25 de enero de 2015

Josef y el Pasta (Cap 203 parte 04)

La carretera era cada vez mas oscura y llena de baches. A pesar de la gran suspensión oléoneumatica del Buick Roadmaster del 1953, a cada rato se sentían estrechonazos que parecía que iban a partir toda la carrocería. Josef seguía conduciendo en lo que el Pasta contaba una y otra vez el dinero que le habían cedido los tipos hostiles que estaban en la iglesia de Río Verde. Josef no quería mirar hacia atrás pero le carcomía la curiosidad de no haber visto a su extraño pasajero. Este tampoco decía una palabra, así que llegó con la incertidumbre hasta el sitio de las carreras en el conocido y a la vez abandonado cine La novia del mediodía.

El sitio olía profundamente a humo y gomas quemadas, allá y acullá varias motos hacían competencias de levantar gomas o quemar acelerando con la rueda delantera frenada. A cado rato, como si de un aterrizaje se tratara, varios carros bufaban frenando después de una carrera seguida de una especie de feria de discusiones violentas, gritos, humo a través de luces halógenas y motores acelerando. Aquella zona era un planeta nuevo para Josef, todos marginados, Todos huyendo de algo o de alguien. Jugándose la vida por placer o por un poco de dinero. Quizás por primera vez en la vida Josef se sintió a gusto en la tierra.
El Pasta se tiró casi antes que parara el carro para hablar con los apostadores. Josef una vez detuvo el Buick en la hierba en un sitio al parecer seguro, se volteó completamente en el asiento para matar su curiosidad. En el contraluz vio alguien con el pelo largo y muy desordenado. Ese alguien desde la oscuridad le sonrió y mostró una sonrisa especial que cambiaba todas las cosas del día, de ese tipo de sonrisas que compra todo lo demás sin decir mas. Josef se bajó del carro algo asustado y fue donde el Pasta, halándolo de la manga como si fuera un niño pequeño.

- Pasta!..Pasta!!..... hay una mujer en el carro!....¿Quien es?.. ¿Quien es? ¿Quien es?
- ¡¡Ya chico!!- El Pasta sacudió a Josef como si fuera una mosca molesta - Que estoy cuadrando la apuesta compadre! ¡Compórtate!
- ¿Pero quien es? ¿Quien es?  ¿Porqué está ahí con nosotros?
El Pasta separó a Josef de los apostadores y lo llevó a una esquina, lo agarró por el cuello de la camisa visiblemente asustado, cosa rara, porque el Pasta era lo más lacónico que había visto Josef en su vida.
- ¡Atiéndeme pesca! Si fallamos aquí nos van a llenar de huecos por tos laos, y los que ya tenemos nos lo van a hacer mas grandes, no se puede estar comiendo mierda chico! ¡Ponte pa esto!
- ¡Pasta que pinga eh! ¡To este lío te estás metiendo tu solo, yo bien que te dije que no!
- ¡Si pero ya no podemos echarnos patrás! Acabo de apostar 10 000 pesos que nos prestó Arcadio!
- ¡Quien cojones es Arcadio, Pasta? Susurró Josef ya un poco molesto por tanta seriedad.
- ¡¡El guajiro singao ese que estaba en la iglesia!! ¡¡tu no ve que esa gente nos mata y no nos paga!!
Josef intentó retirarse visiblemente molesto por el cambio de energías que estaba teniendo la cosa. El Pasta lo sostuvo por última vez. - ¡Y la mujer esa que está en el carro, es la mujer de Arcadio! ¡¡Así que delante de ella ni múu!! La mandó pacá con nosotros para que viera el resultado de las apuestas y le tenemos que dar el dinero a ella! ¡ 15 000 baros sonantes y 5000 pa nosotros, si todo sale bien!
- ¿Y Si no, Pasta?
- ¿Si no?- El Pasta quedó un rato pensativo - Vamos a tener que tirarla por ahí en una cuneta y desaparecernos de Cuba pa siempre.

Josef volvió alicaído al carro. La misteriosa mujer seguía sentada en silencio en el asiento trasero refugiada en la oscuridad. Ya Josef no estaba disfrutando la emoción de la aventura que le venía encima, ya todo estaba tan serio y peligroso que no era interesante. No estaba teniendo ninguna diferencia con su vida marina tan seria y peligrosa que decidió dejarla de una vez, pero parece que en todos los sitios se cuecen habas y en todos los planetas hay que sufrir por todo.

Se sentó en el asiento del chofer y recostó su cabeza al timón como si estuviera exhausto. Miró hacia atrás de pronto y vio esa sonrisa mágica otra vez. Josef decidió no respetar nada. No se deben respetar las cosas que amenazan, las cosas que dan miedo, las cosas violentas. Nunca se debe respetar el terror o la agresividad. Eran las normas automáticas de Josef, solo respetaba la sabiduría, la amistad y las buenas energías. Todo lo demás formaba parte de un mundo al que Josef no pidió venir y por tanto no merecía respeto, así que decidió intentar hablar con esa persona que probablemente en media hora después estaría siendo empujada por ahí en un callejón o cañaveral cualquiera antes de comenzar la huida interminable.

- ¿Como te llamas?
- Clementine ¿y tu?
- Josef...
- ¿Y porque te dice pesca?
Josef se centraba cada vez más en la sonrisa. Era como una especie de encanto de sirena. De esas sirenas que estuvo por años esperando en las costas de niño. Comenzó a sentir cierto embrujo delicioso en el tono de la voz. A cada rato las luces de los carros lejanos en sus carreras iluminaban por el cristal trasero del Buick una gran masa de pelos negros rebeldes y desordenados. Para ser la mujer de un pseudo mafioso agresivo, no parecía muy gánster, al contrario, daba impresión de ser alguien encantador, alguien que atraía por todas las esquinas de sus energías. Josef se sintió un poco poseído y se asustó. Volvió rápidamente la mirada hacia alante y puso las manos en el timón.
- Me dicen pesca porque era pescador
- ¿Si todo sale mal me van a matar verdad? - creo que mi marido quiere que me maten..
- ¡No! Ni yo ni el pasta somos de esa gente...- Josef recordó a Habana del mar, la maldijo un poco y como siempre, pensó que de no ser por sus desapariciones el no estaría de nuevo metido en líos como este.
Decidió jugar con todo, ya estaba ahí, así que lo mejor sería si algo malo iba a pasar, que fuera con algo de risa. El irrespeto a veces llenaba la vacía copa de la mala suerte en muchos pasajes de su vida.
- Clementine... si todo sale mal huimos tu y yo. Yo conozco lugares muy cerca del mar donde nadie nunca nos encontraría. - Clementine comenzó a reír a carcajadas, Josef se sintió tan bien como nunca. Si era capaz de, a pesar de ser un renunciado de la vida terrestre, un lacónico antipático y un solitario, si era capaz de hacer reír a alguien ya las cosas no estaban tan mal. Josef también soltó unas risas y Clementine no paraba, en eso blandió un revólver niquelado en el aire entre risas diciendo- ¡y si nos encuentran nos defendemos con esto!- Josef se asustó otro poco, pero siguió riendo. La situación no podría ser más surrealista, volvía a preguntarse cómo había llegado a hasta ese punto de su vida.


El pasta dió unos manotazos de pronto en la puerta del conductor. Josef no lo vio venir.
- ¡¡Dale!!- dijo mirándolos a los dios a regañadientes como un profesor muy molesto - ¡¡Dale cojone!! ponte ahí al lado del chevrolet verde ese! cuando tiren la bengala pal piso arranca que singa porí pallá!!!
- ¡Dale vamos Pasta!
- No no, vamo ni pinga, tu eres el chofer, yo soy el apostador, yo me quedo aquí
- ¡Pasta!

- ¡Pasta ni pinga! dale, que yo no me meto en cosas peligrosas! - Clementine echó a reír a carcajadas de nuevo y repetía burlándose del Pasta - no me meto en cosas peligrosas no me meto en peligros!! ¡Dale! ¡Voy contigo! Clementine se pasó para el asiento del copiloto y Josef estaba aturdido, el Pasta pateaba el suelo molesto, pero no dejaba de contar dineros y más bultos de dineros de un bolsillo a otro, los demás apostadores ya se hacían a un lado y dejaron ver una fila a todo lo ancho de la carretera de carros americanos de los 50s, acelerando, bufando, echando humos por todas partes que tomaban formas fantasmagóricas entre los haces de luces delanteras que apuntaban a una carretera a punto de ser quemada por unos abuelos rodantes.

17 de enero de 2015

Josef y el Pasta (Cap 203 parte 03)

Consiguieron todos los tanques plásticos posibles para llenar el inmenso maletero del Buick con reservas de gasolina. Una vez se había desperezado, era realmente una seda de carro aunque con semejante carga, mas bien podría convertirse en cualquier momento en una bomba incendiaria incontrolable. Amortiguaba cada bache con la suavidad de un colchón de plumas. Después de unas cuantas horas de retoques ya el carro revivido, encendía las luces y frenaba medianamente bien. Ya casi eran las doce de la noche cuando con toda tensión el pasta y Josef como dos marineros abandonados a su suerte cogieron los oscuros pasajes del bosque de la Habana para evitar la avenida 26 que siempre estaba bastante transitada por policías y autoridades. Salieron por la calle 51 y pusieron rumbo oeste, hasta que callejeando cruzaron Boyeros por uno de sus entronques y llegaron a un pueblo llamado Río Verde por unos terraplenes casi intransitables que hacían de carreteras de acceso a dicho pueblo. 
En el pueblo había una peste atroz y el pasta aclaró que era por una fábrica de acetileno, gas combustible para soldaduras que se hacía a través de la reacción de un mineral llamado carburo al reaccionar con agua. Josef lo miraba incrédulo y preguntándose cómo había ido a parar a semejante situación. Se miraba a sí mismo preguntándose todo el tiempo si esto era lo que le tenía reservado el destino por intentar ser terrestre y normal como los demás humanos.

 Se acercaron al medio del pueblo donde había bastantes luces y actividad. Abundaban las pipas de cerveza y la música, con unos altavoces que herían la sensibilidad de los oídos mas cavernícolas. Muy despacio, Josef fue guiando la mole roja entre la gente ebria, los moteros descolocados haciendo piruetas peligrosas y arriesgados bailarines con mezcla de juglares que dejaban todo su arte en medio de la calle principal. A una indicación del Pasta Josef parqueó al lado del parque central del poblado que tenía una pequeña iglesia. 
 La iglesia, pintada de amarilla crema, dejaba subir por sus paredes un moho atrevido y vívido que dibujaba banderas entre los restos de repellos y los ladrillos vistos. El herrumbre de sus rejas podía saborearse en la atmósfera al acercarse a ella. También había mucho olor a tabaco y marihuana. 
El pasta se abotonó la camisa hasta el cuello y le hizo una seña a Josef de que pasara con el, varias personas que bloqueaban la entrada a la iglesia se hicieron a un lado con muy mala cara y las manos escondidas en bolsillos, Josef lo siguió a ciegas sin preguntar nada, esta noche prometía ser larga y llena de aventuras. Adentro en los bancos varios hombres de mediana edad, vestidos con ropa blanca, contaban paquetes y paquetes de dinero. Apenas vieron al pasta dejaron de contar y se pararon bruscamente, el Pasta puso sus dos manos al frente como si tratara de detener un tren inminente. 

 - Ehhhhh!! ¡¡Que este es el pesca!! ¡¡es mi socio de confianza!! 

Josef quedó sin inmutarse, ya se había muerto varias veces, ya había estado en problemas mayores que los que unos guajiros de un pueblo borrado del mapa pudieran darle. Cruzó los brazos con desdén, dio dos pasos hacia atrás y puso cara de aburrimiento. El pasta sacó un paquete de billetes de su bolsillo y lo extendió donde uno de los de blanco. Al lado de Josef se pararon dos de los hombres con cara de peligrosos, pero eran medio metro por debajo de Josef en estatura, por lo que parecía que Josef había sacado a pasear a dos niños con mala cara y malas pulgas. 

 - ¡Aquí está todo! - Dijo el pasta firmemente con una mezcla de orgullo y miedo - La vendí toda, pero no saqué mucho, no era de buena calidad. 
El guajiro que parecía más mayor o al menos tenía pinta de líder, dio varios pasos acelerados hasta que se plantó agresivamente y le habló en la cara al pasta casi escupiéndole. 
- ¿Me estás diciendo que mi María es una mierda! ¿Es lo que acabas de decir! 
- Si, dijo el pasta como si hablara con un amiguito de su escuela, restándole importancia a la situación que quizás podría tornarse peligrosa y a la clara vocación matonista de los allí presentes. 
- ¡Tu tienes cojones Enrique!! ¡Tienes cojones de venir aquí a decirme que yo vendo mierda, pero me has traído mi dinero y eso merece respeto. Vamos a terminar esto. ¿Te vas a llevar mas? 
- ¡No! y si me llevo, no la voy a pagar! 

Josef comenzó a calcular las vías de escape, a mirar alrededor midiendo ventanas, puertas y distancias. Sabía que el pasta estaba loco, pero no que era suicida. Más adelante comprobaría que esto que estaba pasando era un simple juego de niños, el pasta era un condenado suicida profesional. 

 - ¡¡Adonde cojones quieres llegar Enrique!! ¡Pal cementerio de la Lisa?? Ahí yo tengo mis terrenos, tu no sabes cuanta gente así comepinga como tu tengo enterrada ahí!! 

El pasta seguía sin inmutarse, ladeaba la cabeza como si examinara con curiosidad el comportamiento de un mono de laboratorio. El sujeto se viró para Josef. - ¿Y a ti que pinga te pasa? Eres el guardaespaldas o que cojones? 
Josef levantó un dedo como si pidiera permiso en un aula de preescolar - Yo solo soy el chofer señor, no se que pasa aquí y no tengo nada que ver con lo que esté pasando aquí. Las miradas se tornaron al unísono para el Pasta de nuevo. - ¿Que cojones pasa aquí Enrique!! Nos traíste la policía o algo?? 

- Cálmense niñas - dijo el pasta cavando su propia tumba con el mismo ánimo que un niño rompe una piñata de cumpleaños -Me llevo mas maría, pero te la voy a pagar con una apuesta - El pasta señaló orgulloso a Josef - traje chofer y traje carro para correr- Los guajiros se relajaron un poco, la hostilidad y la tensión fue cediendo a medida que iban apareciendo cifras - Tengo 3000 pesos, voy a apostar a mi mismo con los negros y mi carro y mi chofe es de confianza. Ese mastodonte está feo pero nunca ha sido toreado. está como nuevo en las tripas.

 Los guajiros salieron a ver el carro. Con mala cara aceptaron un trato de dejarlos correr en unas carreras que controlaban en las carreteras nocturnas del anillo de La Habana, el parque Lennin y Calabazar, a cambio de unos paquetes de Marihuana. Josef en cuanto pudo se metió al carro y arrancó el motor. El Pasta ultimó los detalles financieros y también se montó de copiloto. Josef sintió extrañado que atrás se montaba otra persona pero el carro no tenía espejo interior para mirar quien era ¿Que me puede pasar,? se repetía Josef una y otra vez esbozando una sonrisa de burla con aquella situación en la que lo habían metido. Total, repetía su frase favorita - Yo no quiero vivir tanto.

7 de diciembre de 2014

Josef y el Pasta (Cap 203 parte 02)

Cuando se abrió el gran portón de madera Josef esperaba ver una casa de familia pero nada mas lejos de eso, era como un pasillo de losas coloniales muy coloridas, rotas la mayoría, con ropas tendidas, cortinas de sacos de azúcar y muchas puertas y divisiones. Josef contó mas o menos unas doce familias de todo tipo dentro del recinto. En uno de los cuartos el pasta pasó sin avisar y Josef se quedó atrás. El olor a humedad, moho y excrementos de animales era bastante agresivo, por uno de los cuartos se oía el sonido de un cerdo protestando quizás por comida, sin saber el terrible destino que le esperaba. La luz era de ese tipo de bombillos que ya nadie casi usa, amarillenta, que el cable se llena de moscas y se balancean a la menor brisa creando juegos de sombras espeluznantes con cualquier figura donde se cebe su entorno depresivo. El pasta salió de nuevo, haló a Josef por la camisa dentro del diminuto sitio donde dormían varios niños en una misma cama.

-Uva! El socio se llama Uva!- gritaba el pasta tratando de sobresalir del ruido de la ciudadela. Josef le extendió la mano. El señor Uva era una especie de indocubano mayor, pero visiblemente fuerte y con unas manos muy torpes y manchadas de grasa antigua, como esos mecánicos que siempre se les quedan las huellas en los dedos, sin embargo vestía impecablemente limpio y planchado, la camisa azul clara tenía unos filos que denotaban que quizás el señor Uva en su pasado había tenido educación militar.
- Vengan para que vean el carro- salió disparado por el pasillo lleno de habitantes curiosos y oscuros, Josef y el Pasta apuraron el paso para no quedarse perdidos en semejante laberinto.
Salieron a una especie de patio lleno de escombros y ahí vieron lo que quedaba de un buick roadmaster de 1953, sin aire en las gomas y con tantas capas de suciedad que para verle el color había que hacerle un trabajo arqueológico. Uva regresó corriendo a buscar una batería, Josef a duras penas logró abrirle el capot, donde descansaba un motor V8 no menos sucio que el resto, incluso al moverlo se vieron salir despavoridas algunas alimañas de sus conductos.


-Este carro me trajo a mi de oriente- Decía Uva en lo que forcejeaba con una gran batería de camión. Josef y el Pasta lo miraban atentos como si la situación no tuviera remedio.
- Lo que gasta mucho, yo pensaba botear con el pero se mete casi dos litros por cuadra. Eso si! hasta que llegó aquí, le eché luzbrillante, disolvente, nafta, petróleo y cualquier cosa que fuera inflamable ¡Lo quema todo! y camina sin chistar.
Josef separó al pasta a un lado y le habló bajito al oído.
- ¿Que mierda es esta Pasta? ¿Tu quieres que me mate? ¡Vámonos de aquí, no gastes el dinero en esto!- El pasta lo separó mas aun, visiblemente emocionado - ¡¡No me jodas pesca!! Que esperabas ¿Un Masseratti! ¡¡Esta es la oportunidad, este carro está perfecto!!
- ¡Como cojones perfecto pasta? ¿Tu has visto bien esta mierda? ¡Va a matar a alguien cuando empiece a soltar pedazos!!
- ¡Pesca cojones! este cacharro camina como un toro pero es mejor que esté así to escojonao, nadie conoce este carro, nadie te conoce a ti, van a pensar que eres un perdedor de mierda que llegó de último a las carreras sin saber nada. Cuando pinches la mula le vas a dar tubo a todo el mundo y vamos a ganar las apuestas, eso un par de veces hasta que reconozcan que esto es un león tusao y ya no nos dejen correr mas.
En lo que se llevaba a cabo esta discusión ya el motor del buick estaba roncando como un gatico, la verdad es que se oía perfecto. Ese motor al ser tan poco o nada económico, a lo largo de su vida, nadie había querido usarlo por mucho tiempo y el carro había pasado de mano en mano sin hacer muchos kilómetros hasta que cayó en la desgracia que su último dueño se fue del país. Cuando esto pasaba los caros morían porque el sistema burocrático de Cuba exigía la presencia del dueño para hacer cualquier modificación en la propiedad de cada vehículo.

Uva movió un poco el carro hacia alante y atrás y se apagó el motor bruscamente al terminar la poca gasolina que le habían puesto directo al carburador en un pomo de coca cola de dos litros. Los tic tacs de de las contracciones metálicas se escuchaban como si algo estuviera marcando el tiempo de hacer algo. El pasta sacó el dinero y lo blandió delante de Uva
-¡Me lo llevo Uva dame los papeles!
- ¡Que papeles si te dije que no tenía papeles! no me jodas ahora pasta! Si te lo llevas, cuando salgas de este patio es a tu propio riesgo, si te lo quita la policía allá tu, yo no puedo hacer nada!
- ¡¡Arranca Josef!! gritó el Pasta como si estuviera capitaneando un barco pirata. Josef se sentó al timón, no sabía si reírse o preocuparse si lo paraba la policía en la próxima esquina, pero se recalcó que esto era un capricho estúpido del Pasta y que el no perdía absolutamente nada.

Arrancaron y de verdad que el carro se sentía extremadamente potente. desde la puntilla hasta el barrio de Josef se gastó casi cuatro litros que el pasta había comprado, el motor rugía perfecto a pesar de ser un dragón hambriento e hiriente con el bolsillo Dentro del carro comenzaron a salir algunos brillos de piezas niqueladas oxidadas, un radio que ocupaba casi todo el centro de la pizarra empezó a dejar caer su estática como sobreviviendo. Cuando llegaron, el pasta sin mas cogió un martillo y comenzó a darle martillazos al carro por donde quiera que podía.

- ¡¡Porque haces eso Pasta!!- gritó Josef alarmado a la vez que intentaba quitarle el martillo de las manos.
-¡¡Este carro tiene que lucir lo mas descojonado posible!! Esta es mi oportunidad de irme pa España, esta misma noche nos vamos a correrlo!!

Josef se retiró sin decir mas. Dejó al pasta y su locura ante las miradas atónitas de los demás vecinos de 11 y 24, fue a prepararse psicológicamente para la descabellada aventura que le reservaba esa noche.





Josef y el Pasta (Cap 203 parte 01)

Lo primero necesario para conservar una vida sana es una lista de sueños. Josef los había perdido. Se fue hasta los alrededores del puente de hierro donde yacía en el fondo del río Almendares el velero de su padre. Siempre quiso navegar a vela pero el sistema se lo prohibía. El sistema dificultaba tantas cosas que la mayoría de la gente normal terminó culpándolo de todo lo malo. Muchas veces las personas no movían ni un dedo por un objetivo con la simple frase de "Aquí no se puede hacer eso" Josef estaba fuera del sistema. Al igual que las matemáticas, lo que el no veía la utilidad, le entraba por un oído y le salía por otro. Por eso nunca resolvió nada ni con el sistema ni con las matemáticas.

Caminó un rato por el barrio en busca de aventuras. algo que lo sacara de la depresión realimentada de haber perdido por una vez mas a Habana del Mar. El barrio estaba lleno de extraños seres en conflictos propios trágicos y risibles. Era un barrio raro tapizado de árboles raros que la mayoría de la gente esquivaba pasar. Cada ente de ese barrio tenía una historia propia para contar. Uno podía pasar días enteros al caminar de una esquina a la otra oyendo historias raras de los habitantes del micromundo de Josef.

Esta vez Josef se cruzó con El Pasta, conocido en algunos círculos como Richard Gere por su parecido con el actor. El pasta como siempre sacó una retahíla de papeles y explicó, una vez mas, que su padre era español y que el lo iba a encontrar algún día, que se iría a España y sería rico con su arte. Se dedicaba a cortar cristales y hacer vitrales y sonajeros. Josef lo escuchó asintiendo como cientos de veces anteriores que hacía la misma historia. Josef pensaba que había mucha gente en este mundo que deseaba ser escuchada y a el no le costaba nada prestarle oídos por unos 30 minutos mas o menos que duraba el sueño ilustrado del pasta.

Cuando terminó, sin hacer pausa entre el capitulo y la siguiente idea el pasta le soltó varias preguntas.

- ¿Pesca tu sabes manejar carros?
- Si ¿Porqué? - Josef había aprendido a manejar desde pequeño con los carros de su padre.
- Tengo un negocito ahí... - Esa frase era símbolo de meterse en problemas, caer preso o con buen tiempo perder dinero o bienes en alguna descabellada operación comercial con personas de mundos parecidos o peores a los que habitaba Josef.

Josef estuvo un rato en silencio midiendo al pasta. Siempre esquivaba esas cosas pero, ¿Que podía perder ahora? No tenía nada, no le quedaba nada. Sentarse en el barrio a maldecir el sistema no era el estilo de Josef, "hacer un negocito" se parecía mas a defenderse un poco de la minusvalía impuesta por el entorno y el momento. Hacer un negocito era una aventura o por lo menos podía sacarlo de la deprimente situación en que se encontraba.

- ¿A ver que es Pasta?
- Unas carreras de carros... pensé en tí porque tu sabes arreglar carros y eso.
- Cuéntame mas.
El Pasta se acomodó en las raíces del árbol de la esquina. Se tomó un tiempo para empezar como si fuera  develar el gran secreto del siglo. Le echó un par de bocanadas a su cigarro y lo tiró chasqueando los dedos al medio de la calle. Lo estuvo mirando un rato antes de coger aire.

- Aquí hay mucho dinero pesca, si se hace bien se gana mucho, pero hay que estar piano porque te meten un tiro también.
- Pasta! Pero es correr carros o asaltar un banco, como coño te van a meter un tiro.
-Mira pesca, yo tengo una luz y confío en ti.

Otra pausa mas larga aun. Josef atento como si no quisiera perderse nada de esa fantástica y rara película que estaba presenciando.

- Hay un bárbaro ahí que tiene un carro en 500 fulas pero nadie se lo quiere comprar y yo tengo el dinero, pero el problema es que el carro está enmojonao completo por dos cosas y por eso nadie lo quiere. Primero el dueño se fue del país, ósea que no hay traspaso y segundo tiene un motor de chevrolet corvette que gasta un cojón y eso tampoco nadie lo quiere, ese carro nada mas sirve para echar dos carreras y quemarlo o botarlo pal carajo después que se le saquen unos mil dólares.
Josef no dudó ni un segundo, no iba a invertir nada, solo manejar. El Pasta como siempre se arriesgaría a tamaña empresa y además estaba acostumbrado a perder. El Pasta padecía de una diabetes avanzada y peligrosa que le hacía perder el conocimiento a cada rato y por eso temía manejar. Tampoco podía acelerarse mucho, andaba aun ritmo pastoso, hablaba despacio y apenas gesticulaba o movía los miembros. Por eso le decían el pasta.
- ¡Dale..hecho!!
- ¡¡Vamos a buscar el carro!!

El pasta arrancó a caminar con una decisión impresionante, Josef lo siguió incrédulo y a media risa de lo que venía mas adelante. Cruzaron el puente de hierro hasta que llegaron a las márgenes oeste del río Almendares en el barrio de Miramar, zona conocida como la puntilla, ahí tocó la puerta en una de las desvencijadas casas coloniales de puntal alto y columnas, otrora casa de lujo extremo de nacientes millonarios de la pseudo república cubana.

17 de noviembre de 2014

Josef pescador (Cap 202)



Vio como se alejaba para siempre aquel carro que lo había acercado hasta el Vedado. Siempre le daba tristeza  cuando conocía a alguien que le provocaba tejer una historia para su futuro sin mas. La muchacha y su familia que lo habían salvado de tan desagradable altercado con las embrutecidas autoridades, en poco tiempo llegaron muy profundo dentro de Josef, pero en ese mismo poco tiempo habían desaparecido entre gases de escapes y hollín de la calle línea y 18. Josef había olvidado su nombre o no sabía si lo había preguntado.
Caminó despacio engullendo los mismos olores de barrio. Olor putrefacto de basuras en las esquinas, olor descompuesto de río, de óxidos, hojas húmedas acumuladas en los árboles, olor de ropa lavada con jabón batey y olor a ollas de presión en su eterno ablandar de los granos anticuados con que luchaban las amas de casa habaneras. Llegó a la esquina de casa pero nunca subió. Se sentó en el contén de la acera y en poco tiempo sufrió el timelapse del día completo. No había nada que hacer ni nada en que pensar. Ver pasar, esa era la opción, ver pasar todo.

Llegó la noche. había fresco y Josef insistía en no entrar derrotado a su casa. Miró al cielo rojizo que centelleaba a lo lejos en el medio del mar. Mar donde el sería feliz, mar que acababa de traicionar. Recordó a Habana del mar.

Se preguntó si había algún dios allá a lo lejos en el horizonte. Recordó el día en que murió y no vio a ninguno. Deseó estar de vuelta. En ese día de la muerte. Nunca hubo tanta paz. Rendirse quizás era lo único que había hecho con éxito y aun así no logró su objetivo. Rendirse no le molestaba, lo que le molestaba terriblemente y le temía era tener que volver a empezar.
Avanzada la noche Josef pensó que no quería ir a cielo. No quería ir a ningún sitio donde hubiera algo que lo martirizara tanto en la tierra. Si llegaba y se encontraba algo parecido a dios solo intentaría cogerlo por el cuello, si es que tenía cuello. Ningún cielo prometido iba a ser mejor que una buena venganza. Todo lo que sufrió, todo lo que perdió. Todo lo iban a pagar el o quienes fueran.

Esta vez Habana del Mar había pegado fuerte. Ya se había acostumbrado a la idea de quedarse con ella, de quedarse junto a ella, de hacer planes, de trabajar por ella. Pero Habana siempre fue inconforme. Habana nunca vio valores en lo que había, sino en lo que ella podía modificar. Quería mover a Josef de su mar y eso es un pecado.

Si dios existía era culpable de que Josef hubiera nacido sin nada y que lo poco que tenía le fuera arrancado constantemente. Recordó cuando por cosas familiares desagradables que ni vale la pena contar, nunca mas pudo montarse en el barco de su abuelo para poder pescar que era la única forma de subsistencia que conocía, recordó cuando le negaron hacerse su casa en su azotea con unos cuantos bloques que había comprado, recordó cuando estuvo perdido, desmemoriado por mas de diez días, al llegar a su casa que ni siquiera habían advertido de su ausencia, recordó años de comer frutas de las brujerías por las calles, dormir en las costas, apoyarse en nadie y contar con nada, taparse con una vela roída, tomar agua de la lluvia nocturna y fría. No sabe, nunca supo porque dios lo trataba así, que clase de experimento macabro estaba formando parte o adonde conducía todo aquello. Algo si no le habían quitado, la capacidad de desear, de soñar.

En cada amanecer corría al puente de hierro a pedir un deseo cada vez que veía un pez saltar. Eran sábalos gigantes de hasta 200 libras que sin saber le regalaban con su plateado cuerpo un poco de ilusión. Los sábalos eran las monedas de Josef, de hecho, a veces encontraba por ahí algunas de sus gigantes escamas, tan brillantes que reflejaban el sol y se las guardaba en el bolsillo. Amaneciendo se le ocurrió un deseo genial, esperó y esperó que saltara el primer sábalo del día. Cuando saltó gritó a todo pulmón ¡Quiero ser niño para siempre!
No pasó nada. No hubo rayos mágicos ni sonidos electroacústicos de magias televisivas pero Josef supo ese día que había renunciado a lo que supuestamente debería pasar. Daba igual, de todas maneras no le tocaba. Iba a desquitarse en esta tierra de lo que le habían quitado e iba a comenzar por su niñez. Recordó sus manos rotas con 8 o 10 años halando redes con su padre y abuelo, el dolor de las espinas de pescado enterradas de tanto limpiar pescado y esa peste que nunca se le fue de la nariz. Recordó casi nunca jugar con los demás niños porque debía vender pescado o arreglar barcos. Total. Habana del mar se fue y aun sabiendo que esto era una perreta se le iluminó el día con tan mágico deseo.
No iba a tener esposa ni hijos, no iba a tener una casa, no iba a tener bienes ni propiedades, no iba a ser bueno en nada ni bueno para nada. Juró solemnemente  quedarse en niño, en desposeído, en pobre. Disfrutar solo de lo pequeño y simple, disfrutar de la paz, de los colores, de la sal marina, de esas flores pequeñas que nacen en las costas y luchan ellas solas contra todo... y a veces sobreviven.

Ya se había arreglado el día con tan gran deseo. Y lo mejor que los deseos pedidos cuando saltaban los peces del río Almendares casi siempre se cumplían, siempre que no fueran deseos amorosos. Ahí era donde dios mas se esmeraba en hacerle la existencia terrible.

Maldita Habana del Mar y su locura.

También había pedido una máquina del tiempo pero eso ni por asomo.





27 de octubre de 2014

Repeat after me

 Decía una y otra vez aquella maestra de ingles de mi tercer 9º grado. 
Repeat after me. 
Hector and his sister Nancy went to the beach with their father. 

Quizás es lo único que se me grabó de aquel 9º y seguro estará mal escrito.

  El primero de tres lo había suspendido toda la escuela. Los niños de la revolución habían soltado en un congreso pioneril por órdenes de arriba que todos los maestros hacían fraude. Suspendimos todos, todos con menos de 70 que ya era suficiente para no pasar de grado. Pero mis padres venían de una familia que se mantenía con 256 pesos al mes. Pasaron quienes les hicieron buenos regalos a los profesores que ya no hacían fraude, ya te daban el aprobado por bienes o dineros directamente. Conozco de buena tinta quien falsificó el certificado de notas para no perderse las vacaciones. Yo lo eché a suerte. Ni miré las notas, no usaba esta frase pero mi pensamiento era del estilo de: Que sea lo que dios quiera. Tampoco creía en dios, ni ahora tampoco. Quizás por eso sigo repitiendo. 

 El segundo 9º fue mas lindo, mas intenso. Ya yo era un poco mayor y vinieron caras nuevas. Comencé a pensar en el amor sin leer a Henrik Brukner. Cuantas aventuras, romances, persecuciones. Que emoción pasar por casualidad por delante de la casa de la persona que me gustaba 100 veces al día. 100 casualidades y 100 posibilidades de encontrármela por casualidad. Por lo general la encontraba con su novio. Va por ti Laura, dios en el que no creo sabe cuantos zapatos gasté pasando por tu casa cerrada a cal y canto. ¿Quien coño tenía aire acondicionado en esa época? ¡Tú! y por eso tu casa siempre estaba cerrada, acristalada ¿Quién tenía cristales sanos en su casa? ¡Tú!  ¡cristales verdes con bolitas de esos que no se ve una mierda padentro! ¡100 veces cada día Laura! o quizás menos. Para nada. Un día te apareciste en mi casa, tocaste la puerta. Habías huido de tus padres por una bronca de esas raras que yo no sabía si era por fumar cigarros de lo que fuera. Me hiciste llamarles y decirles que yo era tu novio. Fue bonito ser tu novio virtual por unas horas hasta que te recogieron en ese alfa romeo del 76 de 1750 centímetros cúbicos color vino y ver a tu padre en cámara lenta amenazándome de cualquier cosa que me importaba un comino. Me diste un beso en la cara antes de que te cerraran la puerta del carro. No te vi más nunca. Al cabo de los meses tu casa estaba vacía, y yo seguía pasando por ahí. Para nada. 

 Repeat alter me.

 Horas y horas pasaba parado en el puente de hierro. Hasta que viera un pez saltar. Me cogía tarde a todos los sitios porque tenía mi propia superstición. Si veía un pez saltar es que el día iba a ser bueno. En la mañana, entre los botes que llegaban de estar toda la noche pescando los veía saltar. Esas eran mis monedas, peces que saltaban. Un pez, otro pez. Que días mas lindos vinieron, mientras mas peces saltaran mas lindo era el día. 


En ese tercer 9º grado ya estaba cansado. Habían hecho la famosa mundial pero era pedirle peras al olmo. Lo que me habían hecho, ese año que había perdido miserablemente de mi vida no lo perdoné jamás. Habían bajado la puntuación mínima a 60 pero ni así moví un dedo, no abrí un libro. Daba dos turnos al día y después tenía la incalculable felicidad de mataperrear por ahí para no llegar a mi casa antes de hora. Ya no estaba solo, había más mataperros que me apoyaban en mi causa. El carabela, Haydee, Angel Mederos que estaba tan enamorado de Haydee como yo hasta que se fue con el profe de educación física y tuvo hasta hijos. Por suerte nunca le dije nada. Era una persona tan valiosa, que era mejor no perderla con tonterías amorosas de niños. Un día se lo diré. Pero ella, dentro de ella, era mucho más mayor que nosotros. Tremenda Haydee. Es la única persona de quien me haya enamorado y no se ha enterado, las demás sufrieron y se divirtieron de lo lindo con mis ridiculeces de todas las ramas posibles. Pero a Haydee no le dije ni pío. 

 El cuarto 9º fue en una escuela taller. Aburrida. Llena de corta cortas. Gente saturada de conflictos por todas las vías posibles. Un profesor nos rogó que termináramos el 9º me centré un poquito y lo terminé. Fin de la historia. Como era solo un semestre esos 8 meses de vacaciones prometían mucho. Lindas vacaciones pasando por casualidad 100 veces por casa de Haydee a ver si por casualidad la veía. La vi. La vi varias veces pero como de costumbre no tenía nada que decir. Un saludo y a seguir camino. Maldito nudo en la garganta. Repeat alter me. Hector, and his sister Nancy……………… 

19 de septiembre de 2014

Josef pescador (Cap 201)

Atravesó las uvas caletas por horas en su eterno maldecir hasta que llegó a la carretera llamada vía blanca, donde había un puente tan alto que los pájaros volaban por debajo. Iba pensando de nuevo en negativo, se preguntaba porque salió de aquel barco donde una vez se ahogó literalmente, que si esto era lo que le esperaba en la vida. A ratos había llorado un poco maldiciendo como se le cambiaban sus planes, pero después se daba cuenta que no tenía, que no tenía planes, ni sueños, ni futuro y eso era lo que mas le pedía Habana del Mar. Algo que el no podía dar, ni le interesaba. Futuro.

¿Porque piden cosas tan raras, pide un buen sitio para pescar, una buena noche, que se vaya un mal tiempo, pero futuro! ¿Quien es dueño del futuro?

Vio como la mañana levantaba desde el puente y algunos carros lentos con chóferes soñolientos pasaban sin casi hacer ruido. Uno de los carros paró en el puente para comprar café en la cafetería pero aun estaba cerrada. Era uno de esos viejos almendrones con colores claros y brochazos de reparaciones a medias. Los pasajeros se bajaron para estirar las piernas, venían desde Matanzas.

Desde el carro Josef vio salir una muchacha que fue directa a una flor que colgaba de los muros. La estuvo observando un buen rato y le pareció alguien especial, o al menos alguien que no lo iba a mirar raro si le hacía algunas preguntas.



Josef se acercó poco a poco, pero como de costumbre no sabía como iniciar una conversación. Realmente los años de salvajismo acuático le venían perfecto para sobrevivir donde quiera que hubiera mar, pero cero para las comunicaciones. Recordó que los pescadores, entre los que se había criado, cuando se veían en la mañana lo primero que hacían era decir buenos días e inmediatamente se lo soltó sin mas.

- Buenos días...

La muchacha lo miró curiosa y volvió a mirar la flor, Josef se sentía curiosamente atraído por ella. Hubo un silencio incomodo de esos que dejan oír hasta los pasos de las hormigas y Josef, debatiéndose entre dar la espalda y largarse por donde mismo vino o tratar de seguir “Siendo humano” se animó a si mismo con un buen regaño interior.

- El carro donde vas, ¿va para La Habana?- La muchacha lo miró otra vez y abandonó la flor para responderle.
- Si, vamos para La Habana, creo que todos los carros que pasan por aquí van para La Habana
- Puede ser, quizás algunos se queden en Santa Cruz o en las playas del este.
- Eso es La Habana.
- La Habana es todo – Josef intentó sonreír a pesar de la tristeza y la frustración de las horas anteriores. Con el sol se le marcaban en la ropa manchones de sal.

- ¿Eres un balsero?
- No, soy un pescador.
- ¿Y tus cosas de pescar?
- Aquí – Josef se señaló a la cabeza con el dedo en forma de pistola, la muchacha sonrió y una especie de luz intentó curar heridas en la existencia negra de la noche pasada. A lo lejos se comenzaba a oír el viento del este que acallaba los grillos. El olor a hierba y mar se agudizaba por momentos como un premio para los que vivían en la ciudad. La desconocida se acostó en la hierba como sintiendo el fresco de la madrugada pasando directamente a su cuerpo desde la tierra. Miró a Josef con mas curiosidad aun y Josef petrificado sin saber que decir o hacer. Estaba completamente bloqueado. Un poco lejos se desperezaban los trabajadores de la cafetería y la abrían con una paciencia de siglos. Ya se sentía a ratos también el rico olor del café, café en medio de la nada, café salitroso y costero.


De pronto sin verlo llegar salió un jeep verde y se bajaron unos militares que se abalanzaron hacia Josef violentamente agarrándolo de manos y pies. Entre improperios intentaron meterlo arrestado al jeep cuanto antes posible, pero al ver que Josef ni discutía ni forcejeaba se relajaron un poco. Realmente a Josef le daba completamente igual lo que pasar con el. Su futuro no estaba escrito y se hacía la pregunta otra vez ¿Quien podría decidir sobre ello?

-¿Se te escapó la lancha de anoche eh guajiro?- Dijo uno de los oficiales con marcada prepotencia y dándole pequeños empujones por los hombros. Josef ni se inmutaba, ni contestaba ni nada. Solo miraba sin odio, sin expresión. No reaccionaba, como si fuera un espectador fuera de peligro de lo que le estaba sucediendo a si mismo.
- !Dejen a ese muchacho tranquilo! - Gritó de lejos el hombre que venía manejando el carro a la vez que se acercaba con el vaso de café humeante en la mano - ¡Déjenlo tranquilo! El viene conmigo de Matanzas! La muchacha se paró a su lado como si lo conociera. Los guardias lo soltaron a regañadientes y le pidieron al extraño salvador los papeles del carro, como de costumbre no miraron mucho porque ni siquiera sabían que mirar y los devolvieron arrancando de nuevo con bestiales acelerones que llenaron todo de polvo y tierra. Josef permanecía sin decir palabras ni moverse del sitio, apenas a los pocos segundos reaccionó y dio las gracias. 
¡Muchacho que tu haces aquí en la carretera! Arranca pal monte que están como locos buscando balseros para caerles a golpes!
- Yo no soy balsero- respondió Josef con su acostumbrado y molesto carácter lacónico.
- ¡No es lo que tu seas o no hijo! Es lo que ellos se les ocurra que tu seas y cometas el error de dejar tu suerte al criterio de unas bestias!
Josef había tenido demasiado por hoy. Intentó internarse en el campo de uvas caletas de nuevo. No había ningún sitio como el mar para sentirse seguro. La muchacha lo llamó.

- ¡Oye! ¿Para que me preguntabas para donde iba el carro?

Josef se detuvo un momento. Quizás podrían acercarlo a La Habana. Pero se sentía derrotado. Volver a la ciudad siempre había sido una derrota para Josef. Daría lo que fuera por vivir en una isla sin ciudad. La ciudad apestaba, llena de gente, de energías raras. Dejar el mar y volver a la ciudad era un sacrilegio. Por unos momentos pensó quedarse unos días mas por si Habana del Mar aparecía pero por experiencia y años, sabía que cuando Habana del Mar desaparecía, el próximo capitulo ocurriría dentro de unos años.
Volvió sobre sus pasos, ya no sabía como dar las gracias.
- Si, quería ir a La Habana pero ahora no se si hacerlo.
- Bueno, piénsalo en el camino, - la muchacha lo dijo con tanta seguridad que convenció a Josef al momento- lo malo será quedarse aquí y que vuelvan esos guardias o que no encuentres otro carro que pare.
Josef se acomodó en el desvencijado chevrolet del 51. No sabía bien que hacía pero por algo todo lo había llevado hasta ahí. Arrancaron de nuevo por la desierta vía blanca. A ratos Josef se dormía, a ratos le entraban deseos de llorar y maldecir, a ratos miraba la extraña belleza de la muchacha que le había aparecido como un ángel salvador en un momento tan tenso. Al par de horas se veía a lo lejos una gran ciudad gris y contaminada con un mar por la derecha tan bello que apretaba el pecho. A ver que viene ahora, se preguntó Josef y se quedó dormido en el cómodo asiento trasero de vinyl rojo del chevrolet 51.

Imágenes: J Craft.

24 de agosto de 2014

Concierto de Boris Larramendi en el teatro Trail de Miami (Mini crónica personal)

Imagen: ViLo & RN-ZN
Por suerte las tardes lluviosas de Miami este día descansaron para dejar una noche calurosa de verano y trópico, en un excelente lugar con una acústica muy agradable y un trabajo de sonido profesional. Comparando con otros conciertos de España, este tuvo la bomba de tener un público identificado y familiar, este tipo de público que baila en los pasillos, pide canciones y corea las letras. La banda pegó, repito, acompañada de un gran trabajo de la mesa de sonido con una perfección inolvidable, mostrando las largas horas de ensayos y la calidad de sus músicos. Boris se dejó su energía en el escenario al punto de pedir un descanso con la frase "déjame coger un diez que ya uno está mayor" con canciones de todas las épocas que fueron pasando una detrás de la otra hasta que el concierto se hizo corto de tan bueno. Después de la última, vinieron un par de temas mas con Ivette Falcón rematando la grandísima variedad de sonidos que regala Larramendi en cualquiera de sus modalidades desde guitarra sola hasta una banda completa que pasa por el rock hasta la timba y el guaguancó.
El momento mas emocionante de la noche fue quizás cuando Boris le contó al público que este concierto, por primera vez estaba siendo transmitido hacia Cuba de manera alternativa y saltando el bloqueo en todas sus formas posibles. En la pantalla apareció Antonio Rodiles y el team de Estado de Sats, quienes a través de streaming y la habilidad de los técnicos de Generación Asere estaban grabando para repartirlo de manera alternativa mas tarde en Cuba.
Este día no solo disfrutamos de la buena música, disfrutamos de la ilusión de romper muros y distancias. De trabajar en equipo y de lograr por encima de las trabas y dificultades, cosas que manos poderosas invierten sus recursos en prohibir o censurar. En lo que Silvio Rodríguez dentro de Cuba hace sus pataleta por algunas dificultades burocráticas que le recortan o retrasan sus ganancias personales, este pequeño team altruista ha logrado salvar las zanjas de las dos orillas, toda una maquinaria de aislamiento y censura real y llevar la música y el arte a su sitio, es decir, al alcance de todos sin reglas ni flujos de un solo sentido del mencionado y falso intercambio cultural.
Un servidor se alegra mucho de formar parte de ello y regala estas imágenes de su cámara dando las gracias por tanto tiempo pasándola bien con buena música y palabras con  acciones consecuentes, honestas y fuera de miedos represivos. Boris muestra que entre toda la masa de actores, músicos y demás personas de la cultura cubana actual de discurso ambiguo y complaciente, de silencios sumisos y respuestas ordenadas, existen aun personas que no transan con su manera de pensar y que van con sus ideas adonde sea como fue el caso reciente del viaje de Larramendi a Cuba, donde dio un miniconcierto en una casa sitiada por la represión militar cubana en la sede de Estado de Sats, con esos jóvenes que están tratando de cambiar a otra Cuba a través de acciones cívicas, culturales y de mucho trabajo y peligros en este lugar que dejamos atrás, donde la palabra cambio no se tolera y es altamente peligrosa para todos aquellos que decidan hacer público sus deseos e ilusiones de vivir en un sitio mejor algún día.

George Gautier
GautierProdVideos®

24 de agosto del 2014

15 de agosto de 2014

Josef y el fin del sueño (Cap 200)

El Viejo Sueño Acabó by Carlos Varela on Grooveshark

No se iba a vivir eternamente de peces de la orilla y uvas caletas. Josef quizás si, es mas, Josef si. Aun quiere vivir de peces de la orilla y uvas caletas mas que nada en el mundo. La tierra, a la que se estaba adaptando por la fuerza no le estaba sirviendo de mucho. Tantas complicaciones y cosas de hombre blanco lo atosigaban, religiones, normas, tradiciones, historias y costumbres eran mucho mas de lo que se necesitaba para estar con los pies lejos del mar. Aun no había pensado que podría despegarse del todo a la vida terrestre pero estaba Habana, por Habana del Mar haría lo que fuera necesario.

 Habana llevaba días en silencio y mirando al mar sin detenerse en mas nada que en sobrevivir. A veces por las noches lloraba en silencio pero Josef cesó sus preguntas. Había algo que no encajaba en lo que pudiera ser la historia mas feliz de su vida. Una de las mejores cosas que le habían pasado. Siempre se lamentaba cuando de niño se ahogó y lo trajeron de nuevo a este mundo. El mismo mundo que miró con desgano el día que se borró su memoria. Asomarse a una ventana y ver la misma ciudad era una pedantez del destino, pero ahora había sido feliz, tremendamente feliz aunque por unos días. La vida salvaje de sus sueños parece que no era apta para humanos normales, aunque Habana no parecía normal, pero ya todo había cambiado. Habana seguía con la idea fija que deberían abandonar ese país sin futuro ni esperanzas. Josef no sentía lo mismo, no veía la necesidad de abandonar un sitio donde nunca había estado. Esa tierra firme era la orilla de sus predios, Josef había nacido y vivido en el mar, la tierra le importaba un bledo y además la odiaba. La tierra para Josef era un incordio.


 Esa tarde el mar estaba agresivo, las centellas auguraban una noche larga, quizás habría que dormir en la cuevas, en cualquiera de las tres, doña basura, el perro o la ballena, daba igual, para Josef era casa, para Habana, ya no sabía.

Se durmieron como siempre abrazados. Antes comieron algunos caracoles y un pulpo que Josef pescó en la orilla porque el mar se estaba poniendo peor y era imposible nadar en él. Josef tuvo sueños horribles. Siempre tuvo miedo de sus sueños porque fueron presagios de cosas futuras o traumas pasados. Soñó que se estaba ahogando de nuevo pero volvió a recibirlo sin miedo esta vez, lo despertó el ruido de unos motores y unas voces.

Se incorporó de un salto y buscó en vano a Habana por toda la sala de la cueva, no estaba. Se asomó entre las rocas y vió una lancha rápida y personas con niños incluso de brazos intentando llegar hasta ella. Se quedó petrificado, los tripulantes cargaron a varios y a otros no se sabe porque razón los rechazaron blandiendo machetes y gritando. Josef aguzaba la vista intentando ver si descubría entre las personas a Habana pero no se veía mucho a pesar de la luna llena tan brillante como un foco de estadio. La lancha rugió como un animal feroz y desapareció en el horizonte centelleante y lleno de espuma. Los que quedaron en tierra desaparecieron por un trillo que llevaba a los campismos. De pronto se hizo silencio y ese tipo de silencio que golpea en el pecho y duele. Josef aun sin recuperarse comenzó a llamar a Habana pero nunca obtuvo respuesta.
-¡Maldita Habana!- Gritaba para si mismo - ¡¡Siempre desapareces igual!! ¡Eres mi vida pero me estás matando! ¡Habanaaaaa!!
Sintió de lejos perros ladrando. Podrían ser guardafronteras que venían como siempre a los sitios donde recalaban lanchas. Josef se metió en lo mas profundo de la cueva y se acuñó en una laja pegada a uno de los techos. Por suerte el guano de murciélago acumulado no permitía a los perros detectarle. En efecto, pasaron los guardias blasfemando y amenazando, estaban molestos por cada madrugada que los hacían moverse por una alarma de salida ilegal. Josef se apretó mas a la roca y lloraba, en la entrada de la cueva veía las siluetas de los perros furiosos también. Un perro entró pero ni se dio por enterado que sobre el había un semisalvaje preparado con un afilado cuchillo de pesca por si era detectado. El perro volvió a salir sin mas. Al rato se fueron los guardias y Josef se dejó caer sobre el suave y caliente guano de murciélago, con la misma oteó lo que pudo desde la entrada de la cueva una vez mas y ya se veía todo a su gusto, desierto, silencioso. Solo se oía la brisa de la tormenta pasada, el mar y se podía oler el salitre como siempre. La luna había bajado y ya la noche estaba tremendamente oscura. Josef sabía que debajo de sus pasos en esa roca habían unos 10 metros de caída libre hasta el mar, no lo pensó un segundo mas y se dejó caer. Lo recibió un agua salada, tibia, suave, un entorno suyo, su casa, su vida.


 Estuvo flotando cerca de la orilla por varias horas hasta que vio a lo lejos los claros del día. Maldita noche en la que la única suerte era que el agua del mar no le hacía notar sus lágrimas. Maldita Habana del Mar que siempre lo dejaba tirado y se iba, malditos los sueños y las simplezas en las que quería mantener su vida, ajenos a todas las personas normales que poblaban la tierra. Condenado estaba a estar solo y los pequeños momentos en que pensaba que no, le arrancaban las tiras del pellejo cada vez mas profundo.

Quizás debía estar solo. Pensar que Habana nunca existió, pensar que era una especie única, enferma o anormal pero que debía llevar su vida adaptado a aquello. Y sobre todo, que nadie de tierra firme iba a seguirlo nunca.

En lo que amaneció se sentó en una de las piedras altas que daba a la montaña mas pegada a la costa. A medida que el sol subía dejaba entrar rojizos y hermosos rayos a través de las cobardes olas que aun permanecían de la tormenta de la noche anterior.



Josef ya estaba decidido. Seguiría mirando el mar por sirenas, debería haber una, al menos una para el, si no, ahí se quedaría petrificado como una estatua de neptuno. Maldita Habana del Mar.

8 de junio de 2014

Josef y el viento (Cap 199)

Entre camas de camiones y carretas de tractores llegaron a un sitio al este de La Habana, en el limite de la provincia de Matanzas llamado Bacunayagua. Se habían detenido por un rato para comer algo y habían visto por primera vez un puente tan alto que se veían los pájaros volando desde arriba. Josef olió el mar a sus espaldas y vio un pequeño río cristalino que se defendía por debajo de aquella inmensa construcción. Juntos se quedaron observando desde el puente y soñaron volar desde el un día. Sin media palabra bajaron a toda carrera por una de sus cuestas y siguiendo el río, llegaron a un mar azul. inmenso, bello y rico que les hizo decidir al momento quedarse ahí.


Era como un paraíso con sombras de uvas caletas, el murmullo de la costa, peces fáciles de los cuales Josef sabía agenciarse sin mucho esfuerzo, agua y paz. Para llegar al sitio había que escalar una pequeña pared de piedras que los separaban de cualquier contacto humano.

Se dejaron caer en la hierba un rato con toda la tranquilidad del mundo, de momento desaparecieron todas la preocupaciones, la persecución que pudiera acarrear sus fugas, el tiempo y todo lo que haría triste ese día. Comenzaron a quererse tanto que llegó la noche y llegó el día siguiente sin mas. Josef había recogido de su casa algunas cosas y entre ellas estaba su equipo de pesca, azúcar, algunos panes, un cuchillo y otras cosas que tomó en su alocada huida.

No habían hablado de sus historias anteriores a este nuevo encuentro y no tenían deseos de hacerlo. Los dos se habían encontrado en tan malas condiciones cada uno, que nada iba a solucionarlo. Habana del Mar no dejaba de acariciar y mirar a Josef como si fuera un sueño, Josef, era feliz de tener su sueño en la realidad. Se habían pedido el uno al otro cuando mas lo necesitaban y no habían fallado. Josef se sentía feliz, tan feliz que sería capaz de todo a partir de ahora.


Habana cada mañana corría alocadamente por la orilla entre arena y piedras, mientras que Josef se tiraba al agua tibia de la madrugada a coger dos o tres peces que comerían ese día asados en la misma varilla de pesca, aliñados con limón jíbaro de la costa y sal recogida de las piedras secas de las pocetas de la orilla. 


Se daban festines de pecado fresco y algunos mangos que recogían en matas aisladas un poco mas tierradentro. Francamente, nunca hubo un mejor plato que ese, sabiendo que después todo el día era para amarse en todos los sitios posibles, en todas las piedras, todas las cuevas, todos los árboles hasta que la energía no daba para más, se acababa la piel recorrida varias veces y había que comer de nuevo.


Perdieron la cuenta de los días, cada día exploraban mas lejos de "su campamento" en el cual había un tronco acostado que le llamaban "el sofá" Para los días de mucha lluvia habían unas cuevas perfectas y cómodas un poco al oeste de su posición. Les habían puesto nombres por sus formas. Doña basura, por un personaje de Fraggle Rock, el perro, porque parecía la cabeza de un perro, la ballena y el cachalote. A veces Josef salía temprano y le dejaba escrito en la arena a Habana en cual cueva estaría, si no, Habana de todas maneras lo encontraría en cualquiera, descansando de la pesca y ahí mismo comenzaba un mar de caricias hasta que se acabara la luz del día.

A veces veían a lo lejos gente de unos campismos que estaban un par de kilómetros al oeste y ellos se ocultaban como pequeños salvajes. Las personas les pasaban cerca y nunca advertían que ahí habían mas personas. Realmente Josef y Habana lo menos que querían era tropezar con personas. Su vida asalvajada y natural les había devuelto todos los momentos felices que habían perdido por la dureza de sus vidas, o de las vidas de todos en general.

Un día, después de una lluvia atroz, vieron a lo lejos un objeto flotando que daba golpes contra la orilla. Como la orilla era una buena fuente de provisiones por las cosas que recalaban, muchas veces en forma de frutas que tiraban de los barcos, fueron corriendo a ver que era. Cuando llegaron se quedaron paralizados. Eran los restos de una balsa de la que colgaban, amarrados, algunos sacos de yute y dentro de ella, pegados por el sol, manchones de sangre, cabellos y pedazos de ropa.

En una tabla de afuera estaba pintado con toscos trazos "La Esperanza" y Josef y Habana no sabían que hacer, la balsa seguía al compás de las olas pegando contra la orilla como si insistiera en tocar una puerta de tierra firme. Josef supuso que con el cambio de marea podría irse por donde mismo vino y se tiró al agua desde el acantilado a unos tres metros de altura. Habana miraba mordiéndose las uñas en lo que Josef rodeaba las piedras para alcanzar la balsa. De pronto una gran mancha negra se vio detrás de Josef y Habana pensó que era una de las tablas de la balsa que se había desprendido, pero después aguzó la vista a pesar de lo nublado del día y pudo identificar claramente que se trataba de algún animal.

- ¡¡Joseef!!!..¡¡Joo...!!!!- comenzó a gritar a todo pulmón señalando aquello que se iba moviendo lentamente-  ¡¡¡¡Joseeefff!!!  ¡¡Tiburóooonn !!!!!!!!
Josef apretó el ritmo de natación aunque no se desesperó, había oído mas que claramente a Habana y sabía que con eso no se jugaba, no obstante optó por ponerse el cuchillo en uno de sus pulsos y con la careta ir mirando a todos lados. Llegó a la balsa y se subió sin mucho esfuerzo. La mole negra pasaba por debajo haciendo varios cruces, pero sea lo que fuere se veía lento y desinteresado. Con una tabla Josef fue remando hasta una parte mas accesible de la orilla y entre los dos la subieron a la arena. Al moverla, el agua que se iba batiendo disolvió las manchas dejando un rastro de sangre que en segundos se llenó de pequeños peces y la gran mancha negra que seguía dando vueltas en el sitio. Josef abrió los sacos. Tenían turrones de maní metidos en latas de galletas, abrigos y varias botellas de ron. Se sentaron un rato alrededor de la balsa sin decir nada. Quizás Josef hubiera querido rezar por los que se perdieron en ese viaje pero no se sabía ningún rezo. Optó por decir algunas palabras.

- Supongo que si la balsa está aquí llena de sangre, querrá decir que no llegaron a ningún sitio. Espero que donde quiera que estén, al menos estén mejor de donde desesperadamente han salido. Hombres, mujeres o lo que hayan sido. Los respeto por haber tenido el valor de arriesgarse a cambiar la vida aunque sea escapando- Miró a Habana de reojo, estaba en un mar de llanto. Josef se acercó y la abrazó tan fuerte como sus cansados brazos se lo permitieron- Gracias por estas provisiones que vienen bien a otros fugitivos, no se si se dirá así, pero que dios, si existe, los reciba y les de ayuda, paz y les cumpla algún sueño en pago por la terrible muerte que han tenido luchando por sus vidas..

- ¡Yaaa! Gritó Habana separándose y echando a correr.

Josef la miró corriendo por la costa. Se preguntó como, ante tanta tristeza de un momento así, aun podría ser tan feliz. Se sintió indigno y enfermizo al esbozar una sonrisa -A pesar de todo- dijo dirigiéndose a los restos de la balsa de madera  - Aun estamos aquí y no nos vamos a rendir.
Habana al poco rato volvió sobre sus pasos. Vio a Josef intentando cargar con todos los sacos y ella cogió los que pudo con sus delgados brazos. Hacían silencio. Entre las nubes tan tupidas de ese día lluvioso y la tarde, oscureció de pronto sin dejarles hacer nada, ni siquiera buscar agua, cosa que hacían de día en la orilla del río porque era peligrosos escalar el acantilado de noche.



Josef fue a romper una tabla de los restos de la balsa para hacer un fuego porque hacía frío y no querían ponerse las ropas que habían encontrado en ese macabro escenario.
- No la rompas- Le pidió Habana con un murmullo - No por favor.
Josef la miró un poco sorprendido, estaba comenzando a asustarse.
- Quizás debamos usarla... un día de estos...
- Habana...
Habana se paró como un resorte mirando al norte. Por mas que Josef afinó la vista solo se veía una oscuridad infinita y de vez en cuando una centella rápida tan lejana que parecía que había caído en el borde antiguo del planeta tierra.
- ¡Si Josef! ¿No pensarás que vamos a estar siempre así no? Nos van a encontrar un día, vamos a ir presos los dos. ¿Es el futuro que tenemos disponible el que quieres?
- ¡No! Ni nos van a encontrar ni vamos a ir presos, pero no nos vamos a echar a los tiburones.. Habana, yo nací en el mar, he andado mas kilómetros en el mar que en la tierra, la gente que hace estas cosas es porque no conoce y yo no quiero esa muerte, prefiero coger mi machete y degollar a cincuenta hasta que me maten a tiros pero no me voy a echar a los tiburones porque unos hijos de puta hayan decidido por mí!!!
- ¡Josef!- Habana lo miró con los ojos llenos de lágrimas - ¿No va a haber mas sangre, mas nunca verdad?
Josef apretaba el cabo del machete tan fuerte que en el silencio de la costa se le oían traquear los nudillos, poco a poco liberó la presión y lo dejo caer a sus pies. Se arrodilló como vencido pero le susurró a Habana.
- No nos va a pasar nada malo. Yo estoy aquí. Yo siempre he subsistido, se que hacer. Entre los dos vamos a luchar juntos y todo se va a solucionar, solo si lo queremos, todo se va a arreglar. Josef bebió de las saladas lágrimas de Habana. Habana se rió porque le hacía cosquilla en los párpados. Se abrazaron tan fuerte como pudieron y se acostaron bocarriba a mirar las estrellas. Con besos y con una tristeza tan densa como la noche se taparon y quedaron dormidos profundamente.





4 de junio de 2014

Josef y el 1990 cap 198 (Parte 02)


Poco a poco volvió sobre sus pasos con los puños cerrados. Esta vez no era por querer atrapar un sueño. Esta vez era por querer despojarse de un tirón de uno, a golpes de ser posible. No podía juzgar a Habana, ni el ni nadie sabía sus tribulaciones o como sobrevivió todos estos años. Solo sabía que nunca mas la vio y su vida fue un poco sombría y miserable después de aquello. Por unos segundos antes de bajar del camión militar pensó que había sido bueno que lo cogiera el servicio, si no, nunca hubiera vuelto a ver a Habana. Maldijo una y mil veces su olor a salitre. Le recordaba la sirena que siempre había buscado de niño, le recordaba que una vez se había ahogado dentro de un barco y regresaron esos pensamientos de que nunca debió salir de ahí.
Por extraño que parezca no estaba preocupado por la fuga de su compañía, le daba igual que lo metieran preso o lo que fuera. Buscó en su bolsillo, solo tenía 5 pesos y se compró uno de esos turrones de maní empalagosos y azucarados. Se sentó al borde de la calle y entre ruidos de guaguas pensó que era el momento de no volver atrás. De dejar la tierra de nuevo, desobedecer. Maldijo cada uno de los santos que había escuchado algunas vez en su vida, de esta lista tampoco se salvaron todos los dioses conocidos, actuales y extintos. Tiró el turrón que le quedaba y regresó a la casa morada de las flores dispuesto a todo.
Por el camino iba pensando un plan, no les hacía falta nada, nunca habían tenido nada mas que ellos mismos. Era la hora de volver para siempre sin juzgar, sin criticar ni pensar en nada. Hubiera lo que hubiera pasado el no estuvo ahí para ayudar ni solucionar nada. Como siempre con Habana, borrón y cuenta nueva.

Regresó por el patio donde antes estuvo y ya el sol estaba rajando las piedras poco antes de las 11 de la mañana. Se sentó en el borde del patio donde había visto a Habana a esperar que algo sucediera según su plan.

No pasó media hora en que estaba profundamente dormido. Aquellas estúpidas madrugadas marchando lo tenían en un estado de desgaste total, además, el tiempo que hacía que no tocaba el mar lo tenía sumido en una depresión oculta que le vaciaba el cuerpo de energías. Siempre estaba intentando dormir o durmiéndose por todos los rincones, como si la única cura a aquella situación fuera dormir para que pasara mas rápido el tiempo.

Alguien lo zarandeó levemente por el hombro. Estaba soñando que nadaba entre delfines y una leve sonrisa asomaba, fue arrebatado del mar de sus sueños a la realidad, pero cuando abrió los ojos la sonrisa cambió en risa -¡Habana! ¡Habana mía! vine por ti, no quiero perderte, te quiero toda! ¡Quiero darte toda mi vida!- Habana lo calló con un beso y lo ayudó a incorporarse  -¡Corre!- Le dijo casi al oído, espérame en 232 y 25. Josef no discutió nada mas. Arrancó corriendo como nunca en su vida a la dirección acordada. Por el camino recordó que Habana hacía esas jugarretas antes de desaparecer y paró en seco. - Ya no puedo hacer mas, no puedo hacer mas- se repetía a si mismo como preparándose para lo peor.
Miró alrededor. Muchas personas tratando de coger guaguas que nunca pasaban o pasaban con tantas personas colgadas en las puertas que parecía un circo. Gente sobreviviendo, comiéndose entre si, empujándose, luchando por llegar a algo o algún sitio. Gente esperando sin mirada, recostada, gente que no sabía lo que pasaba ni por su corazón ni por el de ellos mismos.

-¡¡¡Josef!!!- Se escuchó un grito por sobre todo el murmullo de los supervivientes. Josef corrió, era Habana que aguantaba abierta la puerta de un taxi almendrón atestado ya de gente -¡Monta!- No tengo dinero- ripostó Josef- Monta, yo tengo.
Apretados dentro del carro se cogieron las manos, entre el sudor del medio día y los nervios ambos estaban temblando. Los demás pasajeros ajenos hacían sus historias personales cada vez a viva voz. Para Josef y Habana nada estaba sucediendo, estaban solos en un mundo desenfocado y lento. Un mundo emocionante y nuevo, de nuevo. Aventuras que vendrían, cosas buenas y malas, no importaba. Todo iba a salir bien como quiera que fuera.
-¿Donde se quedan ustedes muchachos?- Preguntó el anciano que manejaba aquel cacharro humeante ya tomando la calle 31 de Marianao.
- Al este, lo mas al este que pueda, cerca del mar- Dijo Josef con toda seguridad.
- Yo viro en cuanto cruce el túnel de línea.
- Ahí mismo nos quedamos, es bastante al este para mi.
- Bueno, todo el mundo me dice que lo deje en una calle, si ustedes dicen que al este, pues al este, mientras me paguen- Habana le pagó inmediatamente para aplacar nervios, el chofer dio las gracias y aceleró. En poco tiempo el carro era devorado por el túnel de Línea y pasaba otro capitulo de esta historia.