamelo hasta la casa y ya estamos en paz.

Al llegar Josef al barrio con semejante armatoste cayéndose en pedazos, Dos metros se quedó boquiabierto. Era raro que Josef se hubiese ido de pronto y mas raro aun que hubiese echo alguna compra sin el, antes de que pudiera suponer nada Josef se bajo y sin desamarrarlo del carro de Luís le dio las llaves a Dos metros - ¡¡este es tu carro!!- le gritó entre risas, Dos metros lo tomó a broma
- Pero esta jarra está destrozada esto no tiene reventa ¿ Para que trajiste esto?
- ¡Porque es tuya coño!... No es para revender. ¡¡Este es tu carro!!
Dos metros se quedó mirando seriamente a Josef, no le gustaba que jugaran con eso. Era muy creyente de los sueños y las premoniciones.
- Josef, no jodas compadre
- ¡Que es tuyo cojones!!
Dos metros se sentó adentro y comenzó a llorar. Lloraba como un niño chiquito y trataba de hablar pero no podía, o no se le entendía nada. El resto del barrio miraba la escena en silencio y con respeto. Dos metros se secaba con la camisa pero salían mas lágrimas - ¡el mejor carro del mundo!- era lo único que se le entendía a cada rato. Todos los demás se retiraron discretamente para dejar a Dos metros solo dentro de su carro. No salió esa tarde, ni esa noche. Se quedó a dormir dentro de su carro aunque a duras penas cabía dentro de el. Al otro día Igor le llevó un batido de mamey y un pan con croqueta. Dos metros se lo desayunó en un santiamén desperado por estar en su carro. Al igual que los niños pequeños movía el timón y hacía el ruido del motor con la boca. Así estuvo por horas. En su imaginación quizás veía paisajes, playas o montes. Tantas horas estuvo así que ya debía haber recorrido cientos de kilómetros imaginarios. Josef se le acercó a la ventana.
- Vamos a arreglarlo para que camine.
- ¡No! - dijo dos metros explosivamente - No quiero que camine, yo no se manejar y tampoco quiero aprender a manejar, yo solo tenía que tener un carro y este es. No gastes mas. Ya soy feliz, con solo sentarme aquí a jugar.


A josef le pareció raro como Dos metros estaba convertido de pronto en niño pequeño, arrancó otra vez  su motor de ruidos vocales y se alejó en la imaginación de sus sueños. Josef lo veía como se ponía cada vez mas pequeño en su fe, porque se alejaba sueños adentro. Ese fue uno de los tantos días felices de aquella época. El día que Dos metros tuvo el carro de sus sueños por primera vez.

2 de mayo de 2014

Josef y Dos Metros (Tercera parte) cap 193

Dos Metros como de costumbre venía bajando la loma de la calle 24 entre 13 y 11 con un tumbao que se reconocía  a la legua. Esta vez venía acompañado. Al llegar presentó con gran orgullo a su mujer, una negra tan linda que parecía modelo, vestía elegantemente ese tipo de ropa que algunos llamaban hippie a lo Janis Joplin, con un corte de pelo muy bajito a lo espendru y sonreía a todos, asombrada que fuera verdad que Jesús Dos Metros se ganara la vida trabajando para algo. Dos Metros le enseñaba con orgullo los carros que ya habían comprado y cómo el estaba aprendiendo a hacer tapicería y algo de electricidad. Mas tarde, ella se fue a casa y dos metros quedó listo para otra incursión de compra de carros con una alegría desbordante y saltarina. Parecía un muchacho de 13 años que comenzaba las vacaciones escolares ese día.

Se subieron como cada semana al Buick convertible y arrancaron a algún lugar de la lista que había traído Dos Metros hacía unos meses en su extensa caminata por toda La Habana. Los momentos de ir paseando por la ciudad en un convertible eran inolvidables. La Habana siempre se presta para la fotogenia y la admiración. Por muy destrozadas que estuvieran sus calles, siempre había algo que mirar, que comentar. Era como estar viendo a los lados del antiguo carro, una película de ficción metida en varias épocas a la vez. Este viaje era siempre inolvidable y cuando se apagaba el motor del carro llegado a su fin, se notaban las caras tristes.

Buick Special 1952
Jesus miraba el carro por dentro como si nunca hubiera visto o montado en uno. Tocaba cada botón y sonreía a cada detalle, después miró a Josef y sin dejar de tocar cada cosa preguntó.
- ¿Desde cuando tienes este carro?
- Desde siempre.. bueno, desde el 90 mas o menos, es el único que no he podido vender por todos los defectos que tiene.
-¿Que defectos tiene?
- Gasta mucho, tiene un motor ocho en línea, bastante raro, además que hace como 4 kilómetros por litro, si no lo aceleras mucho, no tiene techo y no se hacérselo y ya sabes lo de los papeles.
Lo de los papeles se refería a que el dueño de ese carro había fallecido, Josef se lo había comprado muy barato a una tercera persona y el hijo del dueño fallecido pretendía recuperar el carro de su difunto padre por las malas aunque este lo hubiera vendido en vida. Josef compró otro carro igual pero en tan malas condiciones que solo servían los papeles y la chapa y con eso había cambiado la identidad de ese carro, pero esto es parte de otra historia.
-¿Y si lo cambias por uno que puedas vender?
-¿Quien va a querer este carro Jesus? Fíjate que por cada vuelta que damos nos gastamos como 20 litros de gasolina.
-¿Pero no se le rompe nada nunca verdad? ¿A que te lo negocio por otro carro!
- No, eso es imposible. Eso si, nunca falla. Lo arreglé meticulosamente todo, de tanto tiempo que llevo con el y es el carro mas confiable que he visto jamás. Todo le funciona, luces, frenos perfectos todo. Pero se que nadie va a querer este carro...
-¡Para ahí! Gritó Jesús y Josef se detuvo pensando en un posible accidente. Jesús Dos metros salió casi con el carro andando y se dirigió a la acera de enfrente, por donde iban, por la calle 24 entre 25 y 27. Ahí había un sujeto con un carro con el capó abierto, lleno de grasa y pedazos de cables en las manos. Dos metros se acercó como un ciclón gesticulando y hablando con la persona dueña del carro averiado como si lo conociera de toda la vida.

- ¡Compadre! ¡Cada vez que paso por aquí te veo con el capó abierto y cacharreando esta bactavia! ¡Que le pasa a tu carro siempre asere?
El dueño miró a Jesús con una mirada compasiva como si hubiera estado esperando por años a alguien a quien confesarse. En pocos segundos se convirtió en un mar de palabras desesperadas.
- ¡Compadre este carro es una mierda! ¡cuando no es una cosa es otra! ¡me tiene loco! ¡me he gastado mas de diez mil pesos en mecánicos!¡Nadie me arregla esto! ¡Ahora me cogieron candela los cables! ¡me tiene hasta el culo este carro, me tiene jodido, mi mujer me va a botar, no hay vez que salgamos que no nos deje botados cojones!! ¡Ya no se si darle candela o que! ¡ahora mira esto! - Le mostraba los cables quemados y cortados agitándolos en las manos como si fuera un crimen de guerra y dos metros fuera el responsable. Josef observaba curioso desde la otra acera y se preguntaba que estaría haciendo dos metros.

- ¡Ustedes son mecánicos? pregunto el desesperado dueño que ya se había presentado como David.
- ¡Si! - contestó Jesús con determinación como si estuviera haciendo un exorcismo, David le agarró de la camisa.
- ¡Arréglenme este carro coño! ¡yo tengo dinero! ¡pero que no se me rompa mas cojones!
Josef seguía observando la rara escena en silencio. Cada vez le extrañaba mas el rumbo que tomaban las cosas. Dos metros sabía de sobra que ellos no le arreglaban carros a nadie porque tenían a la policía y los inspectores encima queriéndoles sacar dinero en sobornos y la defensa de Josef era que arreglaba su propios carros, no los de nadie. Estaba a punto de decirle a Jesús que cortara ese performance, que podía perjudicarlos si David se declaraba cliente o iba a su casa a buscar algún servicio de mecánica.

Hubo un silencio raro. La cara solidaria y triste de Dos metros se fue tornando suavemente en una sonrisa. David se quedó atónito mirándolo sin saber que mas decir en su ayuda. Jesús levantó un dedo hacia arriba y dijo con voz ya calmada.
- ¡No te arreglamos ese carro, te ofrecemos algo mejor!- Señaló al buick que estaba en la otra acera con Josef esperando- Te lo cambiamos por un carro impecable que nunca se rompe- Gritaba cada vez más como para ser oído en la distancia-  y que todo le funciona a la perfección, restaurado a mano por Josef que aquí todo el mundo lo conoce que es el mejor mecánico y por eso no trabaja para nadie, porque nadie puede pagar su trabajo, ¡¡solo trabaja para si mismo!!
David asentía a todo pero no sabía ni quien era Josef ni nada de nada, eso si, tiró los cables y las herramientas al piso y cruzó la calle corriendo a ver el buick. Se asomó adentro como un niño en una vidriera de juguetes y pregunto a Josef casi con los ojos aguados.
-¿Verdad que funciona y no se rompe?
Josef se bajó sin decir palabra alguna y le dio la llave a David. Este se sentó dentro y sin preocuparle dejar su carro abierto con todas sus herramientas y pertenencias a unos extraños arrancó con el buick, dobló la esquina y su cara se iba tornando de felicidad. Josef se paró enfrente con Jesus Dos metros.
- Negrón! si esto funciona partiste el bate! pero hay que decirle lo que gasta ese carro.
- No hay que decirle ná- contestó dos metros orgulloso de controlar la situación - todos los almendrones gastan, que mas da un poco menos o un poco mas. Lo que el hombre quiere es que no se le rompa y sabes que eso no va a suceder ni aunque lo quiera romper a propósito y este DODGE lo podemos vender enseguida.

Dodge 1948
Josef se calló la boca. Se alegró por el día en que conoció a dos metros. Era bueno, era bueno en todo lo que se ponía a hacer. Nunca le preguntó porque estuvo preso tanto tiempo y eso fue un mito para siempre. Pero era honesto y sabía hacer cualquier trabajo que se propusiera. Josef estaba orgulloso del desahuciado por la sociedad Jesús conocido por dos metros.

Al rato volvió David con el buick ¡ Me quedo con el! dame los papeles y llévate el cacharro coñoesumadre ese para siempre. Cambiaron las pertenencias y documentaciones de los carros. Josef hizo dos o tres conexiones eléctricas en el DODGE suficientes para que arrancara. Al alejarse, en la esquina Josef y Jesús arrancaron a gritar y reír explosivamente.
-¡¡Viste!!- decía Jesús celebrando haber ganado una apuesta que nunca existió
Volvieron a casa. Esta vez habían pescado negocio sin ir  a muchos kilómetros. El dodge estaba listo para la venta en poco tiempo por 1700 dólares. Su "pequeño" motor de 6 cilindros superaba en economía al bestial ocho en linea del Buick y los papeles estaban en regla real. Josef le regaló a Jesus 300 dólares, además de lo que le pagaba habitualmente. Eso si, a cada rato pensaba seriamente que se había ido para siempre su primer carro. Aquel carro que había comprado cuando aun no sabía de mecánica ni chapistería. Aquel carro que compró hecho piezas para impresionar a Sandra, aquel amor de su vida que ya no existía pero que lo había hecho salir de su vida acuática de pescador y hombre anfibio. Josef sintió como se iban las cosas, como dejaban cambios para siempre pero se iban, seguían su camino. -Hora de seguir adelante- Se dijo a si mismo y cogió sus herramientas a ver que le deparaba hoy la vida terrestre en la que ya se estaba adaptando.


Interior DODGE 1948